viernes, 4 de diciembre de 2009

Diálogo con Manuel Vilas en Panfleto Calidoscopio



Diálogo con Manuel Vilas por Jordi Corominas i Julián

Es miércoles y el destino me depara caminar toda la calle Balmes en dos fracciones de tiempo. Antes de fortalecer mis músculos entre viajes al centro y vueltas a Gracia voy a un hotel donde pregunto al recepcionista si está Manuel Vilas. Me giro, aparece por la puerta, nos saludamos y después de charlar de varios temas empezamos la entrevista sobre Aire Nuestro, su última novela publicada recientemente en Alfaguara, un libro necesario desde varias vertientes. El autor sabe narrar historias que desde una apariencia disparatada están llenas de contenido y reflexión. Quizá por eso mi camino hacia este diálogo estaba plagado de dudas que se disiparon al encender la grabadora y entablar la charla que sigue a esta introducción.

Jordi Corominas i Julián: ¿Ves Aire nuestro como una continuación de España?

Manuel Vilas: No, en ningún momento, pueden ser complementarios o accesorios, como primos hermanos, pero para mi son distintos. Este es más festivo y global, España estaba como quien dice más acotado a la Península Ibérica. En Aire nuestro me adentro en un mundo más globalizado; además las historias son más largas, hay más ciencia ficción. España era más ballardiano y tenía su oscuridad.

Pero al mismo tiempo muchos símbolos y temas se repiten, como sucede con la Monarquía.

Si hablo de la Monarquía, mi obsesión, es porque está ahí. Pones la televisión y sale el Rey.

En una de las críticas que he leído del libro se criticaban las bromas que haces a esa institución. Lo que es un error, porque no son bromas, es algo más profundo.
No son bromas. Mi tratamiento de la Monarquía es complejo. No es satírico ni a favor de la Corona, este lo descartamos, pero tampoco es un tratamiento como el que cabria esperar de una sátira feroz. Es posmoderno desde el análisis inusitado.
Y siendo sutil sin necesidad de arremeter con malas maneras.


El ataque grueso contra ellos no escandaliza a nadie. Más que criticarla la ficcionalizo, la convierto en un ente de ficción, y así termino ficcionalizando al país entero (risas). Esa es la clave porque de este modo, ficcionalizando toda España, también se ficcionaliza la vida de la gente, porque forma parte de una colectividad.

Me refería por ejemplo al episodio 29 de junio de 2008, donde Juan Carlos y Felipe
se convierten en personas normales aunque sea evidente quienes son.


La novela tiene capas y si el lector quiere entretenerse leyendo historias puedo hacerlo. Y también puede indagar más. La historia que dices, la de la final de la Eurocopa, parece una historia divertida, pero claro, si afinas con los nombres resulta que los que patrullan las calles son el Monarca y su hijo que están de acuerdo con el presidente del gobierno, y luego resulta que hay un SEAT Ibiza, un símbolo de identidad de la clase media española.


Si vamos a un análisis más profundo vemos que este relato se engloba en un apartado del libro llamado fútbol donde el otro episodio es la muerte de Juan Carlos I. Monarquía como opio del pueblo.

Efectivamente. Eso esta hecho con toda la intención. ¿Qué es lo que da cohesión? Las copas del Real Madrid en el siglo XX. Para él es el comprobante de haber vivido. Es lo único grave que para él ha existido. Y además el Rey pide a Felipe que le mate y funde algo que no sea Frankenstein, y en el último capítulo del libro hay una ironía final sobre eso. Aire nuestro tiene en alguna medida un toque de militancia anarquista, quizá más desde un punto de vista estético, no político.

Además de personajes criticables en tus novelas siempre incluyes a tus héroes.

Sí, por supuesto. En realidad es una novela donde los cantantes Pop son fundamentales. Dedico un capítulo entero a Elvis. Sale por todas partes.
Actúa como hilo conductor de la novela.

Sí, todo el mundo escucha sus canciones, cuando suena su voz se serenan, se calman y se ponen amorosos y les nace la promiscuidad, se abrazan, se besan y de repente el mundo se vuelve maravilloso y placentero, y eso lo produce Elvis.

Es la divinidad.

Es como si se apareciera Dios y les diera buen rollo. Elvis cambió el mundo, es una obviedad, en esta novela tiene ese papel; en Funny games viene del futuro con ánimo de hacer justicia sobre el presidente de los Estados Unidos, quien lo deterioró su vida física y lo convirtió en un obeso prematuro, con cuarenta años pesaba 120 quilos y eso le llevó a la muerte. Aquí hay la reflexión de la obesidad como forma de destrucción generada por el Estado, engordar a la gente para que se muera antes.
Elvis es el elemento positivo.

Sí, y Johnny Cash quiere perder peso en España y se entiende que termina yéndose más gordo de lo que entró.


