lunes, 23 de julio de 2012

De monjas y modernos en"Peligro de extinción" de Bcn Mes





De monjas y modernos, by Jordi Corominas i Julián


Es curioso que Pio XII muriera en 1958. Su sucesor fue Juan XXIII, el Papa de la sonrisa, hijo de campesinos que vivió demasiado poco para que su ideario surgiera efecto en las polvorientas estancias vaticanas, que siempre han gozado de cierta policromía por los atuendos de las monjas. Caminar por Roma y contemplarlas es tentador en un sentido conceptual de locos. En ocasiones paseaba por las calles de la Ciudad Eterna y pensaba que, en realidad, tan religiosas hermanas declaraban con sus maravillosos tocados la invención del Pop de los sesenta. Fíjense en ellas. Verdes, rojas y amarillas, como las pastillas pero ungidas por la divina providencia.


Si quieren observarlas deberán trasladarse a la capital italiana, porque en Barcelona hace tiempo que son una curiosidad, y les puedo asegurar que Nietzsche nada tuvo que ver con su desaparición. El esplendor de las señoras con cofias llegó a su punto álgido en el siglo XIX, cuando nuestra urbe rebosaba de cofias y conventos que desaparecieron entre desamortizaciones, medidas reales para erradicar la insalubridad e incendios de nuestros antepasados, gente indignada capaz de arrasar con todo para reivindicar mejoras sociales y denunciar milenarios privilegios. El culmen del proceso acaeció en 1909 con la Semana Trágica, una de esas revueltas que aún transcurrían en verano porque no existían vacaciones pagadas y el calor encendía más los ánimos de la multitud. Ese mes de julio la ira estalló por una guerra injusta y el cinismo de los ricos, felices de regalar rosarios y cigarrillos a los pobres soldados que embarcaban por no poder pagar las mil quinientas pesetas, el sueldo de todo un año, que automáticamente te eximían de la leva.


Las monjas se escondieron y los obreros se preocuparon de sacar algunos cadáveres de las iglesias y colocarlos en las esquinas con cigarrillos en la mano y otras lindezas. En julio de 1936 el odio de este proletariado vanguardista se cebó otra vez con tan pías mujeres, eternas víctimas del río político, tanto que poco antes Alejandro Lerroux, el maquiavélico emperador del Paralelo de los primeros años del siglo XX, había abogado claramente por su violación al sugerir que los jóvenes levantaran sus hábitos y las elevaran a la categoría de madres.


¿Cómo es que había más monjas que negros? Eso era en mi infancia. Ahora es más fácil hablar con gente de color, horrible eufemismo, que con sor Mercedes, por soltar un nombre cualquiera. Estoy triste y deprimido, sé que mi vida ya nunca será lo mismo sin el consuelo de esas damas del sagrado corazón. Siempre nos quedarán las modernas.


Sí, un fantasma recorre Babilonia, el fantasma de ese nuevo género que suele identificarse con lo cool pese a su estética vintage. Modelos imposibles, gafas de nerd y vacuo léxico. Bienvenidos al parque temático donde todos quieren ser diferentes pese a vestir igual con ligeros matices. El panorama de las modernas ha resucitado el uniforme desde lo laico. Los flequillos son las nuevas cofias, y de las estampitas han cedido su lugar a Instagram. Lo más interesante es que ambos grupos coinciden en determinados aspectos, que van desde defender unos postulados nimios que son incapaces de defender hasta el placer de circular en grupo para resaltar su estéril notoriedad.

Una diferencia de peso radica en su estatus. Las siervas de Cristo, entregadas a la devoción por fe o necesidad, están en grave peligro de extinción, mientras que la estupidez de sus sucesoras ya es un símbolo fatuo de la mediocridad de nuestra época, donde prima, además de la de riesgo, lucir palmito, dárselas de cutre intelectual a la última y esputar vocablos ingleses para renunciar a lo patrio, que para esta secta es algo casposo y patético. Perdón, execran lo patrio y lo europeo. El paraíso está en lo anglosajón, factor que apunta a otro factor de identificación con sus antecesoras de oración y virginidad: la alienación absoluta de la realidad. Unas por creer en un ser superior que hemos inventado los humanos, otras por creer que viven en L.A. o en un episodio de Mad Men. Ninguno de los dos colectivos analizados en este artículo ha logrado dejar atrás la infancia, eso está claro. Decía Elvira Lindo que muchos escritores españoles quieren ser americanos, lo que les lleva a adoptar una narrativa que traiciona el contexto en que viven, absolutamente desdibujado en sus textos porque es un artificio que en nada corresponde al aire que respiran. Las modernas también tienen eso, su vida es una tómbola de luz y de color. ¿Qué quedará de vuestras fotos cuando seáis viejas?

Ilustración: Nil Bartolozzi