martes, 17 de febrero de 2009

Dos visiones de la muerte, un mismo actor: Johnny Depp/London en Calidoscopio









Por Jordi Corominas i Julián


La fama del Londres victoriano en relación a los crímenes acaecidos en su superficie no deja de ser una consecuencia de su capitalidad mundial. No tendría que extrañarnos que dentro de pocas décadas Shangai sea un nuevo centro del museo de los horrores. En el siglo XIX Inglaterra llevaba la batuta del mundo civilizado. Su cultura, con permiso de los florecientes Estados Unidos del ferrocarril y el salvaje Oeste, era admirada por su ingenio, capacidad militar y practicidad en sus decisiones políticas. Sin embargo, un grito amargo atenazaba la salud de la pérfida Albión: la pobreza se expandía y poco o nada se hacía para evitarlo.
A lo largo de finales del ochocientos varios fueron los pensadores que reclamaron una mayor justicia social para los habitantes del East End londinense, seres humanos convertidos en animales prisioneros de limitadas pocilgas malolientes. Según George Bernard Shaw, el mayor benefactor de las clases bajas fue Jack el destripador. Sus cinco homicidios de Whitechapel sembraron el pánico social en 1888. La creciente influencia de los medios de comunicación hizo el resto. El primer gran suceso mediático, inaugurador del siglo XX avant la lettre, permitió que se tomaran medidas para erradicar la pobreza y convertir una zona deprimida y lúgubre en un lugar habitable para el género humano sin alterar estructuras arquitectónicas, que hasta hoy en día permanecen intactas pese a su vecindad con la moderna y babilónica city.

En ese Londres de miedo y asco los ricos creían tener la capacidad de tratar a los pobres como objetos. La lujuria de capitalismo, el amor a la propiedad privada, les asemejaba a sus hermanos del otro lado del Atlántico a partir del desprecio a toda condición desfavorecida. No existía diferencia alguna entre esclavos algodoneros y obreros de alquiler. No creemos que en Fleet Street, cerca de la Catedral de Saint Paul, existiera un barbero satánico como Sweeney Todd, pero su historia pudo producirse perfectamente. El personaje creado por Stephen Sondheim era un hombre de talento, feliz con su mujer y una hija que despertaba admiración a su paso. Un buen día, su suerte se torció. La avaricia del rico lo desposeyó de su familia para catapultarlo a las mazmorras de la desesperación donde, con la paciencia de quien busca un afeitado perfecto, esperó el momento de su salida para vengarse, purgar penas con sangre y alimentar a la plebe con pasteles de carne, humana.
Johnny Depp tiene una ambivalencia involuntaria. Sus fotos llenan las carpetas de adolescentes de medio mundo. Es el bello tenebroso de su generación, rol que en los inicios de una carrera actoral supone un desafío en toda regla, un estigma a superar capaz de derrotar a muchos intérpretes. Quien sobrevive a ser demasiado guapo e impone su bravura suele tener un sitio en el panteón del celuloide. Las apuestas de Depp suelen ser arriesgadas. Sus papeles nos enseñan los matices de un hombre que se sumerge en personajes de todo tipo con una solvencia inaudita.

