lunes, 9 de diciembre de 2013

Europa en ruinas, textos antologados por H.M. Enzensberger



Europa en ruinas: relatos de testigos oculares de los años 1944 a 1948, por Jordi Corominas i Julián 

H.M. Enzensberger (antólogo), Europa en ruinas: Relatos de testigos oculares de los años 1944 a 1948, Madrid, Capitán Swing, 2013
Traducción de Begoña Llovet 

Siempre recordaré una escena de Germania anno zero de Roberto Rossellini. El silencio que rodea el entorno del edificio de la antigua cancillería del Reich desaparece porque alguien en su interior ha accionado una grabación con la voz de Adolf Hitler. De repente, la paz de la ruina proyecta su temor porque resucita el pasado, enlatado en unas cintas.

Lejos de Berlín, en Nápoles, otra magna película del director italiano nos muestra los bajos fondos de la posguerra. Unos niños de la ciudad partenopea roban sistemáticamente a los soldados americanos. La misma historia aparece en Europa en ruinas, colección de textos compilados en 1990, justo cuando se abría otra era, por H.M. Enzensberger que ahora edita Capitán Swing. La obra aborda mediante testimonios directos de los hechos el período comprendido entre 1944 y 1948, desde la cercanía del final de la Segunda Guerra Mundial hasta la constatación del nacimiento de otro conflicto, frío pero tenso, entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, máximos vencedores del enemigo fascista.



En los últimos tres años el mundo editorial español se ha puesto las pilas a la hora de presentar en nuestro país libros que aborden la apasionante cuestión del Viejo Mundo después del holocausto, los bombardeos aliados y toda la barbarie nazi. Galaxia Gutenberg editó con su habitual solvencia Tierras de sangre de T. Snyder y Continente salvaje, de Keith Lowe. Este último, a la espera de Year zero de Ian Buruma, constituye un estudio insuperable sobre la desolación de unos territorios que vieron sepultado su esplendor entre millones de escombros que dificultaban, luego llegó para algunos el Plan Marshall, la posibilidad de renacer de tanta muerte y ceniza.

Resulta curioso que el tema suscite ahora tanto interés, casi como si nos preparáramos con estas lecturas para entender cómo será el páramo que dejará la crisis. No creo que los tiros del fenómeno inmediata posguerra vayan por ahí, aunque tampoco debemos descartar la opción. Lo que sí tengo claro es que Enzensberger hha seleccionado los documentos, en su mayor parte de escritores y periodistas de gran prestigio, en función de un montaje narrativo y geográfico. 1944 es el año donde los aliados atisbaron la victoria. La acción plasmada en el volumen sucede en dos frentes. En la parte norte, siguiendo la lucha desde el día D, Martha Gellhorn comprueba en Italia la dureza de los combates y la persistencia de unos polacos para volver a pisar su patria. La que en aquel momento era pareja de Hemingway brinda en París escritos que reflejan la euforia posterior a la liberación. No acaecía lo mismo en la holandesa Nimega, donde el miedo a las bombas y el recuerdo de los años de dominio alemán han pasado factura en la población, bien distinta a la Nápoles que retrata Norman Lewis en breves bosquejos donde describe con suma precisión el habitual surrealismo de la capital campana, acentuado en la época por la inmensa miseria que hacía desaparecer hasta tapas de alcantarilla. En esas calles llenas de agujeros improvisados las mujeres intentaban prostituirse para sobrevivir, la comida de calidad era un milagro y los norteamericanos malvivían y se divertían a partes iguales.



En 1945 Lewis abandonará con pesar la urbe que acoge la tumba de Virgilio. Durante ese año fundacional, una especie de nuevo presente para toda la Humanidad, los crónicas centran su mirada en Alemania, donde varias firmas, de Jannet Flanner a Alfred Döblin, circulan por la otrora temida potencia y directamente alucinan con el panorama que se encuentran a su paso. Las ciudades devinieron infinitos desiertos repletos de contradicciones que compartían la bandera de negar el pasado, generar caos ante la anarquía y sufrir por la utopía de plantear un futuro tras algo más que una debacle. Sin embargo, las reflexiones más interesantes de este instante histórico son las de Edmund Wilson, sobre todo porque transita por varios enclaves significativos y de este modo puede compararlos, lo que da al lector una notable visión de conjunto. El encanto inicial de Roma, con sus bellas y flacas mujeres en bicicleta, se desvanece un mes después cuando llega el calor y la realidad cobra otro sentido bien distinto al que se manifiesta en el orden de Londres, el arrojo de los milaneses, la incertidumbre ateniense y lo arcaico de Creta.

Cada singladura del recorrido es un mapa de pobreza, angustia y estupor ante lo insólito que quizá alcanza el paroxismo en Dachau, donde Martha Gellhorn entiende que los ojos ya se han adaptado a una rutina de horror. Sus crónicas son prototípicas de personas que de América han aterrizado en Europa y observan todo desde cierta inocencia que se refleja en una prosa veloz, con mucha velocidad y detalles que surgen porque quien escribe siente la obligación de no olvidar nada de lo contemplado. En cambio los textos europeos son más lentos, pausados y con un conocimiento de causa que deriva en otro tipo de análisis más seco y desapasionado porque la procesión va por dentro. Un claro ejemplo de lo que decimos se hallan en el suizo Max Frisch, autor de Homo faber, y en el deprimente relato alemán del anarquista sueco Stig Dagerman, impecable tanto en su estilo como en el ritmo que da sólo con un itinerario en tren donde las frustraciones individuales son el resumen de una desesperanza compartida.



Este estado de ánimo, como si el cuerpo se hubiese quedado clavado en medio de una pesadilla y fuera incapaz de despertar, se mantendrá en 1947 y 1948. El alimento no abundará y la reconstrucción seguirá su marcha a trancas y barrancas. Lo explica a la perfección John Gunther desde Belgrado, Atenas, Budapest, Praga y Varsovia. En las cinco el aire se ha viciado de Guerra Fría porque la Historia ha decidido confirmar sospechas de desunión entre democracia y comunismo. La tónica del viraje se mezcla con agudas notas sobre el grado de represión en cada ciudad, con lo que uno ya entiende que muchas de las páginas, bien enfocadas en su justo contexto, ya no eran un llanto: habían evolucionado hasta la ideología y el aviso, algo que se olvida parcialmente en Varsovia, la más destruida por los alemanes, admirable en su esfuerzo de crecer de la nada, como todo el Continente, obligado a aprender de sus errores para no repetirlos jamás.