lunes, 2 de julio de 2012

La contabilidad privada de Christie Malry en Revista de Letras






La ira del outsider: “La contabilidad privada de Christie Malry”, de B. S. Johnson
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 29.06.12



La contabilidad privada de Christie Malry.
B. S. Johnson
Prólogo de John Lanchester
Traducción de Marcelo Cohen
Libros del Silencio (Barcelona, 2012)


B. S. Johnson fue víctima de su talento. Se suicidó en 1973 tras una década en la que su hiperactividad agotó los adjetivos. No sería en absoluto osado decir que su energía navegaba al ritmo de los sesenta, donde todo parecía posible y experimentar, en principio, era una opción acorde con los tiempos, si bien siempre lo ha sido, aunque a muchos les parezca algo extremo que al nadar contracorriente merece silencio o desdén, sobre todo si se practica en varios campos y se conjuga con un discurso que expone los motivos de la disidencia.

Tras leer el prólogo de John Lanchester que abre La contabilidad privada de Christie Mary, dan ganas de leer más novelas del malogrado escritor británico, quien a lo largo de su breve pero prolija trayectoria jugó con la novela desde la conciencia de su necesidad de renovación para adaptarse a las transformaciones que la tecnología ofrecía. Ya dijo Antonioni que narrar en la modernidad merecía otro tratamiento desde la perspectiva que nuestros pensamientos y sentimientos son los mismos que en la época de Homero con el ligero y decisivo cambio de una mutación debida a la aceleración del proceso vital.

Y la novela, como las demás artes, no podía seguir igual. Aún hoy en día intentamos adaptarla a las nuevas realidades y alzamos la voz para debatir sobre su muerte o resurrección. Lo importante es trabajarla y burlarse de lo convencional desde la razón, sabiendo que al fin y al cabo la literatura es un juego donde explorar una serie de recursos y revolucionar el patio si así nos lo pide el cuerpo.

Y así lo hace B. S. Johnson en La contabilidad privada de Christie Malry, prosa de muchos quilates que bebe en grandes cantidades de ironía y un manifiesto aire Pirandelliano de personajes que intervienen y que saben en todo momento, y así el lector entra en su representación, que sus vivencias se insertan en un libro donde nada es utópico y se quiebran las normas con alegría para beneficiar el desarrollo de la trama y acortarla para armar un artefacto divertido, corto y brutal.

Christie Malry es un jovencito del barrio de Hammersmith, el mismo que vio nacer al autor. Sus aspiraciones vitales contemplan la seguridad de la época, donde podías trabajar durante cuarenta años en una empresa y recibir una digna jubilación. Su debut laboral se produce en un banco, lugar que le permite entender determinados mecanismos económicos y albergar la esperanza de enriquecerse con relativa facilidad para caminar sin estar encorsetado por los que pagan el aguinaldo.

El contexto, como siempre, es fundamental. Christie Malry es un adolescente de los setenta. La felicidad de la beatiful people ya es un miraje. Los Beatles se disolvieron, se terminó el gobierno laborista y el malestar de los setenta se instaló en el inconsciente colectivo. En este sentido la decisión del protagonista, su gran genialidad, es consecuencia de esa etapa histórica, que encaja con la nuestra. Hastiado de dar sin compensación se inspira en la doble contabilidad para hilvanar un debe y haber que compense agravios y recompensas en su relación con los demás.




Visto así seria todo muy inocente. La elegancia de B. S. Johnson radica en el planteamiento de su propuesta, desprovista de cualquier tipo de solemnidad y repleta de humor que desdramatiza pese a la gravedad de las intenciones de Christie, quien tras abandonar el banco ingresa en una empresa de alimentación que usa como plataforma para sus fechorías, gotas satíricas de terrorismo urbano que combina con un secretismo absoluto para con su plan. Es un ser aislado contra todos y ninguno, una bestia en libertad que se mueve por el Londres previo a las alarmas y las cámaras, donde impactar con maniobras rústicas no era un sueño y sí algo muy factible.

Johnson no se conforma con las maldades de su antihéroe, a quien concede una novia con ingente apetito sexual, un amigo amante del alcohol y una existencia desdichada que solventa mediante sus fechorías y la adicción al riesgo que queda impune, fenómeno que le impulsa a franquear barreras sin pensar en ningún límite desde una infelicidad crónica que no disminuyen esos leves momentos de calculada enajenación.

La prosa de Johnson contiene en su interior partículas de un vértigo lingüístico que Marcelo Cohen ha sabido reflejar en su traducción, donde los giros, los dobles sentidos y lo cáustico brillan con luz propia para mayor gloria de una novela que asimismo es notable más allá de sus cualidades formales al enseñarnos que la indignación no nació anteayer. Sólo esperamos que la nuestra no termine como la de ese decenio donde el fracaso del 68 derivó en Brigadas Rojas, Baaders Meinhofs y otros grupúsculos que Christie Malry preludia con sutil descaro y mordaz aplomo.