martes, 24 de julio de 2012

El duelo y la fiesta de Jenn Díaz en Revista de Letras





Superar el reto de la segunda novela: “El duelo y la fiesta”, de Jenn Díaz

El duelo y la fiesta. Jenn Díaz
Principal de los Libros (Barcelona, 2012)




Si nos dieran los libros con una portada blanca todo sería muy diferente. En la actualidad la literatura española está representada por un amplio abanico de generaciones que van desde los veinte años hasta figuras casi centenarias como José Luis Sampedro. Los más jóvenes oscilan entre una actitud fotogénica y la solvencia de dedicarse a escribir con una profesionalidad sumamente adulta. Entre este último sector destaca sin lugar a dudas la figura de Jenn Díaz, quien a sus veinticuatro primaveras escribe con una envidiable madurez que ya apuntó en su primera novela, Belfondo, un texto coral con una trama ubicada en un pueblo ficticio que resumía con su esencia el conjunto de oficios y caracteres de la sociedad. El mérito de su ópera prima radicaba en un lirismo narrativo de alto voltaje y un fuerte dominio de la estructura, algo ciertamente al alcance de poca gente, pues no resulta sencillo encajar tantos cabos sueltos y convertirlos en un todo.

La autora barcelonesa ha evolucionado, y así lo demuestra su último manuscrito, El duelo y la fiesta, donde abandona lo utópico y se sumerge en la realidad. El salto de gigante es sutil, un progreso suave aunque contundente. De lo rural y la fantasía viramos a lo urbano encerrado en pequeños habitáculos, espacios cerrados que poco a poco convergen hasta crear una polifonía que sería imposible sin la abeja reina que vehicula el relato, la poetisa Blanca Valente, quien desde su lecho de muerte parece tener un poder supremo que hace bailar al resto de personajes, encabezados por su criada Luisa y Julio, un joven bibliotecario que desde su pasión por los versos de la agónica protagonista, muda en su cuarto y rimbombante por su resonancia, hará lo posible por acercársele mientras contagia con su pasión a su alumna adolescente, Candela. La dramatis personae se completa con Elías, un jovenzuelo que por orden del carismático Padre Damián acude al domicilio de la moribunda con el objetivo de darle confesión, Rosario, el marido de la sirvienta y un sinfín de voces anónimas que permanecen en escena pese a guardar silencio durante la mayor parte del relato.

Son presencias casi invisibles con un sentido que las hermana. El vínculo no sólo es la poetisa, sino más bien la figura materna que determina de un modo u otro la existencia de estos peones de la trama. Ya dice el refranero, y Rafa Nadal, que madre no hay más que una. Aquí Luisa lo es y sufre por ello, Blanca Valente lo es y atiende a la última, la que siempre nos lleva. Julio tiene una que corre por el barrio y la de Candela se preocupa por los trastornos de su retoña. Elías la tiene lejos, muy lejos, sobre todo en la conciencia del abandono. Todas influyen y han desbaratado la normalidad. Algunas han pagado el pato y lo saben. Otras siguen con la rutina, ajenas al dolor, ciegas al ignorar los mecanismos que generan una causa y un efecto en la doble intimidad de la relación materno filial y la carga que conlleva para los implicados.

Blanca Valente se inspira en la poetisa peruana Blanca Varela, quien expiró en 2009 y no concedía entrevistas. Aventuro que la anécdota puede haber ayudado a Jenn Díaz en la configuración de ese hermetismo simbolizado por la puerta de una habitación que divide a su inquilina de los que esperan con nerviosa parsimonia a escasos metros de distancia. El espacio está bien expresado porque cada pedacito del mismo contiene una clave interpretativa, y ello no se limita a la casa de la protagonista, centro neurálgico del relato, sino que se extiende por todo el perímetro del texto hasta generar una muñeca rusa de pisos que a su vez propulsan a sus ocupantes a otros sitios a través de palabras, fotos, casualidades y el capricho del destino.



Sería fácil hablar de vidas rotas que confluyen en una carretera trágica. Fácil y cierto, pero ahórrense lo lacrimógeno. El duelo y la fiesta es un ejercicio de pericia al servicio de la literatura que toma su modelo de referencias clásicas de las letras españolas, desde Ana María Matute hasta Carmen Martín Gaite con un punto de Delibes, buenas referencias para armar una prosa que tanto sabe usar la ironía enmascarándola de solemnidad y viceversa. Las situaciones humorísticas no aparecen de la nada, llegan porque así lo exige el transcurrir de los hechos y en ocasiones, sin ser gags de carcajada, nos arrancan buenas risas porque la autora ha sabido captar lo absurdo de ciertas situaciones de la cotidianidad, desde dudas maritales hasta señoras que se transforman por arte de birlibirloque en críticas de postín.

Jenn Díaz deja que sus creaciones hablen solas, que es lo que debería hacer cualquier escritor: trabajar mientras los hijos siembran sus frutos. Seré demasiado optimista, pero una actitud así me parece una excelente noticia de esperanza, un signo de inteligencia que gana enteros al cobijarse en el manto de la tradición para intentar generar novedad. No creo que El duelo y la fiesta sea, ni mucho menos, la novela definitiva de la barcelonesa, sino simplemente una piedrecita más en una senda que auguro larga y exitosa.