viernes, 14 de junio de 2013

Diálogo con William Ospina en Sigueleyendo





Diálogo con William Ospina, por Jordi Corominas i Julián 

Llueve en Barcelona, como si así el cielo quisiera cumplir los estúpidos designios del refranero en pleno siglo XXI. La gente viste de invierno y los turistas circulan con galas veraniegas, entregados a la falsa alegría de los rayos de sol, ocultos en esa tarde de martes donde servidor, anónimo en Rambla Catalunya, se encamina a la Casa de América de la capital catalana para charlar con el colombiano William Ospina sobre La serpiente sin ojos, novela que cierra su trilogía sobre los viajes al Amazonas durante el siglo XVI.
Llego puntual, pero el hombre galardonado con el Premio Rómulo Gallegos de 2009 anda ocupado por la intensidad de la promoción del libro. Espero en una sala, bebo agua y, de repente, aparece con una sonrisa. Se sienta, comenta el cansancio del día, un previsible jet lag y comentamos fuera de micro algunas impresiones sobre su última aventura en la narrativa. Enciendo la grabadora.


Jordi Corominas i Julián: Cuéntame desde tu idea de trilogía como llegas a La serpiente sin ojos. 

William Ospina: Mi propósito era contar los dos primeros viajes del Amazonas. El viaje de Orellana de 1541 y el de Pedro de Ursúa veinte años después. El primer libro de la trilogía, Ursúa, cuenta los años tempranos de Pedro de Ursúa, desde que salió de Europa hasta sus primeros años en territorio americano.

Libra cinco guerras. 

En el territorio de lo que hoy es Colombia y también en Panamá. A partir de cierto momento escuchó el relato de cómo había sido el viaje de Orellana y se obsesionó con la idea de irse a descubrir el Amazonas. De todas maneras en La serpiente sin ojos sintetizo en algunos momentos las partes previas a esta tercera novela. Para mi resultaba interesante el ver cómo sobrevive cada libro de la trilogía de manera independiente.

De todas maneras las tres novelas forman una unidad y son vasos comunicantes, la relación entre ellas es fluida. Otra cosa importante del conjunto es cómo cambia el narrador en cada una de las novelas.

Claro, porque tiene tonos distintos en función de lo que cuenta. Ursúa es una biografía de corte clásico, donde un hombre cuenta la vida de su amigo. El país de la canela es una autobiografía, es el mismo narrador que habla de su propia vida. En La serpiente sin ojos el narrador tiene una actitud de escuchar el mundo y explorar la naturaleza y la selva en un intento de descubrir que relatos hay ocultos en ella.

La misma selva está en el corazón de los personajes y en los espacios urbanos de la novela: a lo largo del relato se percibe un salvajismo humano muy fuerte. 

Por una parte es el salvajismo de aquella época, que no ha desaparecido del todo. Al escribir estas novelas en la Colombia contemporánea no dejo de sentir que las aventuras y desventuras del pasado tienen su parentesco con situaciones de la actualidad. La violencia es parte de la Historia desde siempre.

Hay dos afanes muy fuertes en La serpiente sin ojos. El de escapar del Viejo Mundo por parte de los españoles e ir a América. El segundo es ir más allá de lo descubierto, pura insaciabilidad humana. 

Hablamos de secuencias de fugas. No iba una Europa a la conquista de las Indias. Fueron muchas Españas y muchas Europas. No era lo mismo la España principesca de los virreyes que la soldadesca, que venía de otros linajes mucho más oscuros y tenía un arraigo a unas tradiciones arcaicas de vida y guerra. Ursúa tiene una nobleza, mientras Aguirre ya no pertenece al mundo caballeresco, al mundo de los paladines medievales.

Hombres como Aguirre son buscadores de fortuna. 

Sí, y están buscando un rostro para su propia vida. No han encontrado en el mundo un lugar. Aguirre tampoco lo encontró en España, aunque algunos de los grandes capitanes de América llegaron al Nuevo Mundo desde la pobreza y la miseria. Por otra parte junto a ellos vinieron hombres de la Europa del Renacimiento, que es la que permitió que ambos mundos se encontraran desde la cultura y la curiosidad de conocimiento. Los guerreros, demasiado violentos y salvajes, no pueden compararse a los cronistas y los poetas que buscaban descubrir desde una óptica positiva.

Y todo lo que ellos ven es epifánico, cualquier cosa es inesperada y nueva. 

