viernes, 4 de septiembre de 2009

Looking for Carmen Broto en Revista de Letras



Looking for Carmen Broto
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 1.09.09


Llegué ayer a Barcelona y mi mayor temor era sucumbir a sus vicios, velocidades y hábitos laborales insanos como, ¿qué hacéis que no salís a la calle?, pasar horas en el ordenador entre correos y otras útiles estupideces contemporáneas. La primera medida terapéutica fue salir y pasear con una mínima lógica, optando, ante la inminente publicación de Matar en Barcelona, por recorrer los lugares del crimen de Carmen Broto, homicidio engrandecido por lo sórdido de la posguerra y el uso literario que le dio Juan Marsé en su espléndida e imprecisa novela Si te dicen que caí.

Bajé en el Metro de Verdaguer con ansías solares después de la sana y resfriada sesión de aire acondicionado en los vagones. Dejé atrás la estatua de caperucita roja y encaminé mis pasos hacía el Bar Alaska, a escasos metros del inmueble de nuestra protagonista, de la que convendría decir algo antes de seguir con nuestro itinerario. Carmen Broto nació en 1922 en un pueblo aragonés y la Ciudad Condal la recibió en 1940; era rubia, se peinaba a lo Verónica Lake y era atractiva para los cánones de su época, tiempo de penurias donde ella tuvo la suerte de intimar con el empresario Martínez Penas, propietario del céntrico teatro Tívoli, quien le prestaba alhajas y le regalaba pañitos para que luciera más. La chica le acompañaba a los toros y a los grandes saraos, pero disfrutaba más yendo a bares de toda la vida. Uno de ellos era el Alaska, ubicado en una esquina de Paseo San Juan. El establecimiento es un clásico que aun llena su terraza entre parroquianos y turistas.

Carmen bebía, tonteaba y se reunía con sus amigos y conocidos, y no es de extrañar que así fuera, pues se halla a escasos diez metros de la que era su residencia, en Sant Antoni Maria Claret 16, un piso que os recomiendo visitar de noche para sentir un cierto olor a crimen; fue en ese portal, elegante con un toque siniestro, donde Jesús Navarro hijo e Joaquín Viñas la recogieron el lunes 11 de enero de 1949 a a la una de la mañana. Dicen que Navarro y la víctima eran amantes, también dijeron de Carmen mil cosas, era de todo en la viña del señor: Lesbiana, espía, prostituta de lujo, puta barata, amante de un empresario…la literatura y el estruendo que causó el asesinato la transformaron en mito. Ese día los dos compinches intentaron emborracharla en dos bares y luego, en una peculiar maniobra que tiene su explicación, dirigieron el coche que alquilaron al señor Sert, empresario homosexual liado por dinero con Navarro, hacia el Hospital Clínic. En ese punto Viñas propinó varios golpes de maza a la Broto. La pobre intentó defenderse y salió del automóvil, inútil intento salvado por los malhechores al explicar al vigilante nocturno que esa mujer ensangrentada recibiría cura y atenciones en un centro privado. Se salieron con la suya y les costó caro, pues el verdadero objetivo del golpe era robar la caja de caudales de Martínez Penas, residente en Aribau 139, para que el padre de Navarro, famoso espadista, hábil con cualquier cerradura, la abriera. ¿Joyas? ¿Para que? Después del suceso la policía tasó ese oro superfluo y lo valoró escasamente. La leyenda del caso ha ocultado durante décadas una verdad evidente que esclarecieron con ahínco periodístico los periodistas Manuel Trallero y Josep Guixà en su libro La invención de Carmen Broto, obra que desde la objetividad y una agridulce sorna para con los que trataron el tema con anterioridad alcanza una especie de verdad creíble que esclarece los avatares del asunto.

Lo que no sabemos es porqué los tres tristes tigres dejaron el coche manchado de plasma en Escorial con Encarnació, vehículo que Juan Marsé vio a la mañana siguiente cuando se dirigía a trabajar como aprendiz de joyería. Trallero y Guixà intentan cargarse al gran escritor por encontrarse su lugar de trabajo unas calles más arriba, en la calle Sant Salvador 90. Tenía 16 años, su casa hacia esquina con Escorial y es más que posible que viera a lo lejos una multitud curiosa y decidiera acercarse. El domicilio del novelista es bello externamente, dando sensación de edificio medio rural restaurado en el siglo XX.

De la calle Martí 104 decidí avanzar hasta la casa de los Navarro. Ahora mismo no hay nada en el número 99 de Encarnació. Subiendo diez metros llegamos al punto crucial del relato, Alegre de Dalt con Legalitat, donde los Navarro poseían un huerto en el que enterraron a la aragonesa. ¿Riquezas materiales? O eran tontos o eran muy conscientes de su fracaso. La depositaron en su anormal nicho con el abrigo de astracán, y eso entonces era, maldito medio pareado, un dineral. Fracasaron con la caja y la pifiaron, no hay más, no rebusquen en los huesos diseminados por la capital catalana. La sepultaron, por decirlo suavemente, a las 2:15 de la madrugada y Navarro padre se suicidó con cianuro poco antes de las cuatro, momento en que un taxista localizó su cuerpo en Industria con Roger de Flor. Viñas hizo lo mismo, aunque en un hotelito de la calle Junta de Comerç, días más tarde.

El sitio donde la Broto halló eterno reposo puede ser la escuela que apreciamos en la fotografía, más que nada porque los otros edificios conservan ese estilo típico del bloque de piso barcelonés construido durante y en los años posteriores al franquismo. Otra opción seria la gasolinera que se lucra los viernes y el sábado aprovechando su vecindad con el KGB.

Pensar los lugares de un crimen setenta años después es arriesgado; sin embargo quien escribe es de la creencia que el espacio determina nuestro comportamiento y sabe guardar las pequeñas esencias de los acontecimientos acaecidos, como si fuera un pequeño dios sabelotodo que se ríe de nosotros por nuestra inercia caminante, exenta de mirar hacia arriba y nula en preguntas que la cotidianidad clama al ser consciente que en cada pequeña tesela de nuestro mosaico podemos fabricar y descubrir un sinfín de historias sin necesidad de un monumento.

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