sábado, 7 de diciembre de 2013

Especial Buñuel (I): Luis Buñuel, de Ian Gibson

Ian Gibson, Luis Buñuel, Aguilar, Madrid, 2013 





Hay una serie de personajes que influyen en la formación de un individuo. En mi perfil Luis Buñuel juega un papel inconsciente desde las entrañas hasta un modo de entender el arte y la cultura. Y digo inconsciente porque si bien nací en Cataluña desde pequeño he bebido Aragón a todas horas, por genes y por mi abuela, que desde Fuentes de Jiloca llegó a Barcelona por culpa de Franco y los que hundieron a este país en un largo abismo al que ahora quieren volver a precipitarnos sin ningún tipo de piedad y mucho cinismo.
Lo aragonés para muchos se entiende cómo bruto y contundente, pero hay maneras de expresarlo. Se opone, y aquí alguien puede criticarme por ir al tópico, a una cierta finura conformista y muy complaciente que detesto. En este caso más que lo dicho viro el matiz hacia un arrebato que ataca porque está harto de lo establecido y quiere transgredirlo.

Sin duda en la figura que abordará estas páginas todo ello nace de una fuerza imposible de entender sin un origen social muy holgado que permitió al cineasta una educación privilegiada y unas aventuras que otros no podían permitirse. Suerte que tuvo y tuvimos por la labor de su padre en Cuba durante treinta años, amasando dinero que en 1898 le permitió retornar al terruño como un indiano filántropo que se preocupó por sus hijos, aunque estos en su muerte, sobre todo quien nos concierne, sintieran una especie de liberación alucinógena.

Este verano devoré durante varias noches películas y documentales sobre el director de Tristana. Fueron un complemento de remembranza que dos publicaciones recientes han ampliado hasta el infinito. La primera de ellas es una magna biografía del hispanista Ian Gibson, con la que completa la trilogía de sus tres amigos. En su momento devoré la de Lorca y la de Dalí, a quien admiro en muchos aspectos y detesto en otros, no ha llegado a mis manos, pero esa da igual. Me fío del criterio del irlandés de Lavapiés, quien pese a las dificultades que le impedirán completar su proyecto ha trazado un cuadro de casi mil páginas que cubre los treinta y ocho años iniciales de su objeto de estudio, del nacimiento a la fuga, porque Buñuel siempre escapó, con destino a los Estados Unidos.



La segunda pieza recoge las conversaciones de Max Aub con el león de Calanda  en una monumental edición de Carmen Peire para Cuadernos del Vigía. El volumen, espectacular, se enriquece con amplios ensayos del español parisino sobre las vanguardias que influyeron a Buñuel. Las diferencias entre ambos textos, de Gibson a los diálogos, son lógicas y comprensibles. Uno se nutre del estudio del pasado y el otro tiene la ventaja de la presencia, del tacto, la voz y la sordera. La biografía desmenuza y las entrevistas fluyen. Por eso conviene distinguir entre las dos: parten de un mismo rompecabezas que no pueden interpretar con los mismos ojos.

De hecho Gibson debe a Aub, y lo reconoce como es natural desde la honestidad. Sin embargo su investigación sirve como introducción, como punto que debe preceder a la inmersión a la voz directa. En su tejido hallamos un orden que nos adentra de forma progresiva en un universo que, como todos, progresa a partir de una tónica de estímulos y aprendizajes.

En el Buñuel de la infancia se captan determinados aspectos que luego marcarán su trayectoria. No puede obviarse el binomio entre una Zaragoza convulsa y la placidez de Calanda con sus dimes y diretes históricos de milagros, tambores y naturaleza, tan importante para comprender al aspirante a entomólogo y determinadas imágenes que llenaron sus frescos fílmicos de un surrealismo que, como siempre, se llenaba de lo observado en la realidad. Asimismo esos veranos rurales se fusionaron con lo urbano, inevitable en esa España esquizofrénica de oscurantismo y progreso, en la gloriosa aparición de la iglesia y la afición de los disfraces de cura que dieron paso a bromas marca de la casa, una reacción bien normal en alguien que estudió en escuelas de clérigos durante su formación.