Para escribir la trilogía fue muy importante mi libro Las auroras de sangre, donde hice la lectura del poema de Juan de Castellanos Elegías de varones ilustres de indias, que es un poema desconocido en Europa y en España pero que, sin embargo, es el primer poema verdaderamente americano escrito en lengua castellana. Contó la filigrana del descubrimiento desde los viajes de Colón. Fueron aventuras como las de Juan de Castellanos las que permitieron que la lengua permaneciera en América más allá del descubrimiento.

Esta confluencia en la novela se entiende por el personaje de Inés, fusión de los dos mundos.

Con ella nace el mestizaje, y con el poema de Castellanos nace el mestizaje de la lengua, y de ambos se nutre toda la trilogía.

Busqué información sobre Inés en la red y no encontré mucha. Parece un personaje olvidado y, sin embargo, es un símbolo potentísimo. 

Son muchísimos los personajes que no han alcanzado una gran figuración en la Historia, pero si empiezas a rastrear de manera obsesiva te sorprendes, porque no forman parte de la Historia oficial, que por otra parte siempre es provisional. La Historia cambia y se transforma la imagen de la conquista, que no es la misma que la de hace un siglo. El pasado cambia más que el presente.




La interpretación histórica se transforma a lo largo de los siglos en función del contexto de nuestra época. 

Cada época modifica su lectura del pasado y así lo cambia.

También tenemos la posibilidad de adentrarnos en la minucia y en las pequeñeces de personajes que no escriben su nombre en la Historia pero que tienen una importancia fundamental en la misma.

Yo lo veo así. Me ocurre con Juan de Castellanos, que desde mi humilde opinión merece figurar como uno de los autores fundamentales del siglo de oro español. Suena como una boutade o como una afirmación temeraria porque no aparece en la Historia de España, pero dejó el poema más extenso en castellano, fue un cronista en verso, y eso es algo que aún está por descubrir. El descubrimiento de América exige ser descubierto.

Todo el descubrimiento de América es vivido por sus protagonistas desde una vertiente épica que remite a la Antigüedad. Leía el libro y pensaba en Jenofonte, o en la aventura de Alejandro.

Se fueron trenzando cosas para lograr algunos efectos. Ercilla escribió la Araucana inspirado en dos años que estuvo en tierras chilenas, un poema mucho mejor recibido en España porque era un hombre de la corte de Felipe II, fue su paje desde niño, y escribió para sus señores. Es un poema sin americanismos porque no quería jugar con la extrañeza, quería que fuera reconocible para sus lectores, mientras Juan de Castellanos, que pasó casi toda su vida en América, lo que hace es dejar un testimonio para el futuro. Por eso usa tantas palabras indígenas y llama a los indígenas por su nombre propio. Cuando su obra llegó a España nadie podía entenderlo, lo vieron como un adefesio monstruoso.

Hay una contraposición fuerte. El poema de Castellanos muestra arraigo, pero los personajes de La serpiente sin ojos son lo contrario, quizá por eso muestran tanto ímpetu en la expedición.

Es gente que se busca. Lo que ocurrió entonces era irrepetible, por eso me atrae narrar episodios de la conquista. Sólo si un día descubrimos otro planeta se vivirán episodios similares.

Si banalizamos el tema pensaremos en el choque de lo viejo y lo nuevo, pero una vez transcurren los primeros decenios el choque afecta directamente a los mismos españoles y a su forma de colonizar ese territorio. Lo apreciamos bien con las distintas personalidades que acompañan a Ursúa en la expedición.

Es interesante, en relación a la conquista, cómo los grandes imperios americanos sufren sangrientos golpes de Estado y desaparecen las guerras, que desde entonces fueron entre conquistadores. Se volvieron conflictos europeos trasladados al mundo americano.

Como cuando se disuelve el imperio de Alejandro y los diadocos se enfrentan entre sí, una lucha de poder interna. 

Claro, y esas guerras de poder para existir requieren un concepto del mismo. Las guerras entre griegos y troyanos eran conflictos donde se compartía un horizonte de civilización, una guerra ritualizada que en nada se parece a nuestras guerras de aniquilación.



Vas leyendo la novela y, pese a que habrás añadido elementos de ficción, parece una fábula.

Imaginé los detalles y no alteré los acontecimientos, pero hay minucias de la realidad que no plasman los historiadores, como un caballo que relincha o una lluvia al atardecer. Son cosas que no quedaron documentadas. Un novelista debe imaginar esas cosas, porque no altera los hechos históricos, sólo les da una verosimilitud estética. Gibbon decía que lo patético de la Historia está en los detalles menudos, y esas son las licencias que me he tomado, pensar cómo ocurrieron los hechos sin modificar la sustancia de los mismos.

