jueves, 19 de febrero de 2009

Arto Paasilina en Calidoscopio







El absurdo de lo real desde lo marginado

Por Jordi Corominas i Julián


Nunca visité Noruega e ignoro si las nocheviejas en Suecia son frías. Quizá tendría que comprar un billete para Finlandia y comprobar si la excentricidad hilarante de los personajes de Arto Paasilinna es real o un mero e ingenioso artefacto literario.
Antes de adquirir las novelas del escandinavo el lector debe tener presente que son textos escritos en la década los ochenta que, por obra y gracia de Jorge Herralde, aparecen en el mercado español a lo largo de la primera década del siglo XXI. Este aviso para navegantes no tiene mayor importancia. Es una simple advertencia de contexto para quien no tenga conciencia de la Guerra Fría ni de las virtudes del Estado del Bienestar en el norte de Europa.
No parece que la excesiva atención al ciudadano provoque efectos solidarios. Los protagonistas de Paasilinna son marginados sociales, hombres con un rumbo definido imposibilitado por las dinámicas de la mayoría. En El bosque de los zorros un criminal inteligente y avaricioso se une a un coronel borrachín; su aislamiento, su búsqueda de la felicidad prescindiendo de los demás, se materializa en una casa aislada en medio del bosque, remanso natural donde asimismo se esconde el molinero aullador, hombre entristecido que por las noches imita el sonido lobezno para ahuyentar fantasmas interiores. Pese a sus actividades para la comunidad, el pueblo no le perdona sus excentricidades y lo destierra a un psiquiátrico donde escapará, curiosa coincidencia, gracias a la acción de un listo que vive recluido entre locos para poder seguir desarrollando su actividad inmobiliaria. En Delicioso suicidio en grupo otro coronel y un hombre en plena bancarrota vital y económica coinciden en el mismo lugar. Ambos quieren acabar con su propia existencia. La unión hace la fuerza, por lo que organizarán una asociación de suicidas que culminará con un Magical mistery tour a la búsqueda de una conclusión estruendosa, que no deje indiferente a nadie: los planes nunca se ajustan a lo pensado. Se lo podrían preguntar a los delincuentes que ansían asesinar a la adorable ancianita de La dulce envenenadora. La pobre mujer vive en paz en su hogar alejado del mundanal ruido, pero tiene que lidiar, por culpa de su bondad, con un sobrino degenerado que sólo quiere dinero, alcohol y comida para divertirse con un par de sinvergüenzas que le acompañan en sus tremebundas correrías sin sentido.

Todos estos personajes parten del mismo punto: son apestados de la normalidad a la que pertenecen. El camino prosigue, siempre con un encuentro que alivie su soledad. Los sedentarios del bosque de los lobos son los únicos que acabarán compartiendo morada con otra alienada social de excepción: una nonagenaria expulsada de su paraíso por funcionarios y periodistas desquiciados en su intento de llevarla a un geriátrico que demuestre la eficacia de las instituciones locales. La compañía normal, si así podemos definirla, serán dos prostitutas suecas que aliviarán sus calenturas y recibirán instrucción femenina por parte de la abuelita. En El molinero aullador, el contrapunto, el equilibrio entre anómalo y normal, será una hermosa funcionaria que ayuda a plantar huertos, mientras que en Delicioso suicidio en grupo lo conformista, lo usual, desaparecerá por la aventura de esa extraña amalgama de personalidades con tendencias autodestructivas, hombres en nada comparables al antiguo amante y doctor que acoge a la dulce envenenadora en Helsinki.


Una vez ubicados en el típico esquema de dramatis personae, conviene adentrarnos en las características especiales de las novelas del autor finlandés. Paasilinna no ve con buenos ojos el mundo en que vive. La mayoría de seres son víctimas del alcohol, las drogas o enfermedades venéreas. ¿Cómo lo ilustra? Con el delirio, con el absurdo que muchos se niegan a ver en las pequeñas efemérides de la cotidianidad. Un análisis simple llegaría a la conclusión que las dosis de surrealismo son una excusa más para hacernos reír. No conviene ser tan banales. La risa es sólo la consecuencia de lo enrevesado de las situaciones, de un punto de vista delirante y veloz que acciona partículas impensables. El ostracismo conlleva fuerza de superación, y en este sentido los personajes son casi héroes griegos que reaccionan ante la adversidad dando lo mejor de si mismos, y no importa demasiado si ello implica matar jovencitos, saquear poblaciones, suicidarse por inercia o ajustar cuentas mediante trampillas para animales del bosque.

Las situaciones que hallamos son inusuales sin una pizca de irrealidad. La amenaza en las vidas de esos seres está presente en todo momento al ser su verdadero deseo el de reintegrarse en el mundo de los vivos. Los protagonistas son conscientes de sus rarezas, sólo piden una oportunidad para vivir en esa órbita de aburrida homogeneidad, quizá para demostrar a los demás que no es nada descabellado vivir con inusitados dones humanos que, por fuerza de ley comunitaria, les obligan a abandonar el orden para adentrarse en un más allá terrenal donde crearán su propio universo en pos de una imposible redención.
Sus acciones piden comprensión. Son personas que median para ser aceptadas. Salvo en el caso del delincuente de El bosque de los zorros, un egoísta crónico que no quiere perder la fortuna de un botín lingotero, la voluntad de integrarse es notoria. El molinero pide amparo y encuentra oídos sordos e injusticia, los suicidas organizan en un conocido restaurante una comida en que se les va de las manos y la viejecita habla con sus maltratadores sin intención de causarles muerte. Cuando esos alaridos de talante caigan por el peso de la sordera colectiva, la alarma saltará y el absurdo tomará el poder para gloria del narrador, divertido con su creación, emocionado por deparar un sinfín de disparates que avanzan y adquieren sentido al estar enmarcados en un contexto auténtico donde puede suceder cualquier cosa. Es como cuando paseamos por la calle y vemos a seres como nosotros con pequeñas señas de identidad no convencionales. Nunca nos fijamos, por la velocidad del tiempo, en esos pantalones demasiado altos, en esa cara deformada o en gestos obsesivos que no llevan a ninguna parte. Si observan más los verán, y si leen a Paasilinna quizá entiendan que lo que consideramos surrealismo no es más que una visión de exceso de realidad que todos podemos vivir si abrimos más los ojos y buscamos las evidentes carencias que nuestra moribunda sociedad del consumo impone por decreto invisible de agotamiento, desquicio y desprotección de la Humanidad en mayúsculas, problemas ilustrados por un escritor de esquema repetitivo que con su supuesta originalidad puede despertar sonámbulos hacia la luz de la minucia significante.


http://www.panfletocalidoscopio.com/2009/02Febrero/Letras02.html