Los dos cantantes son los únicos que en la novela muestran o quieren mostrar su pene.
Elvis quiere enseñarlo, Cash lo hace. Es un ritual. Enseñar algo que no has mostrado a nadie y que en realidad es más yo que lo que la gente dice que soy yo, algo así.

¿Cómo nace la idea de la tele como base de la estructura?

He visto mucha televisión y me gustaba mucho. Ahora veo menos. Tenía una imaginación televisiva. Creo que fue porque mi poemario Calor se abre con la retransmisión de la boda real del Príncipe y eso me hizo pensar en mezclar la televisión con la literatura.

Y los relatos de Aire nuestro pueden leerse como guiones televisivos.

Sí, cada historia podría ser un relato, pero creo que todas estaban casadas, unidas en algo que, en teoría es la novela (risas).

Un poco como en España.


Un programa informático generaba de una manera casi anecdótica la unidad de la novela. En este sentido todo este debate, la disquisición que hay en España sobre géneros literarios, no me apasiona porque creo que si un libro está bien poco importa que sea una cosa u otra. Umbral dijo hace treinta años que en España la novela es una superstición.

Además en este sentido la crítica hace mucho daño.

Con su deseo y ansiedad de etiquetarlo todo hace mucho daño, encorsetan la literatura constantemente. Hay que celebrar los buenos libros vengan del género que vengan.



Casi parece lo anecdótico de donde colocan los libros los libreros, en relato, novela…Quizá un crítico de hace veinte años diría que Aire nuestro es de relatos, pero si tu dices que es novela, novela es.

La voluntad es el género. Y eso tiene su tradición. Cela dijo que novela es todo aquello que permita escribir novela en la portada del libro. El mismo concepto de novela es un invento decimonónico que ha hecho mucha fortuna porque ha tenido una sustancia comercial importante que ha permitido el ocio de las clases occidentales durante mucho tiempo. Por ejemplo el Quijote es una novela muy libre, no es Madame Bovary. El concepto novela se dilata, y en el siglo XXI lo hará más, esa es la gracia de la invención de Cervantes, la posibilidad de de dilatar algo, jugar con el concepto y extremarlo sin límite.

Sí, y aquí entraríamos en toda esta dinámica actual de vender al lector el libro con lo de Otra manera de escribir, más que eso es una manera diferente de enfocar lo que la gente da por hecho.


Ante todo esto es un problema comercial. El tema fundamental cuando se discute si es una novela u otra cosa en realidad lo que quieren decir es si vamos a vender un millón de ejemplares o nada. Es una discusión para saber si un libro será un Dan Brown o no.

Obviando la forma del libro, algo muy interesante en su cuerpo es que tanto lo puedes leer para divertirte como para ir a cuestiones más sesudas.


Es una novela que quizá reclame un lector culto, quizá algunos tienen la historia de la literatura en la cabeza y por eso la novela les sonará de una manera concreta. Hay mucha intertextualidad, pero también hay otras cosas. Toda la novela tiene un relieve poético que plantea el tema de la plenitud de los seres humanos, como pueden sentirse dichosos, calmados, colmados en este mundo. No hay una gran respuesta. Enloquecer, bailar, follar, comer, saltar, matar, ir en coche….siempre desde un plano festivo, hay ese deseo en toda la novela, hasta en las páginas más dolorosas. Es un libro muy carnavalesco. También un afán de travestismo. Hay muchos Vilas, hasta una Manuela. (risas)

¿De dónde nace tu afición por meter Vilas en tus libros? Por ejemplo, en tu relato de Matar en Barcelona tu supuesta hermana tiene un papel estelar.


Está todo inventado. Lo de cambiar la identidad a través de la literatura es una constante en el siglo XX desde Pessoa y sus heterónimos. También puede tener una vertiente psiquiátrica de vivir una sola vida y querer ampliarla. Pessoa era oficinista en Lisboa, tenía una vida gris e inventó la marabunta, de forma pudorosa.

Y tú eres Manuel Vilas.

Y mis Vilas son más festivos. Una reclamación que hago a la narrativa española es que ahora ya se puede hacer todo, hace muchos años que se puede, podríamos ser más transgresores, festivos y juguetones.

En Nocilla Lab Agustín Fernández Mallo se encuentra con otro Agustín.

Y lo mata. Vila-Matas es otro ejemplo de creación de identidades. Eso da alegría y se puede extremar muchísimo. Concibo la literatura como un riesgo, sino no me interesaría. Correr riesgos e intentar salir bien parado de los mismos, pero no me interesa hacer libros normales, para eso me hago notario, firmo un par de cosas cada día y cobro una pasta. No me veo elaborando historias tradicionales.

Sí, porque al menos desde mi punto de vista para leer una típica historia tenemos a los clásicos.


