jueves, 27 de junio de 2013

Los últimos días de Casanova en Revista de Letras

Lo que no escribió el veneciano: “Los últimos años de Casanova”, de Le Gras y Vèze

Por  | Destacados | 25.06.13
Los últimos años de CasanovaLos últimos días de Casanova.
Joseph Le Gras y Raoul Vèze
Traducción y edición de Jaime Rosal
Atalanta (Girona, 2013)
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Giacomo Casanova era tan poliédrico que sigue siendo un gran desconocido anclado en el tópico de la seducción. El veneciano fue mucho más, tanto que no me parece nada osado definirlo como el primer hombre de la modernidad, alma libre que demostró su vanguardismo en sus legendaria Historia de mi vida, donde a lo largo de miles de páginas desgranó su existencia de forma única para su época. Veía el mundo como nadie y eligió una senda digna de ser contada que le llevó de un confín a otro en pleno siglo XVIII comportándose como un Barry Lyndon real, pero con mucha más sustancia intelectual.
Sus memorias constatan un cambio de paradigma consistente en el modo de contar las cosas, desprovisto de la perpetua solemnidad de entonces y cargado de conciencia del yo volcado en lo cotidiano que es toda singladura. Sin embargo los dos años de trabajo que empleó para escribir su monumento no cubrieron toda su biografía. La Histoire de ma vie concluye bruscamente en 1773, veinticinco años de su muerte el 4 de junio de 1798 en el castillo de Dux, donde ejerció de bibliotecario durante más de una década al servicio del conde de Waldstein.
¿Por qué interrumpió su magna obra en ese instante lejano al fin de sus días? Joseph Le Gras y Raoul Vèze dan respuesta a la pregunta en el libro que acaba de editar Jaime Rosal para la editorial Atalanta.Los últimos días de Casanova fue escrito en 1929, y aún tiene vigencia al mezclar una correcta narración de los hechos y reflexiones personales de los autores, pioneros en la devoción por la figura del polifacético hijo de la Serenísima.
Venecia. No nos hemos olvidado de la cuestión. Giacomo tiene cuarenta y nueve años cuando ve cumplida su aspiración de volver a su patria. Atrás queda la fuga de los plomos y el vagar por Europa enfrascado entre cortes, aventuras, libros y amoríos. Trieste es la puerta de espera, minúsculo tránsito antes de pisar ese lugar donde el silencio cobra otra dimensión. Pese a ello intuimos que la renuncia a contarnos la sucesión de hechos después de la meta cumplida pueden tener que ver con una sensación de decadencia tras tantos periplos de esplendor entre nombres de rompe y rasga.
Retrato de Giacomo Casanova, utilizado en el frontispicio de la obra "Icosameron" (1788) (wikimedia)
Retrato de Giacomo Casanova, utilizado en el frontispicio de la obra “Icosameron” (1788) (wikimedia)
El Casanova que abraza el retorno no disfrutará de la gloria de antaño, se verá obligado a ejercer de espía para sobrevivir y escribirá informes donde se nota una voluntad de gustar a sus jefes, como si con ese peloteo sintiera que puede prolongar la relación laboral con los dirigentes del Gran Consejo de la urbe adriática, que en cierto sentido con su desconfianza se cobran la burla a la que fueron sometidos por su empleado cuando se fugó de la prisión de los plomos la noche de todos los santos de 1756.
La precariedad de esta nueva fase veneciana se acrecentará porque deberá luchar para mantener a flote su subsistencia y la de uno de sus últimos amores, una costurera. Parece como si su fiero carácter se hubiera debilitado, como si el vigor que le convirtió en leyenda hubiera desaparecido para generar una personalidad más sumisa, sin ímpetu ni energía. Huele el fracaso, en gran parte porque la inmovilidad que lo ha despojado de su noble nomadismo obstruye lo que fue una gloria siempre en movimiento que volverá a ponerse en marcha tras un turbio asunto donde fue humillado pese a sus buenas intenciones. Quiso ayudar a saldar una deuda, para llevarse una comisión, terminó a porrazos con los implicados y para desquitarse escribió un texto que provocó mil y una habladurías. Su atrevimiento había sobrepasado los límites que los gerifaltes consideraban decentes. Le invitaron a abandonar otra vez la agonizante República.
En 1783 se despidió de su amada costurera y volvió al ruedo de los viajes. Tenía intención de ir a París y terminó en Viena para ayudar a su hermano. En la capital austríaca entró al servicio del embajador veneciano Foscarini, quien murió en sus brazos víctima de la gota. Tan traumática experiencia le hizo cambiar nuevamente de rumbo. Quiso recalar en Berlín hasta que en Toeplitz se encontró con el conde de Waldstein. Su último destino estaba sellado.
Desde 1785 fue bibliotecario en Dux, labor que mostraba cómo ya no podía repetir las gestas de otrora, dándole la posibilidad, desde el aburrimiento que en más de una ocasión le hizo pensar en volver a tomar la carretera, de escribir incesantemente. De esa última época datan algunos de sus manuscritos más originales, como el Isocameron, novela de ciencia ficción rococó, y, naturalmente, la Historia de mi vida que ya hemos mencionado varias veces a lo largo de la reseña. Además de la escritura también tuvo tiempo para un último amor epistolar, muy en la línea de una era donde el Werther de Goethe arrasaba y creaba tendencia en todo el viejo Continente. Casanova, que se hacía llamar Caballero de Seingalt, predicó en el otoño de su existencia una ideología coherente con sus sueños de instalarse entre la opulencia social del Setecientos. Fue contrario a la Revolución Francesa y asistió desde la lejanía al desmorone veneciano de 1797, cuando Napoleón clausuró la independencia del milagro de la ciudad de los canales. A Giacomo, uno de sus hijos preferidos para la posteridad, le quedaban meses de vida, como si su suerte estuviera entrelazada para poner el punto y final de dos excepciones históricas.

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