sábado, 7 de diciembre de 2013

Especial Luis Buñuel (y II): Luis Buñuel, novela, de Max Aub



Nombres, confesiones y providencias: Luis Buñuel, novela de Max Aub, por Jordi Corominas i Julián
Max Aub, Luis Buñuel, novela, Cuadernos del Vigía, Granada, 2013
Edición de Carmen Peire
Admiro mucho a todos aquellos valientes que se atreven a reseñar los escasos libros de entrevistas que aparecen en este país. Esta idolatría surge porque considero francamente imposible reseñar diálogos, así como también enseñar a nadie la técnica para charlar con otra persona que debe aportarte información sobre su vida y milagros. Sin embargo encuentro más que necesaria la aparición de una joya como Luis Buñuel, novela, recopilación de las conversaciones del parisino español con el director aragonés en su exilio mexicano, segunda patria compartida, punto de encuentro geográfico de dos mentes muy dispares.

La personalidad de quien hace las preguntas y de quien las responde es un factor clave del volumen editado por Cuadernos del Vigía. Y claro, dirán, que eso es una evidencia, pero normalmente, pese a las ínfulas de algunos, la calidad del entrevistador no encaja con la del entrevistado, que es el protagonista auténtico, agradecido, eso es innegable, si su partenaire ejecuta la justa melodía con precisión y talento. Aub es sincero en sus anotaciones previas a las charlas al mostrarnos una especie de desconfianza inicial para con la producción de Buñuel, como si notara en ella a un ser diametralmente opuesto a sus gustos y estilo, como si presintiera un enfrentamiento incómodo con el león de Calanda, algo que no acaeció pese al contraste de una cierta soberbia, disimulada en falsa modestía, de Aub y la campechanía del director de Viridiana, rotundo desde una aplastante sencillez, sobrio y consciente de su importancia sin ponerse medallas de ningún tipo.



La exuberancia del autor del Espejo de avaricia luce sobremanera en sus textos introductorios y eso es muy de agradecer, porque realmente Aub contextualiza de maravilla y reflexiona sobre España con un enfoque brillante al no errar en sus apreciaciones y presentar un cuadro histórico muy consecuente que parte de una enseñanza básica muy desoída que ama relacionar época y personas porque de este modo el cuadro presentado será más coherente y la mezcla entre lo individual y lo colectivo se difuminará porque todos somos productos del período en que circulamos por este maldito planeta.

Otro punto que influye en el desarrollo es la doble distancia espacio temporal. La primera es decisiva porque los kilómetros que separan México de España ayudan a que las ideas fluyan sin condicionantes, y si fluyen con mayor objetividad es por el tiempo transcurrido, del que no diremos que cancela heridas, no: ayuda a clarificar las experiencias y ponerlas en su sitio, y eso precisamente es lo que hace Buñuel con la ayuda de su interlocutor.



Como ven no hago ninguna disección del contenido. Tuve muchas dudas mientras pensaba cómo abordar este artículo, y reconozco que hasta contemplé la opción de abrir las páginas repletas de conceptos y ocurrencias a la manera de las sorte virgilianae. Pruebo suerte y la frase que leo es magnífica. “Sí, pero poco. Hasta el 27 me parecían una partida de maricones.” Dos preguntas antes el hijo del indiano se sincera y habla de sus lecturas de los años veinte. Cendrars, del que me gustaría traducir al castellano sus versos, y Max Jacob, lo que todos, me encanta eso, entonces leían. ¿Se imaginan?



Al fin y al cabo Buñuel dice eso de todos por sus amigos, no por otra cosa. Sí me he quedado con esas dos referencias es por un motivo muy concreto. Aub de modo indirecto genera entrevistas de tesis, inevitables porque su impronta es típica en alguien habituado al análisis, la disección y a conclusiones. Ello nos conduce a un plan que convierte el conjunto de charlas en un ensayo oculto o una biografía que sólo puede expresarse con plena libertad a partir del formato del manuscrito que, creo, Carmen Peire ha respetado en esta edición de 2013. Esta estructura tendría un hueco, sabría a incompleta si  sólo escucháramos con los ojos a Buñuel. Aub, en otra exhibición de egolatría benéfica, lo sabe y pone toda la carne en el asador. A lo largo de sus intercambios con el protagonista de este especial se nota que ambos están relativamente preocupados por la inminencia de la muerte, y puede que la intuición de la misma sea la que dispara la mirilla del revólver hacia una segunda parte trepidante donde las vanguardias, con la excusa de hablar de padres y padrinos de Buñuel, se asoman al abismo de lo exhaustivo, operadas por un médico muy particular que juzga al siglo XX como el de un nuevo manierismo enmascarado de innovación artística. El amplío lienzo de este magno final es destacable porque de forma muy sutil vislumbramos un lienzo espectacular donde lo español se reinterpreta y Gómez de la Serna irrumpe en escena como motor y matiz de una cultura que ahora mismo sólo lo juzga desde lo gracioso que era, seguramente porque lo rompedor en la actualidad se vende con ropajes efímeros y mucho postureo de mercadillo.



