viernes, 27 de julio de 2012

La soberbia y las burbujas en Granite and Rainbow




La soberbia y las burbujas, por Jordi Corominas i Julián

La soberbia es un vicio mal visto, casi peor que levantarle la novia al vecino. Ya lo sabían los reyes romanos. Uno de ellos, el último, recibió el apelativo que tanto nos preocupa y además se llamaba Tarquinio. Peor gusto y no nace. Su altivez comportó su caída y la eclosión de la República. Me encanta lo de la Historia se repite, y quiero que el mismo proceso acaecido en la Ciudad Eterna hace más de dos milenios tome cuerpo en España. Depende de los ciudadanos alterar el orden. Sí, estoy muy cabreado. Es martes veintinueve de mayo, pega un calor de mil narices visigodas y los millones que entre todos daremos a Bankia son una prueba horrenda de la prepotencia de los que mandan. ¿Lo toleraremos? ¿Os quedaréis en casa contentos sin más?

Las burbujas en España son una constante. Los antiguos consideraban que la humildad era un defecto, una intolerable muestra de hipocresía. El Cristianismo trucó el termómetro y desde ese instante fue bien vista, lo que debería ser delito. Lo políticamente correcto llena el vertedero de detritus que transforman las palabras en heces para retroceder. Otra cosa es la pedantería, que por otra parte también se halla en interminables monólogos de Facebook, que en lo literario es un ejemplo de lo que menciono, una burbuja de egos que se creyeron lo de Warhol sin pasar por Darwin. Los quince minutos de gloria y la selección natural no están tan lejos, el tiempo lo verificará. Miles de personas se han declarado creyentes de una religión como palestra de proyección pública. Milagro.


Te leerán, les sonará tu nombre y albergarás la esperanza de labrarte un futuro en las letras sin contemplar que vives en un país que se va a pique donde se publican más de cien mil títulos actuales. ¿Quién los compra? Seguirás en tu amanuense actividad en una bitácora, te comentarán los textos y sentirás un cosquilleo. Puede que al cabo de unos meses las energías desaparezcan y tanto aquí estoy yo te derrote, porque debes saber algo elemental. Aquí, así lo dicta la Historia, el dedo del azar no es casual. De nada vale criticar con ese goce de tertuliano. Lo único esencial es tener paciencia, trabajar con amor y ofrecer lo creado desde una sinceridad, lo contrario al efecto. Nuestros antepasados estarían de acuerdo. Su reloj era más lento y valoraban lo desprovisto de tendencia. Tenían la honestidad por bandera, y cuando se enzarzaban en debates literarios lo hacían con gracia infinita, con sátira, arte y razonamientos asesinados en un camino a principios del siglo XXI.

La palabra soberbia es bíblica, apocalíptica. Las burbujas me recuerdan a mi infancia y un sábado en la Fundació Miró de Barcelona. Un mago las generaba con artilugios verticales en una sala oscura con una luz rebelde que viraba de ángulo a ángulo mientras la música se sincronizaba con la deformación de las pompas, que tras alcanzar su cénit se contraían y empequeñecían hasta desaparecer. La metáfora de la anécdota es obvia y anticipa un estallido a lo Zabriskie Point de Antonioni con más de dieciséis cámaras para captar el estruendo, la horrenda belleza del colapso.

Será múltiple. Operación Triunfo acude a mi cabeza a la una y cuarenta y siete minutos de la madrugada. Los jóvenes aspirantes a cantantes de éxito atendían en insufribles colas, soltaban sus gallos o delicias y después recibían un veredicto. Un poco como Dios en las películas en blanco y negro. Bienvenido, es tu turno. No, no vales. Eso lo hace la vida y entre prosa, poesía, ensayo o lo que ustedes deseen la frontera también se fijará desde esas coordenadas. Vindràn els anys, i amb els anys la calma. Quedarán doce, dieciséis o un número multiplicado por cinco. La cifra disminuirá cuando estemos muertos.

La gigantomaquia es nociva, y entra en la línea del discurso. Hace poco más de un siglo que el Titanic finiquitó la arrogancia de la Belle Époque y su optimismo en un perpetuo progreso tecnológico y científico basado en una explotación de los desfavorecidos, del esclavismo a la clase obrera, del vagón de tercera clase a las grandes exposiciones universales. La época feneció con el atentado de Sarajevo y antes de apagarse propició las vanguardias desde la neurosis de lo común, que engendraron la rebeldía de unos pocos elegidos que mientras un modelo agotado y caduco se agotaba con la Primera Guerra Mundial triplicaron la apuesta hasta los topes. Cuando un cuerpo se pudre sólo hay que rescatar el esqueleto para que sus huesos sean arqueología de la ruta a trazar. Sin pasado no hay presente.

Picasso, Cocteau, Apollinaire eran soberbios buenos al tener plena conciencia que su propuesta asaltaba los parámetros de la normalidad, una dama monótona que llena demasiadas estanterías que protestan por el flagelo de la mediocridad al cuadrado, transmitida de generación a generación por individuos sin comprensión de una de tantas polisemias de la soberbia, la de errar en la percepción de lo que uno hace hasta sucumbir porque las pilas no están programadas para la misión.