Buñuel dice no recordar en exceso, casi nada, la huelga general de agosto de 1917, donde los anarquistas jugaron tan importante papel. Ese mismo año tomó los bártulos y se fue a Madrid a estudiar a la famosa y añorada Residencia de Estudiantes de la colina de los chopos. En ese espacio idílico hizo deporte, inició alguna que otra carrera y se adentró en los círculos culturales de la capital del reino. Entre los que han permanecido en la memoria figura la tertulia de Gómez de la Serna en el café Pombo. Aturde ahora pasar por la calle Carretas y toparse con una gran multinacional ibérica de ropa para clase media a precios de saldo en el enclave de tan ilustre cenáculo, decisivo para el aragonés y tantos otros miembros de su generación, entre los que Gibson menciona con justicia a Guillermo de Torre, exiliado a Buenos Aires tras la guerra que sin hilvanar teorías propias supo dar el impulso justo a las vanguardias al estar atento a lo que acaecía fuera de nuestras fronteras, algo admirable se mire como se mire que recibió un fuerte impulso por la agitación cultural que se respiraba tanto en Barcelona como en Madrid. En esta última no sólo las publicaciones supusieron un espaldarazo para ultraístas y epígonos. Las visitas de jóvenes como Vicente Huidobro respaldaron una serie de tendencias que además se veían arropadas en la expansión intelectual por una serie de nombres que servían de referentes en la difusión de corrientes y actitudes, desde Ortega hasta Unamuno pasando por Juan Ramón.

Para Buñuel la influencia de Gómez de la Serna es impagable como veremos en la segunda entrega de esta serie. Ahora me apetece recalcar otro factor insinuado. La mezcla de generaciones, ya visible en la Barcelona dels 4 gats, ejerce en aquel Madrid una atracción de crecimiento, una efervescencia irrepetible que sigue pasos marcados en la línea del aprendizaje básico: de los mayores se aprende y una vez se han asimilado los conocimientos llega la hora de volar.

Gibson, experto en la materia, casi un inquilino de la misma, se recrea en su relación con Lorca y Dalí, obviando dentro de la formación la trascendencia de las conferencias que brindaba la Residencia a los que reposaban en sus muros. La amistad de estos tres grandes, con Pepín Bello y otros de fondo, resalta en anécdotas, noches toledanas, poemas y epístolas que, siempre desde mi humilde opinión, sólo convergerán de verdad en dos momentos muy concretos si nos ceñimos a la cronología del volumen: Un Chien andalou, donde quizá el perro era Federico, y el compromiso del poeta y el cineasta con la Segunda República española.



En 1925 otro viaje es la superación de la encrucijada. París es el cine y el estímulo de la misma existencia. El visionado de Las tres luces de Fritz Lang le decantó por el séptimo arte, donde hizo sus pinitos como figurante en películas de Jean Epstein, quien a su vez le enseño sus primeros rudimentos de técnica cinematográfica. Lo sorprendente es que al final de esta singladura de pedagogía fílmica Buñuel, en estrecha y sincopada alianza con Salvador Dalí, nos regalara  Un chien andalou y L’age d’or. Gibson dedica dos extensos capítulos a la gestación y repercusión de estas perlas surrealistas que dieron al de Calanda y al catalán su pleno ingreso en el grupo de Breton. Resulta curioso, permítanme el paréntesis, que sea un irlandés, por muy nacionalizado que esté, quien dedique un libro fundamental a un aragonés errante por las circunstancias históricas. Apunto esto porque considero que ahora que está tan de moda conmemorar resulta que de repente el legado del director de Viridiana sí que importa y muchos españoles se han empapado de su trascendencia. ¿Seguro? Desconfío por norma, más en este caso, donde la autoría de la biografía que me genera estas reflexiones sirve para demostrar un mal endémico de nuestro país, donde los más grandes quedan relegados al acopio nominal, a la exhibición de legajos para presumir de algo que no se conoce, entes extraños que provienen de las raíces de la planta, que las desaprovecha por ignorancia y porque lo efímero traga tanta tierra que produce el olvido de lo importante, relegado a la cómoda fachada de la complacencia y la palmadita en la espalda de la falsa sabiduría, antro donde se catapulta una modernidad de pacotilla que desdeña la vanguardia y la verdadera transgresión.



