lunes, 22 de febrero de 2010

Electrónica para Clara en Revista de Letras


Creo que ya he comentado alguna que otra vez por estos parajes mi afición a leer las contraportadas, estúpidos reclamos informativo-comerciales de lo que poco bueno se saca, si me apuran sólo confusión o ideas para estructurar una crítica. En Electrónica para Clara, novela con la que Guillermo Aguirre ha ganado el Premio Lengua de Trapo, leo que esta opera prima fue escrita cuando el autor contaba con veintidós años, lo que no sé si es un halago o una maniobra defensiva. La biografía del escritor bilbaíno menciona que ahora estará a punto de cumplir veintiséis primaveras. Ese lapso de tiempo da para progresar mucho y entender, lo digo por experiencia propia, los errores del pasado en sentido narrativo, fallos que suelen producirse por querer abarcar mucho cuando hay poca experiencia ý un saludable exceso de ilusión.

La inteligencia del narrador en la construcción de su artefacto genera un endiablado torbellino de voces y cronologías que van encajando a medida que el relato avanza. Parece como si Aguirre quisiera jugar con nuestra duda hasta despejarla para acto seguido apretar un botón y trasladarnos otra vez a la incertidumbre, placentera porque demuestra lo bien articulado que está el cuadro cubista en su facetado de grupo de familia posmoderno, ejecutor y cautivo de una ciudad, más real que la vida misma, sumida en la absoluta decadencia, isla de lo castizo y lo moderno perdida en un bucle de si misma que la erige en protagonista que flota en la atmosfera, sopor rutinario que padecen todos y cada uno los personajes de esta novela con evidentes tintes autobiográficos, clásico Bildunsgroman donde el contexto parece beber noventas y dos miles, o al menos parte de ciertos escenarios muy mascados en la cultura post-adolescente, como si ahora la iniciación, y en parte es así, fuera un rutilante y cansino vagar entre camas, drogas, alcoholes y disc-jockeys, corifeos de una danza macabra marcada con fichas de azar y ligeros retales de autoconciencia. Madrid-Berlín.

El Dios de Electrónica para Clara es Jacques, pincha que en vida es un Cristiano Ronaldo del after y en la tumba la clave para resolver el gran entuerto para el auténtico protagonista, Jonás, engullido por la ballena de las circunstancias, desdichado en la ida y el retorno, torturado en primera instancia al fracasar su historia de amor con Clara y reencontrarla con una negación, un anticipo del destino, entre la locura y la presencia del carisma con nombre francés de macarra y galán. La colisión de trenes, el antes y el después, provocará el ya mencionado descenso y ascenso en el recuerdo, lo que se acrecentará cuando se nos ubique en el instante actual, con Clara muda, fiel compañera de Jonás en su nada.

Sin embargo, antes de llegar a ese punto, hay más cosas.

Entre ellas otros pasajeros del vagón, compañeros de casa y parranda. Si algo me ha interesado de este viaje ha sido el excelso modo en que Aguirre construye sus personajes. Mediante pinceladas básicas les atribuye una esencia perfectamente enmarcada en el espacio, donde son marionetas maniatadas por el ritmo y un dejarse ir acompasado por la música de Jacques. Jose es una ambigüedad divertida, lesbiana de doble filo que se integra en ese paisaje de Sergey y la urgencia reinventiva, Violeta y su webcam, Lisa o la manipulación y la doctora, farsa de la eficiencia privada a la fuga como colofón del despropósito humano con la Santísima Trinidad al fondo. Todos ellos podrían formar parte de cualquier narración de características nocturno-juveniles con afán crítico. Si aquí encajan es porque el narrador ha montado esta parte del puzzle con inusual maestría, que también alcanza en el tempo narrativo, hilvanado con tino al mantener el suspense y así demostrarnos que no estamos leyendo otro manuscrito centrado en andanzas y desventuras de amigos a la deriva, sino un libro que apunta hacia otras direcciones y conjuga la doble enfermedad, individual y colectiva. Y en medio, la sospecha.



Foto: Irene Tamayo

Pecados de juventud loables y perfectamente enmendables: endebles metáforas, atrevimientos conocidos.

Volvamos a la contraportada. Transgresor. Justine moderna con ecos de Los subterráneos. Siempre tuve miedo a darme con el listón en la clase de educación física. Una de las ideas estructurales del último Premio Lengua de Trapo es concebir su obra como una sinfonía electrónica, mezcla de instrumentos, volumen, vivencias y alboroto. Tal como lo expreso queda incompleto, aunque la ocurrencia de plasmar la existencia desde ese punto de vista puede ser válida con una base más sólida. Aquí, pese a notarse la intencionalidad, naufraga por la potencia del resto, capaz de arrastrar al lector, atracción que edifica las columnas que sostienen el edificio y flaquea en el interior del mismo por pequeños pecados de juventud, grietas enmendables a medida que el patrón adquiera los rudimentos que sólo otorga el correr del reloj. En sentido las agujas irán destruyendo golpes de efecto que no aportan nada a la brillantez del relato y lo entorpecen por querer adquirir, como quien dice, un punto de distinción, aquel recurso estilístico que distinga al autor de la media, afectación a la que son adeptos- o somos, o hemos sido- un sinfín de escritores jóvenes. Ejemplo de ello es algún que otro fragmento donde el narrador diserta sobre la introducción de un nuevo personaje y nos plantea su posible trascendencia en la trama, recurso manido que desentona por forzado, como también sucede con la cantinela del lema comercial tras mencionar un producto. Por el tono ya deducimos que el autor del volumen discrepa del mundo consumista en que vivimos; la repetición de Coca-Cola, sensación de vivir, u otros lavacerebros tiene su gracia hasta que hastía por ser un relleno, una treta que oculta otras virtudes hasta enfangarlas, elemento de distracción risueño y estéril. Asimismo las oportunas menciones a pilares culturales del autor sin venir a cuento constituyen otra clásica presencia de primera novela, anhelo del autor, presto a vomitar su amplio abanico de conocimientos y justificarlos en el tejido narrativo, como si mañana fuera a cerrarse el telón y tuviéramos mucha prisa por ser líricos con las palabras y sabios en las reflexiones, debutantes redundancias que hallamos sin que nos pese, porque todo es crecer y el saludo inicial es notable, en esta novela con aires estructurales de tragedia griega, aviso de abismo y denuncia de imbecilidad en una generación que quizá no ha encontrado su guía al tener vetadas las puertas de la superficie.


http://www.revistadeletras.net/todopoderosos-abismos-y-hundimientos-electronica-para-clara-de-guillermo-aguirre/