La doble vertiente del libro: inventarse detalles que aporten verosimilitud y la entradilla, o clausura, que suponen los poemas de cada capítulo.

Hay lectores que los ven como el cierre y otros como el prólogo del siguiente. La poesía puede dialogar con lo que la precede o la sigue. Para mí no fue un propósito escribirlos. Salían al mismo tiempo que la historia, no podía dejarlos de sentir como parte integrante del relato pese a no formar parte de la voz del narrador, y no me importaba su origen.

Sólo con los poemas tendríamos un cancionero de esos viajes.

Seguramente permanece en ellos parte de la sustancia de la historia que cuento. A través de esos poemas la trama se abre a otras perspectivas, otros rumores y tal la vez la selva consigue estar más presente a través de los versos.

La poesía consigue adentrar más al lector en la sugerencia de los ambientes y de ese pasado, con ella nos dejamos llevar, potencia más la sugestión de la prosa.

La poesía no procede de un narrador, intenta traducir en el libro atmósferas y posibilidades del relato. Hay unos versos que comparan una hormiga con una estrella, y sé que eso viene de un mito indígena, pero tampoco quise mostrarlo con claridad.

Dices al final de la novela que antes de escribir la trilogía eras más sedentario, pero que con su preparación te has vuelto más nómada. 

Mi método prefiere imaginar las cosas primero y luego ir a verlas.

¿Y no te desilusionas al verlas?
Al imaginarlas hay cierta coherencia en lo que construyes con la fábula, o en la magnificación de los recuerdos. Ir a los sitios después enriquece de detalles lo que imaginaste previamente.




Es interesante el detalle de la hormiga. Piensas en los españoles del siglo XVI y los contemplas, pese a la inmensidad del reto, como seres muy pequeños en relación al espacio que pisaban. 

Seguro, porque la selva logra excedernos, y no sólo por magnitud del espacio. Los sentidos no pueden captar su inmensidad. En Europa es fácil encontrar bosques de una sola especie, pero en América en dos metros cuadrados hay cincuenta especies distintas, y esa enormidad en un espacio reducido genera un microcosmos por todas partes. La realidad nos supera y termina siendo inabarcable.

El mismo Ursúa al preparar la expedición, pese a su delirio a lo Marco Antonio, confía en datos empíricos, pero no es consciente de la diferencia entre lo europeo y lo americano.

Y eso representa una de las mayores dificultades de la conquista, del descubrimiento. Es muy complicado cambiar la perspectiva, alterar la mirada. La idea del espacio con que se llega desde Europa no puede desecharse de repente, porque no es una opinión, es una manera de enfocar y vivir el espacio. América muta el esquema. Los conquistadores a menudo eran dóciles, si eso alentaba su sed de riqueza, para con los cuentos de los indios. Creían a los indígenas porque querían esos tesoros y necesitaban de esos relatos, que en muchas ocasiones fueron los que empujaron a muchos españoles a tomar la mar. Hay una actitud de credulidad para con las leyendas sí, pero también un temor con las creencias animistas, porque chocan con lo racional europeo. Es la duda entre entregarse a la diferencia o seguir con su concepto del mundo.

Una lucha entre el temor y el atrevimiento. En la novela también te dejas llevar por las historias.

Sí, y el libro está tejido de mitos indígenas y leyendas europeas, y también de reelaboración legendaria de lo que se encuentran. Ariosto dice que todo lo que se pierde en la tierra está en la luna. América cumplió la función de ir a buscar al Nuevo Mundo lo que perdimos en el Viejo, desde sirenas hasta dragones. Lo buscaron en América y a veces lo encontraron.

Eldorado parece una traslación del Santo Grial.

Y no era algo perseguido por la fantasía, era una búsqueda que partía desde la razón. La leyenda dorada de los alquimistas de repente se convirtió en realidad al encontrar un mundo lleno de oro. La fiebre de oro cambió de latitud.

¿Por qué crees que historias como las que cuentas, que han agitado desde siempre a las personas, tienen tan poca importancia en la educación actual? Son relatos que desde la transmisión oral siempre tuvieron trascendencia para las personas. 

Hay un olvido que espero sea transitorio. Pasamos por una época de particular esterilidad de la educación, sin capacidad para transmitir la memoria. Un fenómeno reciente, de las últimas décadas.

Son historias de toda la vida.

Las historias de la conquista tendrán que representan para el porvenir lo que representaron para otras generaciones las historias de la Guerra de Troya, porque son grandes ciclos narrativos y a mí me alimento por el camino de la construcción de estas historias un verso de la Odisea que dice “Los dioses labran desdichas para que a las generaciones humanas no les falte que cantar.”