martes, 11 de junio de 2013

Los oscuros




Los oscuros, por Jordi Corominas i Julián


No hay camino que no tenga un paso previo. Hará cosa de un año compré por capricho un pequeño librito en italiano sobre la rivalidad entre Fausto Coppi y Gino Bartali. La obra, editada por Einaudi, ofrecía un punto de vista bastante tópico ya desde su portada. Los dos campeones, las dos Italias de la posguerra, hermanándose en la montaña mediante un bidón, alianza y resistencia, lucha y voluntad de andar juntos pese a las divisiones. Coppi escandaloso y elegante. Bartali católico y entre dos orillas, la fascista de su primera victoria en el Tour y la democrática de 1948, con los laureles paliando escombros y miserias durante tres semanas de verano.

El volumen llevaba la sonora firma de Curzio Malaparte. Conozco la obra del italiano desde mi infancia y recuerdo con precisión el lugar que tenía en la librería de mi abuela Kaputt, novela, si es que la podemos definir con tan genérico nombre, que se completa con La piel, que adquirí hace ya una década, cuando El País lanzó una colección de clásicos universales.


Me extraña, aunque es así y no se puede cambiar, saber del escritor toscano sólo a través de referencias cercanas. Mientras viví en Italia mis amigos, y los libreros, me llenaron la cabeza de Pasolini, Moravia, Svevo, Montale, Pavese, Gadda, Morante o Vittorini, pero nadie nunca se dignó a mencionarme el nombre del maldito Malaparte, figura que en nuestra época, tan políticamente correcta, puede ser víctima de la facilidad de la etiqueta.


Kurt Erich Suckert, tal es el nombre y apellidos que el camaleón recibió al venir a este mundo, figura en el panteón de los negados junto a otros nombres que, lo reconozco sin ambages, me fascinan. T.S. Eliot se declaró clásico en literatura, monárquico en política y anglocatólico en religión. Por si faltara poco manifestó su simpatía por la Action Française de Charles Maurras, afinidad que compartió con Malaparte, quien quizá se asemejara más, aunque en la biografía de Maurizio Serra no consta que intimaran, con Ezra Pound. El poeta norteamericano, il miglior fabbro de La tierra baldía, profesó una devoción mussoliniana sin parangón y pagó su fe en el fascismo con su aislamiento en el hospital de Saint Elizabeth de 1946 a 1958. No ganó el Nobel por su adhesión a lictores y parafernalias autoritarias.




Si cruzamos los Alpes y visitamos Francia, comprobaremos que los candidatos al olvido son numerosos. Entre ello cabe mencionar al prototípico Louis Ferdinand Céline, al inquietante Pierre Drieu la Rochelle y a mi admirado Jean Cocteau, quien en el París ocupado filmó alguna que otra película más bien ambigua y acudió, entre otras cosas porque era incapaz de no salir en la foto, a múltiples inauguraciones de arte nazi, declarándose impresionado por las esculturas de Arno Breker, esas moles gigantes que debían marcar las fronteras de un futuro que, por suerte, no llegó.

El azar quiso que, en una reciente visita a La Central de la calle Mallorca, mi vista se fijara en las poesías completas del poliédrico galo, que completaron mi lista de adquisiciones del día, iniciadas con la biografía que Maurizio Serra dedica a Curzio Malaparte. Mi bolsa, sin que yo tuviera la más mínima idea, llevaba consigo a dos viejos conocidos, amigos de noche y diálogo, parias por genialidad y un narcisismo que privilegiaba la estética y despreciaba la medianía.



Eliot, Pound, Drieu y Cocteau pertenecen del selecto club de artistas fuera de la norma a los que podríamos añadir sin muchas dificultades a Joyce, de vacaciones en Zurich durante la Primera Guerra Mundial, o el mismo Picasso, quien pese a su compromiso político es reprobado a menudo por su misoginia y una cobardía que quizá Fernando Colomo ha captado en su último filme, no lo sé. Estos creadores destacan por, es obvio, tener personalidades muy heterogéneas que les impedían apartarse de su inimitable vestido e integrarse en la corriente. En muchos casos da la sensación que su vinculación a su ego y a un ideario parte de raíces intrínsecamente relacionadas con su fecha de nacimiento, con la deuda que ello conllevaba al ser hijos de la Belle époque, y una idiosincrasia que alternaba la búsqueda de la ruptura con el pasado desde unas premisas elitistas de monarquía en el Parnaso.

Todos ellos se aliaron con almas gemelas en instantes concretos, bien por conveniencia, bien por la unión de energías, pues colaborar no deja de ser un estado de ánimo enmarcado en fragmentos de una singladura. Sirva como ejemplo la maravilla de Cocteau, Picasso, Satie o Diaghilev en Parade o el entendimiento entre Eliot y Pound en Inglaterra. Joyce mantuvo una especie de sinergia con Italo Svevo, bien visible en La coscienza di Zeno. Asimismo, Drieu dirigió la Nouvelle Revue Française con el apoyo de Paulhan, su antiguo director, y facilitó la liberación de algunos escritores presos por los nazis, entre ellos Jean Paul Sartre, nombre mitificado que junto a Breton y otros ilustres idolatrados acogió con gusto las órdenes para con la visión de la realidad emanadas desde altas instancias moscovitas. Y ello no se critica ni interesa.
Picasso hizo un retrato de Stalin que desafió ese canon de posguerra. Eliot ganó el Nobel en 1948 y aún hoy en día goza de inmensa consideración en círculos poéticos sin ser un ícono como Baudelaire o Rimbaud, quizá porque su vida, apasionante y repleta de efemérides, no es tan vistosa como la de los héroes decimonónicos, quizá porque su imagen no sirve para camisetas pese a que su poesía y su labor crítica son inigualables, hitos que muestran una senda bien clara en el bosque sagrado.