Sí, aunque eso es complejo. Me intriga Dostoievski por el tremendo éxito que tuvo entre las clases populares, sobre todo si pensamos en las barbaridades que escribía. Eso sólo puede significar que los rusos están locos.

Sí, pero además, como ocurre en Aire nuestro, metía el dedo en la yaga.


Si Aire nuestro fuera un éxito brutal significaría que los españoles están locos. (risas y carcajadas).

Lo pensaba ayer con lo de Vilas, tus heterónimos se oponen a las vacas sagradas, siempre en creciente decadencia después de su momento álgido. Desde tu punto de vista los ídolos tendrían que quedarse en formol en un museo o congelarse su imagen.


Esa parte es complicada, porque también me invento que unos tíos quieren asesinar a Bob Dylan. Y no es nada irreal. Es delirante, pero posible. Creo que vivimos un delirio político, económico y social al que nos hemos acostumbrado, lo aceptamos e incluso nos da felicidad. Pero es un delirio, como el chaleco de ese guardia urbano. Nos hemos habituado, eso es lo triste.

Hay gestos y cosas de nuestro tiempo, que vemos cada día en la calle, que volverían locos a nuestros abuelos.


Nuestros abuelos se volverían majaretas. Verían las cosas que hacemos y alucinarían. Esa progresión me interesa centrándola en el futuro. Vamos al 2060 y que ocurre. Estamos muertos o somos viejos y la gente está creando cosas increíbles y asombrosas. Lo que me pasa, y eso es extraño, es que tengo la sensación de verlo ya, y es porque me parece que la linealidad del tiempo, una creación muy reciente en la historia humana, es algo escaso en comparación con los verdaderos parámetros del tiempo que genera el Universo. Por eso cuando me preguntan porque no soy lineal en mis novelas les respondo que no tengo nada claro que esto sea el presente o lo otro sea el pasado.

Aunque los episodios de Aire nuestro se ubican en 2008.


Todo está situado en 2008, pero es por comodidad o falta de imaginación mía. No es funcional. Es una de las cosas que menos me gustan de mi novela, no intentar otro tipo de tiempo. Es así porque la escribí durante ese año. Sin embargo en el 2398 muere el Rey Juan Carlos III y vive 140 años. Eso está al caer. Dicen que en nuestro siglo alcanzaremos los 100 años sin problemas. Te confesaré una cosa. Tengo la sensación de que yo ya me he muerto y me han resucitado. (risas) Esto lo desarrollé en España, el muerto que levantan a la vida. También hay el tema, como en el sexto sentido, el personaje que está muerto y no lo sabía.

Esto aparece también en tu libro con los personajes que están en el purgatorio y tienen la capacidad analizar desapasionadamente porque ya entienden lo vivido.


Me pareció que había de llenar la muerte de contenido. Las religiones lo hicieron con el purgatorio, el infierno, que no es más que el deseo de seguir narrando la vida después de la muerte. En el Hades todo el mundo hace cosas.



Lorca está en el Purgatorio y muchos personajes son miembros de la generación del 27. ¿Su presencia es un grito a renovar nuestros mitos?

También es un vislumbre sobre una cultura que desaparece. Se marcha. Dámaso Alonso, que en el libro está en el purgatorio, es una reliquia de nuestra literatura. Los del 27 ahora son vacas sagradas inexistentes. Quizá sólo están en la Universidad. Ahora son nombres de calles. Yo, como muchos, me formé en esa tradición, en el culto al 27 como la edad de plata de la literatura española, pero sin embargo resulta que todo se ha ido al traste.

Y sin ellos no hay nada.


No, sólo la Monarquía. (risas)

Y la selección

La Monarquía y la selección de fútbol. Si un país no genera cultura no tiene nada. Y más este. Además la generación de los cincuenta no se considera, Blas de Otero…
No existen. Es un momento sociológico jodido. Hay mucha literatura que cae en el olvido.

Relacionándolo con eso tu libro es un libro de crisis.


En ese sentido sí, porque la pérdida de identidad de esa cultura es importante. Sin embargo, porque el tema ya lo traté en España, en Aire nuestro se enfoca con un toque festivo. Dámaso Alonso y Laín Entralgo están en el purgatorio pero ya da igual, son felices porque son amigos, se contentan con ser buenos hombres y quieren hacer muchas cosas estando en la nada.

Y la aparición de los poetas del 27 como muertes con mucha vida sirve para darles su verdadero carácter.

