domingo, 25 de noviembre de 2012

Continente salvaje de Keith Lowe en Revista de Letras






Las partes ocultas, y fundamentales, del guión: “Continente salvaje”, de Keith Lowe
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 24.11.12



Continente salvaje. Keith Lowe
Traducción de Irene Cifuentes
Galaxia Gutenberg (Barcelona, 2012)




Hay una forma sencilla de narrar la Historia de la Segunda Guerra Mundial. El esquema, trilladísimo y apto para cualquier consumidor, habla de una lucha del bien contra el mal. Los aliados eran los salvadores del mundo, enfrentado al demonio fascista. La lucha, absolutamente maniquea desde este punto de vista, se prolongó durante seis largos años, que culminaron en Europa con la batalla de Berlín y la celebración de la victoria el ocho de mayo de 1945, cuando cesaron las hostilidades en todo el Continente.

El resumen seguiría con la paz, que fue breve porque los dos grandes ganadores del conflicto se olvidaron de la barbarie por intereses del nuevo orden. Surgió la Guerra Fría y el telón de acero, con su representación palpable en el Muro de Berlín, dividió el Viejo Mundo en bloques antagónicos. Pero antes los vencedores juzgaron a los culpables de la contienda, criminales genocidas que nunca más participaron en política.

La Resistencia en los países ocupados, y con eso terminamos esta breve síntesis, fue homogénea y su apuesta por la liberación brindó concordia para el futuro. Sus participantes devinieron héroes nacionales.

Y podríamos seguir hasta el infinito con la simplicidad que ignora el matiz. Lo general sin el detalle ofrece una visión sesgada que Keith Lowe se concentró en enmendar mediante una investigación basada en el análisis de Europa tras el supuesto silencio de las armas. El joven historiador británico disecciona el período inmediatamente posterior a la rendición incondicional germana y para apuntalar sus teorías las articula desde cuatro parámetros esenciales: El legado de la guerra, venganza, limpieza étnica y guerra civil. Al cerrar el volumen aplaudimos por lo brillante de la exposición y la luz que aporta a cuestiones habitualmente desdeñadas pese a su suma importancia. La única pega de Continente salvaje es su brevedad, algo chocante por sus quinientas páginas, pero que tiene razón porque Lowe sólo puede abordar una miríada de conceptos en muy pocas páginas. Supongo que es un esbozo de una obra monumental, meros retazos de un magma excelente y extenuante por su información.

Así, la primera parte sirve de introducción al conjunto, como si la destrucción física, los desplazamientos, las hambrunas y el caos fueran un aperitivo para platos más concretos. Cada capítulo regala datos sorprendentes que se insertan en la normalidad de ese trágico instante. Imaginar el panorama no es complicado a pesar de su dureza. Ciudades en ruinas, ámbitos rurales desolados y millones de seres humanos vagando en un lugar con fronteras, barbarie y mucha ausencia de familiares y, sobre todo, de una brújula donde orientarse porque se inicia una inédita cronología. Lo pretérito se ha cancelado entre megalomanías fascistas, bombardeos civiles y un fanatismo que no ha dicho su última palabra.




La venganza aquí no se sirvió fría. Eran demasiadas las heridas y los rencores como para que lo cabal se integrara en el paisaje donde la sed de sangre era insaciable. Los campos de concentración y exterminio asistieron, con el beneplácito de americanos y soviéticos, al desahogo de los prisioneros con sus verdugos, que de la noche a la mañana pasaron a ser esclavos, maltratados con especial inquina por el ejército rojo, implacable con los soldados capturados a su Némesis. Cambiaron las tornas, y la brutalidad tuvo su actuación estelar, cebándose incluso en niños y mujeres. Hasta aquí la ira de los peones del tablero. Reyes y reinas, gobernantes y burócratas, articularon una opereta en forma de juicios y limpieza de la administración. No sólo hubo Nuremberg. Recuerdo una escena de El buen alemán de Steven Soderbergh donde la cámara se fija en un pasillo estructurado a partir de eternas hileras de archivos con fichas de millones de alemanes condenables por sus actos. Para refundar Europa era necesario depurar los cuadros funcionariales para que se despojaran de su hedor totalitario. En Italia y Alemania se dictaron miles de sentencias en ese sentido, pero cuando el viento sopló en la dirección de un mundo bipolar, el bloque occidental decidió rehabilitar a esos antiguos servidores del Estado, por interés y por, lo que no justifica en absoluta la medida, su solvencia en el asunto. Eso sí, lo canónico prefiere mencionar mujeres colaboracionistas rapadas y sogas al cuello.




Las dos últimas secciones de Continente salvaje son de alto voltaje puro al examinar con precisión quirúrgica dos aspectos espinosos que suelen soslayarse en la idea de Europa forjada a lo largo de más de medio siglo. Stefan Zweig y Toni Judd rememoraron -uno desde la nostalgia de lo reciente, otro desde la reflexión erudita- una Europa sin pasaportes y nulas barreras. El centro de este particular universo relucía por su composición multiétnica, factor fundamental de la prosperidad sociocultural del Imperio Austrohúngaro. Las poblaciones de tan vasta zona convivían desde hacía siglos en la mezcla, que no sólo aniquiló Hitler con el Holocausto y Stalin con su exterminio ucraniano durante el final de los años veinte y el inicio del siguiente decenio. Al terminar la Segunda Guerra Mundial se extendió un ansia de pureza racial que respetara el nombre del territorio. Polonia para los polacos, por ejemplo. Surgieron millones de refugiados, los alemanes eran expulsados de tierras a las que habían pertenecido durante generaciones, alargándose así el drama de la alienación, que en otros casos culminaba en ejecuciones, razzias y otras lindezas que tuvieron sus episodios más detestables en Ucrania, Polonia y Yugoslavia, si bien su influencia infectó el cuerpo europeo hasta la sobredosis, y sólo la inmigración actual ha vuelto a desbaratar el siempre dañino monolitismo nacional.




El cierre observa otro hecho constatado que no suele difundirse en la esfera pública porque es motivo de vergüenza y sacarlo a colación implicaría revisar mitos patrióticos que configuran el calendario conmemorativo y, más importante, la versión oficial histórica de cada país. Muchos de ellos padecieron guerras civiles simultáneamente a la principal, y en la mayoría de casos el duelo fraticida duró más allá de 1945. Un paradigma de lo que significó esto se halla en Italia, donde partisanos y fascistas se enzarzaron en disputas que a posteriori se dilucidaron más en despachos de Washington que en montañas piamontesas. El creciente temor a una oleada comunista hizo que los héroes de la Resistencia pasaran a ser villanos que dieron con sus huesos en la cárcel, bonito tributo a su esfuerzo por acabar con la pesadilla de la ocupación. La preponderancia norteamericana y la imposición de sus postulados completarían su operación cuando fue vetada la inclusión de ministros comunistas en gobiernos occidentales.

Continente salvaje es una investigación de muchos quilates que, como todo buen ensayo histórico, no sólo desmenuza el pasado. Su doble mérito radica en abrir la puerta a un campo bastante virgen hasta la fecha, y que pese a su vacío bibliográfico es primordial para comprender determinadas dinámicas del Viejo Mundo, dinámicas que aún siguen atenazando nuestra tranquilidad. Por eso es recomendable aprehender su origen, para evitar reproduzca males que por coherencia ya deberíamos haber enterrado.