domingo, 16 de junio de 2013

Las Placas y la educación urbana en Bcn Mes





Las placas y la educación urbana, by Jordi Corominas i Julián

Pido al lector un esfuerzo mental. Un dos tres responda otra vez. Enumérame placas conmemorativas en Barcelona. Tiempo. ¿Alguna respuesta? Hay más de las que la gente piensa, pero son pocas y oportunistas, la mayoría por motivos políticos centrados en el nacionalismo o en un favor que paga otro favor. Muchas de ellas surgieron a finales de los setenta o justo antes de las olimpiadas, entre el primer posfranquismo y la recuperación de símbolos catalanes y la exaltación de personalidades de la Ciudad Condal, un lugar donde algunos seres vivos como Joan Manuel Serrat tienen su cerámica donde nacieron e ilustres fallecidos como Salvador Seguí tienen la suya donde le acribillaron a balazos.

Pero las placas de Barcelona no son precisamente uniformes porque detrás de ellas no hay ninguna organización de educación urbana, de gestión de la memoria como ocurre en Londres, París, Madrid o Roma, donde las inscripciones son unitarias y homenajean al pasado para dignificar el presente, pues un espacio metropolitano no se rige sólo por los quehaceres de la actualidad, es un cuerpo que evoluciona con los siglos y conserva la estela de lo vivido para crecer con coherencia.

Deberíamos preservar lo pretérito. Ahora se aparecen en mi cerebro dos placas más. Una en la calle Princesa evoca el nacimiento de Santiago Rusiñol, otra remite al natalicio de Manolo Hugué, de quien ya nadie se acuerda. También las tenemos de casas modernistas y negocios centenarios, eso sí, el Modernismo, sólo una parte del fenómeno, está bien indicado para que los turistas no se pierdan, pero todo es buscar su vertiente popular y desesperarse, porque la ausencia de placas implica que el patrimonio de los barrios no es importante, y en relación al tema deberían tomar nota los habitantes de Sants, Poblenou, Sarrià y muchas otras zonas que albergan casas preciosas a las que nadie del Municipio hace caso porque no forman parte del catálogo que reporta beneficios a las arcas del Ayuntamiento, triste y real, como la vida misma.

Sin embargo, mi artículo de hoy no quería comentar el desdén por la arquitectura periférica, rica e ignorada. Mi idea era centrarme en cómo la mayoría de placas se centran en lo indígena, y aún así no cubren su arco. En Madrid, con esa forma que asemeja a un rombo, abarcan muchas centurias y loan cada una de las facetas de la capital de España. En Roma la variedad asombra, pues encontramos desde itinerarios cinéfilos hasta remembranzas de la lejanísima Antigüedad que hizo de la Ciudad Eterna un ADN que siempre nos acompañará. En Londres tenemos literatura, música, visitantes extranjeros y efemérides históricas. París se vuelca en su grandeza. ¿Nosotros?

Somos un pez pequeñito. Hace unos meses comentamos el cambiazo que hicieron las instituciones de la placa del Pasaje de la Canadenca, que de golpe y porrazo alteró su nombre para no dar ideas a los indignados con nobles ejemplos de sus abuelos. Lo curioso es que si en Europa se cuelgan carteles como resultado de un bagaje aquí lo hacemos desde la mezquindad del gobierno de turno, con lo que aparcamos lo alto y lo bajo, las visitas foráneas como las de Giacomo Casanova y los insignes logros de una minoría. El pobre Pablo Picasso requiere más indicaciones de su rastro. Los tienen, y me alegra, el Barça donde se fundó y Joan Salvat-Papasseit en su lecho de muerte de la calle Argentería.

Señores que manda, unifiquen la estética de esas placas, hagan pesquisas del pasado de este enclave mediterráneo y expandan la pedagogía del paseo. No es tan complicado, da buenos resultados y de este modo culturizan a los ciudadanos con poco. ¿Les pido demasiado? Pongan una para Enriqueta Martí, otra para Durruti y añadan las que quieran para sus favoritos, sean ecuánimes y no monopolicen lo que la Historia y los hombres crearon con tantas lágrimas, sangre, sudor y esfuerzo. Por amor a Barcelona y a la verdad.


Ilustración de Nil Bartolozzi