jueves, 10 de septiembre de 2009

Matar en Barcelona Bcn Week 78



El crimen del edificio Atalaya



Los idus de marzo del año 44 a. C. amanecieron crispados en casa de Julio César. Durante la noche su mujer soñó que sería asesinado y le previno de asistir a la reunión del Senado. El dictador hizo caso omiso a las súplicas de Calpurnia y encontró la muerte a cuchillazos en la Curia.
El lunes 27 de septiembre de 2004, Anna Permanyer, casada y con 4 hijos, hizo una mueca de disgusto al ver que nadie de su familia podía acompañarla al edificio Atalaya, situado en el número 523 de la avenida Diagonal. Tenía concertada una reunión con Carmen Badía, a quien alquilaba un apartamento en el piso 18, donde pensaba ir a vivir cuando se jubilase. Desconfiaba de su inquilina, quien pagaba su cuota con retraso. Aún así el conserje del rascacielos la vio a las seis de la tarde, hora de la reunión, mientras esperaba la llegada del ascensor.
El 7 de octubre de 2004 unos operarios encontraron su cuerpo en un bosque de Sitges, cerca de las bodegas Güell. Estaba envuelto por una primera capa de plástico verde y atado con un cable de color rojo. Pese al estado de evidente descomposición del cadáver, podían constatarse signos de violencia. El mismo día, cerca de una discoteca de Molins de Rei, fueron arrestados dos jóvenes paraguayos que hostigaban a la familia de la víctima pidiendo un rescate de cien mil euros.
¿Caso resuelto?
Hay asesinos que se creen demasiado listos, la muerte les da una falsa sensación de seguridad, se confían y cometen errores. El 15 de octubre de 2004 se incendió un piso vacío situado en la undécima planta del edificio Atalaya. Carmen lo había alquilado tiempo atrás. El fuego fue provocado. Una semana más tarde la única sospechosa presentó en la Jefatura Superior de Policía un contrato de arras a fecha 10 de septiembre de 2004 por el que Permanyer cedía su apartamento 18-J, un trastero y un parking a la hija, menor de edad, de Badía. Mucho dinero, demasiado para la capacidad económica de una mujer de 47 años con un pasado plagado de claroscuros. En 1998 fue acusada de contratar a dos sicarios para que asesinaran a su marido, propietario de un camping en La Seu d’Urgell. La encarcelaron nueve meses y salió en libertad por ausencia de pruebas.
El cerco se estrechaba. El 29 de noviembre de 2004 simuló, con la ayuda del octogenario Joan Sesplugues, una agresión en la Sierra de Collserola. Llegó 2005. La familia de la víctima recibió varios anónimos. La policía pinchó teléfonos. La probable asesina y una amiga hablaban jocosamente del crimen, dejaban pistas orales, detalles del asesinato que sólo conocían aquellos con acceso al secreto de sumario. A veces hasta confundir una manta por una sábana puede ser fatal.
El 5 de septiembre de 2005 una triple operación policial en Salou, Lleida y Huesca permitió la detención de Carmen Badía, Joan Sesplugues y Anabel Toyas. El único hombre del grupo tenía todas las de perder al localizarse un pelo con su ADN en el tórax de la víctima y una pata de cabra, una barra de hierro, en el maletero de su coche.
El juicio acabó por desvelar una trama que se pretendía, como casi siempre, perfecta. Anna Permanyer sube al ascensor y llama al timbre de su inquilina, quien le dice de ir a la undécima planta. Parece lo más probable pues en el apartamento donde se concertó la cita no se encontraron pruebas. Ya en el lugar del crimen, Badía, ayudada por Sesplugues, obliga a la psicóloga a firmar el contrato de arras, algo que los grafólogos demostraron en el juicio al notar trazas inusuales en la firma de la asesinada, quien después de estampar su rúbrica fue golpeada seis veces en el cráneo con un objeto contundente. No pudo defenderse. Sentada e inconsciente recibió muerte cuando la asfixiaron colocándole tres bolsas de plástico en la cabeza. Trasladaron el cuerpo a Sitges por la distancia y porque Badía tenía un apartamento en esa localidad del Garraf. El fuego del 15 de octubre quiso eliminar las pruebas del delito, pero los restos de la sábana bajera de color azul, iguales a las que envolvían el cadáver, hablaron.
Carmen Badía y Joan Sesplugues fueron condenados en abril de 2008 a 24 años de cárcel por asesinato y extorsión. La corpulenta carnicera Anabel Toyas quedó absuelta por insuficiencia de pruebas en su contra al demostrar la práctica imposibilidad de encontrarse en Barcelona el día de los sucesos al trabajar en un supermercado de Fraga.



JORDI COROMINAS I JULIÁN

Ilustración de Nil Bartolozzi bartolozzinil.blogspot.com