Aub ve en el pontífice de las greguerías a un hombre avanzado, famoso antes que nadie y aceptado en los círculos más modernos del París del primer Novecientos. Su aportación como maestro para determinadas puntas de lanza se ve en cómo el maño quiso que su ópera prima cinematográfica tuviera como guionista al artífice de la tertulia del Pombo. La película debía basarse en la portada de un periódico y de ahí irían saliendo sketches y gags útiles para la distracción del espectador. La colaboración se truncó una vez Buñuel partió a Francia y resolvió que en vez del gran pionero su mejor aliado sería Salvador Dalí, traidor a posteriori y alma que ahora se ha transformado en un tópico infumable que potencia su ridículo y sepulta a una triste basura su genio, que lo tuvo.

El binomio catalán aragonés se reveló trascendental porque, entre otras cosas, al prescindir de Gómez de la Serna el director de Los olvidados entendió que era mejor volar por libre y así superar lo pretérito encarnado por el padre fundador.. El futuro en 1929 eran los surrealistas y el comunismo, y esa dualidad apasiona y mucho a Max Aub quien intuye sin ambages su marca en la piel fílmica del aragonés, quien además mantuvo su romance con ambas coordenadas durante toda su existencia. La ruptura con Breton y compañía vino propiciada por la creencia redentora en la hoz y el martillo, amor ideológico que se mantuvo como mínimo hasta la muerte de Josif Stalin el 5 de marzo de 1953. Para muchos intelectuales del siglo XX el catolicismo fue una obsesión que a nivel religioso tuvo un efectivo reemplazo en el credo de Marx. Así se percibe también en Buñuel, empecinado con cruces y sotanas que empaparon su imaginario. La invasión de imaginería del clero es equiparable, busquen conexiones y las hallarán sin gran dificultad, a la que invade un buen trecho de la filmografía de Federico Fellini. ¿Por qué? Español e italiano, mediterráneos auténticos, padecieron como tantos otros, entre los que me incluyo, la estela de un muerto. Cristo se instaló en nuestro inconsciente colectivo y algunos para sacarlo del cerebro sentimos la acuciante necesidad de meterlo en nuestras creaciones. Expiar no es ningún pecado. Expulsar fantasmas menos aún.

Otra tesela que no debemos apartar es la de la rebelión, bonito vocablo que suele asociarse con demasiada desfachatez y mucha incultura con quemar objetos del mobiliario urbano para conseguir un objetivo político. Pues bien, desde aquí opinamos que la verdadera rebelión se expresa siempre con elegancia, y así lo hizo el protagonista de estas líneas a través de apariciones que él denominaba imágenes visuales. Su cine, lírico porque salía de la mente de un poeta con mayúsculas, aúna belleza y denuncia desde una óptica de una universalidad, las dos esencias que debería tener cualquier obra que quiera ir más allá de su época y permanecer por méritos propios, sin uso ni abuso de tontería, con el criterio de lo inconfundible y el don de lo inimitable, señas de identidad que distinguen lo único de lo convencional.



Terminamos. Las charlas de Aub con Buñuel tienen la ventaja del presentimiento de un otoño. La tranquilidad del entomólogo frustrado, su pachorra en la evolución de sus encuentros con el gran interrogador, es un magnífico engaño que usa para disminuir la importancia de su singladura y lo imprevisto de la misma, destinada a una injusta condena de silencio durante años hasta que México brindó una segunda ocasión que aprovechó al instante. Esta fortuna con su gloria selecta en la madurez fue una bendición que le aportó la paz de quien al fin podía hacer lo que se le antojara, y eso se transmite en las entrevistas con una calma activa, de guerrero que si quiere puede reposar y cavilar sobre su legado bien a sabiendas del mismo. Las seiscientas páginas que acabo de devorar son la confesión del mejor ateo, un testamento que no debe caer en la complacencia habitual y debe ser leído porque en su interior atesora lecciones dictadas sin pretensiones desde la naturalidad de quien respira arte y lo expulsa al exterior para dar hálito a los demás.


PS: A veces las mentiras son más sinceras que ninguna otra cosa. 

1 comentario:

Xavier Bermúdez dijo...

He iniciado en Petición Pública una recogida de firmas para exigir que recompongan la integridad de "El ángel exterminador" que se está exhibiendo en Canal Plus con un corte.
Si te interesa firma y difunde.
Gracias y salud.
Xavier Bermúdez

http://www.peticionpublica.es/pview.aspx?pi=ES71995