Lorca es feliz con Walt Whitman. Cernuda tiene más dureza, pero también acaba yéndose a la playa. Todos terminan besándose o abrazándose, probablemente porque es la única solución que tiene el ser humano. Hay en libro mucha orgía emocional y quizá es porque buscarse un amor es la clave. A título colectivo ya interviene la política, pero a nivel personal esa dimensión no trasciende, cuenta el sentimiento.
Y a nivel político hay un lamento incesante que también implica lo individual en lo colectivo, como cuando se reflexiona sobre Goya y Machado, hijos ilustres que murieron en Francia.
Aunque con Goya interviene otro tipo de fascinación, concretamente por la aristocracia. De nuestros abuelos podemos tener una foto, pero no un retrato de Goya, eso es fortísimo. Pensé en Juan Carlos I mirando el rostro de Carlos IV. Yo no sé si es capaz de entender la significación metafísica e iconográfica que hay en que él sea el único hombre de España que puede ver el rostro de su tatarabuelo.

Eso turba.

Lo es. Claro, se podría decir que es el monarca y representa a todos, sólo puede tenerlo uno y tienes que sentirte feliz y contento porque él tiene el tuyo en tu representación, pero claro esa representación ya no sirve, antes parecía que con uno que representase a todos podías quedarte tranquilo. Ahora ya no.

En el libro mencionas varias veces que los ricos y poderosos están más alienados que los demás.


Es otra cosa que me corre por la cabeza. Estos casos de corrupción son patéticos. ¿Qué quieren? ¿Un coche más? ¿Un apartamento? ¿Qué es eso? Uno puede intentar cambiar el mundo, transformar una sociedad puede ser una ambición, pero querer tener un piso más lo entiendo como una alienación.

Al fin y al cabo es la vulgarización máxima de lo que antes era una voluntad de cambio.

Efectivamente. La alienación a esos niveles, la de los grandes mandatarios es terrible. Están más enajenados que los mendigos.

Aquí en Barcelona la alienación se percibe por las leyes. Multas de mil euros por mear o trescientos por beber cerveza.


Eso es una especie de fascismo. Eso es querer conducir a la desesperación económica tal como esta la vida en España. Te quieren convertir en terrorista.

Otra cosa que planteas es el revivir utopías, como podría ser el Comunismo.


Salen comunistas en mi novela porque me fascina lo que le asusta a la gente esa palabra. Me gusta hacer miedo. Dices Frankenstein y nadie se asusta, dices comunista y la gente se espanta. La uso por el temor que inspira, eso la convierte en muy interesante.

Un lector que no se lo tome irónicamente, que no capte las capas, puede pensar que estás como una regadera.


Puede, pero ahí está el terror, el Comunismo es terror y asusta. Un nazi te asusta de manera nauseabunda, el comunismo lo hace de manera abismal. Es una utopía cerrada de la que aun subsisten cosas. Pongo muchas veces al Che y es porque le da miedo a la gente, es paradójico como todo de esta sociedad, otros los llevan en las camisetas y muchos no saben quien es. Ahora hay menos ropa con su efigie, pero han hecho una película y sigue siendo con Elvis, Marylin y los Beatles unos de los mayores íconos del XX. Pero Elvis es el más importante.

En ese mismo relato del Che hablas de Lennon y se habla de él como el señor rico que le dio por ser bondadoso.

Capitalismo y bondad, increíble. Soy rico pero soy bueno, contra eso no puedes luchar. Todo eso, insisto, bajo una idea de fiesta, no hay intenciones morales ni ideológicas. Una reflexión humorística, y el libro cuaja como una comedia, que es la de los seres humanos entreteniéndonos en la historia y el tiempo que nos toca vivir, como cualquier novela.

¿Cómo percibes la escritura? ¿Qué opinas de todos esos titulares estériles de lo experimental en la nueva literatura española?

Me resulta muy laborioso escribir, me cuesta mucho, cada vez más es un trabajo físico que creativo. Podría estar tomando el sol o viajando. Es trabajo y estás sólo. Me lo paso bien cuando escribo, pero no deja de ser un trabajo. Luego me pongo y es eso, me divierto, sigo disfrutándolo si escribo cosas exageradas, historias salvajes, en realidad todas las historias de Aire nuestro luchan por descabalgar el aburrimiento, que es lo previsible, lo estandarizado, lo pactado, es como crear una metafísica contra el aburrimiento.

Seguimos hablando de la necesidad de arriesgar y jugar con la literatura para darle sentido hasta que llega el turno del siguiente entrevistador. Más tarde, en el Raval, coincido otra vez con Manuel, feliz por lo bien que ha ido la presentación. Desde aquí seguimos deseándole diversión con su cometido para que el aire sea respirable y no sólo nos encontremos con cansadas y repetitivas piezas, supuestas novedades, en las estanterías bibliófilas. Aire nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre y que siga la senda de experimentar con naturalidad, porque quizá esa es la verdadera razón de lo fresco que suenan las páginas del aragonés, honesto en su obra y contundente sin rasgarse las vestiduras.



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