Un chien andalou y L’age d’or son giros copernicanos que dan al cine la pátina necesaria de ingreso en los ismos. Antes sí, hubo El nacimiento de una nación y el entretenimiento de los cómicos que también inspiraron a los surrealistas. ¿Cómo borrar del mapa a Chaplin o Buster Keaton? Las películas de Buñuel irrumpen con la insolencia de quien quiere acabar con todo y no tiene pelos en la lengua. La estructura de su cortometraje con nombre canino siempre me pareció una burla proustiana con esos saltos temporales, un desafío al clasicismo y una oda indirecta a Freud, padre de tantos detalles que de mencionarlos correríamos el peligro de metamorfosear este artículo en una tesis doctoral. El ojo cortado, la bicicleta, los burros, las nalgas, la playa y las obsesiones musicales, donde se introduce esa ironía demasiado fina para algunas orejas, son un entremés que la financiación de los vizcondes de Noialles, íntimos de Cocteau, propulsa hasta los topes en L’age d’or, donde las partes conectan dentro del absurdo con mayor naturalidad porque el metraje así lo propicia y el guión ya no se basa en el encadenamiento de una espontaneidad meramente onírica. Hoy en día pretender rodar algo similar y proyectarlo en cines comerciales sería un suicidio entre muertes infantiles, obispos esqueléticos, ¡viva los mallorquines!, y Cristos que salen de orgías. En 1930 la censura pasó por alto en primera instancia tanto delirio razonado, siempre lo es si el artista sabe lo que se hace, hasta que la tensión que anticipaba la década saltó y la extrema derecha actuó con sus armas habituales de violencia.
El filme no volvió a ser exhibido en Francia hasta 1983. Durante los años treinta Buñuel rompe con el grupo surrealista porque privilegió su afiliación comunista, que siempre ocultó pese a sus evidentes simpatías con la URSS y Stalin, ideología que desgranó a su manera, como puede verse en Las Hurdes, donde lo revolucionario en realidad fue penetrar en ese agreste territorio y montar un documental que mostrara la desolación de un modo tan crudo y salvaje con tintes tan personales, reflejados desde la primera escena de los gallos hasta la última con los niños que no lo son. El gobierno de la República no creyó conveniente exhibir la cinta. Durante ese lustro dorado de nuestra historia Buñuel fue padre por vez primera, trabajó como encargado de doblaje en la sección madrileña de la Warner y fue el hombre en la sombra de la compañía cinematográfica Filmófono de Jaime Urgoiti, que produjo cuatro películas de notable éxito para lo que era el cine español de entonces, un niño pequeño que apenas empezaba a balbucear cuatro sonoridades.



No hemos hablado de hombre en la sombra por casualidad. Los vetos comerciales a L’age d’or y Las hurdes no deprimieron el ánimo del cineasta aragonés, quien seguramente estaba convencido que sus obras iban a permanecer, por eso optó no por firmar la tetralogía de Filmófono, bien consciente de su leyenda surrealista. La Guerra le empujó, era donde mejor podía servir a la República, de nuevo a París, concretamente a la embajada española, donde fue una especie de jefe de protocolo por sus contactos. Además de tan peculiar misión también se dedicó a supervisar el pabellón español de la Exposición Universal que la ciudad de la luz organizó en 1937, espacio donde el público pudo contemplar el Guernica entre muchos otros logros de nuestra cultura.



En 1938 Buñuel, ayudado por sus amigos Rafael Sánchez Ventura y Charles Noialles, parte por segunda vez a los Estados Unidos para supervisar para el gobierno republicano dos películas que se iban a rodar sobre la Guerra Civil. Fue un adiós providencial enturbiado a posteriori por Salvador Dalí. La tragedia de los diecisiete años que van de Las hurdes a Los olvidados y la resurrección mexicana son aspectos que sí pueden leerse en el volumen de los diálogos de Max Aub.

La biografía de Gibson tiene la virtud de su ingente documentación, la característica prosa del irlandés, a veces con un cierto aire anquilosado, y el fundamental motor del estímulo, pues a través de su lectura resulta sencillo formular reflexiones que inciden en nuestra época y desde el infortunio de Buñuel vuelan al pesar por lo perdido y la situación cultural actual, donde huele a quimérico que un esfuerzo como el suyo diera sus frutos en esta tierra tan rica y tan pobre, ingrata con sus hijos, reacia a postulados que den vueltas de tuerca cuando es algo que debería llevar gravado en su sangre.