En 2001, los hermanos Hugues decidieron adaptar para el cine From hell de Alan Moore, inigualable cómic en blanco y negro donde los crímenes de Whitechapel alcanzan otro estado narrativo que combina lo didáctico con la espectacularidad de la trama. El elegido para el papel protagonista fue Johnny Depp.
El inspector Abberline de Scotland Yard lucha contra lo nunca visto: un asesino con método quirúrgico que actúa siempre de madrugada y atenta sólo contra prostitutas, presas asequibles por su afición al alcohol y el riesgo que implica salir de noche para hacer la calle. Abberline es un hombre joven saturado por su función en el gran tablero. Fuma opio, se mueve sin freno y alberga sospechas razonables en relación a figuras de renombre. ¿Cómo sino los cortes en los cuerpos de las mujeres son tan perfectos? Sólo alguien con pericia médica podría realizarlos, alguien con suficiente dinero cómo para burlarse de la policía tentando a sus víctimas con un racimo de uvas, producto que a finales del siglo pasado –¡perdón, del anterior!– era símbolo de riqueza.
Abberline entabla contacto con una joven que frecuenta el Ten Bells, bar donde se reúnen las meretrices. Mary Jane Kelly es irlandesa y sueña con volver a su país. La historia canónica la tiene como la última descuartizada del anónimo psicópata. Su amistad con el encargado de resolver el misterio le proporcionará el alivio de la salvación en una arcadia verde y aislada de la barbarie urbana.
Al igual que From hell, Sweeney Todd de Tim Burton (2007) destaca por su saturada paleta cromática. En ambos casos el expresionismo mortuorio es la solución para que el crimen sea ligero. El jugo de tomate salpica la cámara y aspira a crear terror. Que Depp escogiera interpretar al barbero de Fleet Street no tiene que sorprender a nadie. Se conoce y se admira su colaboración con Burton, que quizá dio mejores frutos en Charlie y la fábrica de chocolate, donde el intérprete de Piratas del Caribe regala al público un crisol gestual difícilmente superable por cualquier otro actor. Ello seguramente tiene que atribuirse a un talento natural y a la capacidad, véase el legendario caso de Mastroianni con Fellini, del director de lograr que su actor fetiche se supere y de lo mejor casi sin darse cuenta. En Sweeney Todd el reto era de envergadura. Depp cumple con su cometido corporal. Sus movimientos y gestos son precisos. lo que unido al grisáceo maquillaje de su rostro, permite incrementar la tensión repetitiva de la navaja rebanando cuellos. Su defecto, motivación añadida para participar en el filme, es su poca capacidad cantora. La voz del americano fluye monótona, como una caja de pandora desprovista de esperanza. Este error tiene que atribuirse a Burton, quien decidió no alterar la magnífica obra teatral de Sondheim. Su capacidad de romper con las reglas tendría que haberle impulsado hacia un largometraje de suspense sin canciones, una crónica negra con todas las de la ley, con tensión basada en los colores y la efectividad del montaje. Su musicalidad arruina una historia perfecta, crónica social con fantasía que refleja el tópico de la venganza como un plato que tiene que servirse muy frío. Si esa condición no se cumple, algunos últimos suspiros pueden ser una segunda condena.

Lo significativo de estas dos obras menores que destacan por sus características estéticas es la presencia de Johnny Depp interpretando dos roles pertenecientes a un mismo contexto social. No importa que en From hell haga de inspector. Su actitud es de rabia contra la injusticia que sufren los pobres, por eso quiere resolver el caso y ayudar a Mary Jane Kelly, para que la gente sin recursos tenga una oportunidad bajo otro sol sin tanta niebla. Su actuación en Sweeney Todd es la otra cara de la misma moneda. Desde mi punto de vista, Depp acepta interpretar a un asesino al empatizar con su desdicha. En ambos casos los personajes nutren un odio profundo contra los ricos y simpatizan con los menos favorecidos. Las circunstancias serán diferentes, pero el objetivo es el mismo: lograr que the bitter cry of the outcast London sea un lejano espejismo. La capital del Reino Unido y su atmósfera turbulenta son la excusa para plantear problemáticas que, desde otra perspectiva, mantienen vigencia en nuestra época de neocapitalismo salvaje, donde las periferias y lo trágico siguen instaladas en las desigualdades que producen aquellos con dinero a mansalva. Quién sabe si dentro de cincuenta años un nuevo guapo con gracia interpretativa haga de Madoff o de un futuro revolucionario que altere el orden establecido. Vamos al cine a comer palomitas y a divertirnos, pero nunca tenemos que olvidar que las películas esconden, aunque no siempre, en su textura intenciones filosófico-sociales válidas para reflexionar sobre un mundo podrido. Si un actor repite escenario y época bajo coordenadas parecidas sospechen. Quiere transmitirles. Escúchenle y aprenderán.


http://www.panfletocalidoscopio.com/2009/02Febrero/Cine01.html





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