Todas estas reflexiones salen de Malaparte y sus aventuras. Mi idea era comparar su modus operandi con el de Tancredi Falconeri. El sobrino del Principe de Salina es el el paradigma del oportunista, capaz de saltar de las camisas rojas de Garibaldi al ejército del Rey del Piamonte una vez el viento sopla a favor de la unificación italiana. Ya saben, cambiar todo para que todo siga igual, y para reafirmarlo nada mejor que una boda con la hija del representante de la burguesía, unida así con la nobleza, que conserva privilegios y aporta dádivas a los advenedizos.

Malaparte fue mal visto tanto por sus acólitos como por sus detractores. Tenía ansías de galones fascistas y no fue correspondido en su fidelidad por Mussolini. Era impulsivo, se salía por la tangente y gustaba de un dandismo anómalo que le granjeó incomprensión a raudales. Por si esto fuera poco tenía, de ahí la inquina que suscitaba su aura, una insuperable capacidad de inventiva que le servía para remendar las costuras de lo pretérito, bastante cargado de vicisitudes entre el castigo del confín, los viajes por medio mundo, sus horas de ocio burgués y una obsesión enfermiza por cada uno de los detalles de su aspecto, físico y mental, como si el mínimo fallo significara una insalvable condena. Curzio tiñó su cielo de verdades y mentiras, fue un jugador que se mantuvo a flote en la partida del siglo XX por su hondo sentido de la realidad, que tan bien exhibió en Kaputt, La piel o en su película El Cristo prohibido. A diferencia de las otras lumbreras del artículo, puede que Malaparte sobrevalorara su capacidad, lo que no es del todo cierto, porque sus previsiones sobre la Historia, que detestaba, se han cumplido a rajatabla, desde el desmoronamiento del bloque soviético hasta su visión maniquea de Italia.


Sin embargo, sí que es cierto que perdió la batalla que le hubiese gustado ganar, lo que hicieron el resto, de Cocteau a Picasso, de Eliot a Pier Paolo Pasolini: encumbrar la independencia de su genio prescindiendo de habladurías, grupitos y mafias. Ellos solos tenían suficiente entidad como para tumbar de un golpe a la habitual competencia. Alguien podrá objetar que Picasso se rodeó siempre de otros y no se equivocará. Lo mismo podrá decir de Pasolini o Cocteau, nadie lo duda. Aún así quien esgrima objeciones debería ser ecuánime en sus apreciaciones y asentir si digo que desarrollaron su arte desde una sustancia inimitable. Si absorbían como esponjas es porque el hombre inteligente no suele ser ajeno a lo que le rodea. Para superar umbrales hay que aprehender su composición.

Malaparte no alcanzó la posición de sus sueños por exceso de confianza en sus posibilidades. No supo, o no quiso, comprender los choques de trenes. En su etapa fascista se comprometió y fracasó por querer salvaguardar su ideal de revolución social, truncado cuando el régimen se asentó tras pactar con iglesia, ejército y empresarios. Siguió a lo suyo, intentó resucitar y se conformó con ser un transeúnte que nunca abandonaba las arterias fundamentales del tejido. La ofensa que para el supuso el desdén de Mussolini le acompañaría hasta la tumba, pero al menos supo lidiar con los partidos de la posguerra, opinar sin cortapisas y morir sintiéndose imprescindible, con la tranquilidad de haber dejado huella.

La verdadera elección de la galería que he configurado a lo largo de mi discurso es la de no perder nunca la identidad y opinar desde un criterio que no se ahoga ante los muros monocromos que se vanaglorian de determinar el espíritu de su tiempo, estilo y personalidad, alfa y omega. La discordancia suele provocar altaneros gritos de protesta que engloban envidias, sinceros disentimientos y el instinto de protección de estatus.

Echo de menos muchas cosas, pero sobre todo la acción de individualidades no tan rotundas, o sí, como las descritas, seres que sepan desmarcarse del tedio para enhebrar postulados sólidos que estrangulen tanto sopor de camarilla, falsa vanguardia y protestas de salón, inoperantes por fuera y por dentro. Se trabaja, se irrumpe y se derrumba con hechos, no con fotografías o balbuceos de malestar. Soy optimista y considero que las catacumbas siempre se propulsan a la superficie por dinámicas lógicas. La desesperación es otear el horizonte y contemplar mutismo y ceguera, percibir como lo que otrora fue apuntalar lo específico por el genio ahora se ha travestido de fachada, siempre ruinosa, que brinda ropajes especiales que son los del rebaño. Eso, y la sospecha que hablar de excepcionalidades auténticas rompería el equilibrio de una pirámide que de tanta palmadita en la espalda y tan poca transgresión de mejora se ha instalado en una hedionda mecedora muy kafkiana, donde Morfeo nos clava dagas de aceptación, como si fuéramos la hermana de Gregor Samsa al final de La metamorfosis y no nos acordáramos de lo acaecido, como si fuéramos insectos teledirigidos que acatan los constantes escobazos de sedación y maltrato.