lunes, 19 de noviembre de 2012

Democracia de Pablo Gutiérrez en Revista de Letras




Una novela de crisis: “Democracia”, de Pablo Gutiérrez, por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 16.11.12


Democracia. Pablo Gutiérrez
Seix Barral (Barcelona, 2012)




Poco a poco asoma a la superficie una cierta tendencia a escribir novelas que remiten a la crisis que vive nuestra sociedad. Hace años comenté con Clara Usón que los personajes de su novela Corazón de napalm, ganadora del Biblioteca Breve 2009, pertenecían a un universo de opulencia, con subastas, cuadros a precios exorbitados y una burbuja sin estallar. Ahora que lo ha hecho, y de qué manera, jóvenes autores españoles intentan dar forma narrativa al período actual, un reto complicado porque a diferencia de otras épocas y escuelas, pienso en Italia y su neorrealismo de posguerra, rizar el rizo, emitir juicios y opinar nos pierde ante la objetividad que requiere la tarea.

Y claro, dirán, la objetividad es imposible con la que está cayendo, es mejor construir hipótesis, textos que sugieran desde la ficción una alternativa mezcla de metáfora y propuesta.

Ni el oráculo de Delfos fue visionario, y a nosotros quizá nos falte perspectiva. Mientras tanto algunos se atreven, y hay que aplaudir su apuesta, como sucede en el caso de Pablo Gutiérrez y su Democracia, obra que confirma el talento del escritor onubense, que hasta cierto punto sale airoso del reto de enfrentarse al presente.

Y no es sencillo, todos los sabemos. Tengo la sensación que por ahora seguimos aturdidos y con un ojo pesimista a la utopía, como si las personas, ingenuas por caminar entre unas ruinas invisibles, aún soñaran demasiado con la revolución, lo que conlleva una literatura que se centra en una deriva de grupos, grupúsculos, comités y actuaciones heroicas que brindan mensaje y reciben injusticia. De este modo, ubicados en una línea que mira el futuro y lo exagera, los protagonistas de Ejército enemigo de Alberto Olmos y Democracia, dos de los títulos que hasta la fecha han versado sobre el tema que nos concierne, se mueven en zonas de rebelión que aterrizan en sus vidas en circunstancias opuestas que, sin embargo, confluyen en el retrato de una generación desesperada y que no puede proceder según los cánones habituales que la Historia ha marcado para las revueltas.



Esa visión del asunto huele a una ausencia de esperanza o a la hipérbole que dramatiza hasta topar con el horizonte, frontera insalvable. En Democracia la estructura juega con relacionar lo máximo y lo mínimo mediante un montaje paralelo que pasa de la caída de Lehman Brothers al dibujante Marco. Las vías se cruzan, el ritmo gana peso y avanzamos hacia un cuadro donde George Soros trabaja en un taller de marionetas que somos todos nosotros. Marco es el peón inconsciente que sirve para dibujar un retrato de la descomposición, que acaece en nuestra época y tiene orígenes que se remontan a la infancia. De este modo Gutiérrez teje su sutil hilo de críticas. El frustrado y aséptico individuo de la calle tuvo una madre paranoica que se volcó en las cualidades artísticas de su hijo. La familia desestructurada y su vínculo de unión va desvaneciéndose hasta saltar a la segunda casa de la edad adulta, una relación de pareja convencional, el fracaso de la progenitora en sus planes y un puesto de delineante en una empresa que fluye boyante por el boom hasta la explosión y la llegada de los despidos la misma jornada en que quiebra Lehman Brothers.

Marco será el primer damnificado del jefe simpático y con presencia mediática. El barco se hunde y ha llegado el turno de cobrar el paro y seguir viviendo en ese techo con hipoteca de los que te pagaban. La descripción de la debacle traza un mapa de atonía en el silencio hacia el abandono individual y colectivo de la víctima, que en su aburrimiento, perdida la brújula del hábito, sucumbirá a tentaciones televisivas con trasfondo erótico-capitalista-psiquiátrico, profundizará en la incomunicación con su chica y vagará por la cuadrícula urbana hasta que una epifanía resucite su mente y lo transforme en el creador de la nueva ciudad de poesía en las paredes. El mensaje queda grabado, sufre persecución y desde el anonimato se transmite a los demás anónimos.

Pero el sueño es imposible, y la nocturnidad exhibe la condición de amenaza, ridículo y quimera de la transgresión, que se queda en el interminable lirismo insertado en un muro, símbolo obvio, muralla que con las letras y la difusión informativa del acto propicia el encuentro del misterioso genio con una panda de antisistema al uso.

En ese instante de la novela la disolución se ha completado entre citas que contextualizan el punto de vista del autor, intercalación de muchas voces que en realidad son una y el alcance del Stunde null de Marco, con el pasado desdibujado en una nada remota y lo que vendrá enfocado a una inercia que apaga la lucidez y avanza hacia la violencia con párrafos que tanto recuerdan a Mario Bros como a la persecución final de Últimas tardes con Teresa.

Al principio de esta reflexión mencionaba la constante, que quizá aún no pueda definirse así por la escasez de novelas de crisis, de abordar el malestar con tintas que siempre pintan con un color de revueltas y un hedor carcelario, no por terminar entre rejas, sino porque el espectro que nos atenaza ha construido vallas que impiden cualquier vía de escape. La crítica en Democracia es sólida y bien justificada; la maestría narrativa de Gutiérrez ha hilvanado una novela con cierto tinte ensayístico que dispara con bala. ¿Acierta en su objetivo? Sí, porque sin duda su impacto es importante y son necesarias obras que afronten sin miedo el tratamiento del presente, algo de lo que últimamente, salvo alguna excepción y mucho oportunismo, adolece la literatura española. Por otra parte queda por ver si esta forma y sus conclusiones son las mejores, decantándose quien escribe por una objetividad que desde lo normal vierta en el texto la esencia, bien respirable en cualquier casa, de la tortura a la que nos vemos sometidos.