jueves, 20 de agosto de 2009

El rey de las dos Sicilias en Revista de Letras



Visiones centroeuropeas (I): “El rey de las Dos Sicilias”, de Andrzej Kusniewicz
Por Jordi Corominas i Julián | Crítica | 17.08.09



Lo podía haber hecho cualquiera, y también podía no haber tenido lugar nunca, en esta única y concreta forma y en esta concentración de los acontecimientos aparentemente fútiles. Y a pesar de esto, de alguna manera es importante o quizás incluso necesario, ya que da testimonio de algo, de su particularidad absoluta.

El 28 de junio de 1914 murió el Archiduque Francisco Fernando y se llevó a la tumba el siglo XIX largo, aquel nacido con las luces de la toma de la Bastilla. El atentado de Sarajevo fue la chispa que prendió la mecha idónea para encender los fuegos de la Primera Guerra Mundial, conflicto que acechaba al Viejo Mundo hasta que concretó su rostro, suicida, cadavérico e inaugurador de brutales metamorfosis.

Citaremos a Pavese, vendrá la muerte y tendrá tus ojos, podremos mencionar mil emblemas, pero la conciencia del fin expresada en la bomba de Gavrilo Princip soterró un brillante malestar que dio a nuestro continente joyas bañadas en oro Austrohúngaro, águila bicéfala que desde su decadencia brindó esplendores inauditos, legados revolucionarios engendrados en salones, cafés y una Viena que en esas horas intuyó el trágico desenlace de una utopía de naciones, babeles y glorias culturales nunca más reeditadas. Nos queda el recuerdo y las creaciones de hombres ilustres. Zweig, Wittgenstein, Schonberg, Hofmannsthal, Rilke, Roth, Musil, Schnitzler, Freud, Kafka, Mahler, Klimt y un largo etcétera capaz de llenar páginas y páginas de asombro. Ellos y la cripta de los capuchinos, símbolo del tiempo pasado que no volvería.

El atentado mañanero avisó y en 1970 se convirtió en el perfecto ardid para que Andrezj Kusniewicz, literato a la altura de los más grandes, bordara una novela basada en la simultaneidad, la nostalgia y una amarga sensación de adiós y condena. Sin embargo, El rey de las Dos Sicilias se centra en un acontecimiento ficticio acaecido justo un mes más tarde de la acta de defunción: El asesinato de la joven cíngara Marika Huban en una mísera balsa de Fehértemplom, ciudad donde, a la espera de la suprema movilización general, se aloja el 12 regimiento de Ulanos Sicilianos, cuerpo pretérito que remite a cuando el Imperio, del que tanto se mofó Berlanga, aún amplias posesiones en la Península itálica. En 1914 quedaba el mágico Trieste. Las tornas han cambiado y uno de los hombres que espera el primer cañonazo es un joven de buena familia, Emil R., aspirante a poeta, mente perversa que bebe los vientos por su hermana Elizabeth. Emil fue concebido casi por error, por un calentón de su padre, quien después de excitarse con una camarera engendró un nuevo vástago en la misma habitación de hotel donde en 1913 se suicidaría, sospechoso de espionaje, Alfred Redl. Las casualidades no existen. Emil tiene unas cartas malas, marcadas en una mesa donde el novelista ejerce un poder voraz que hipnotiza al lector con un ritmo que pocos libros poseen.


El escritor polaco no escatima en recursos. Cualquier palabra o acción tiene relación con otra. Médicos y cervezas. Antes de entrar en la trama propiamente dicha la primera parte de la obra explica, y tiene su importancia, la historia del 12 regimiento de Ulanos, su olor a derrota desde la batalla de Solferino y la putrefacción de réquiem que inspira el conjunto. Asimismo, Kusniewicz nos ilustra con decálogos y cambios del período previo a los acontecimientos narrados, como si sus explicaciones sirvieran para entender que el derrumbe merece ser tratado con lentitud para propiciar una mejor explosión. Los flashbacks y los saltos de un escenario a otro convierten la lectura en una experiencia total, enciclopedia absoluta del alma centroeuropea con un protagonista importante pero insignificante, pues sólo es el cebo que sirve para pescar razones y hábitos del abismo.

¿Cuáles son?

Se pueden palpar en la calle, tocar en luces y sombras normales que llevan a voces públicas y privadas. La familia como primera piedra de toque, con la moderación y savoir faire que derivaban en una trastienda sucia, de aire pútrido viciado al no limpiar las habitaciones mentales. Quizá por eso surgió Freud, porque la religión, segundo aspecto característico en esa Austria inmortal, no servia para calmar los tormentos incapaces de someter costumbres arraigadas y absurdas. ¿El sexo? Sí. Sexo como pulsión de muerte, sexo como fin de fiesta en un burdel reservado a los más altos grados marciales, ilustre y triste, por perdedor, estandarte de un país que contemplaba a sus militares desde el balcón o se integraba a las armas con la sensación de cumplir con un soberano deber. También podríamos mencionar la poesía y la cultura, vías de escape insuficientes cuando la mente se halla prisionera de un magma compacto regido por la misma persona desde 1848, Francisco José y su eterno reinado, áurea y lúgubre corona, evidentemente, lo reiteramos, bicéfala.

Pero el protagonista es Emil y la jornada de la explosión. 28 de junio de 1914. El narrador entiende que para llegar a un punto hay que pararse en varias estaciones para obtener coherencia. Por eso los retales de la existencia de Emil, en tercera persona y en su diario personal, exprimen las causas de la consecuencia, la ácida espada que clava poco a poco su punta para perjudicar al hombre que la empuña, un joven que, por gracia novelística, se erige en estilete de un punto y final previo a la contienda que sellará la tumba austrohúngara y mitificará su grandeza.


Este hombre tiene, como es comprensible, amigos en el regimiento, seres humanos variopintos con caminos simbólicos que han ido a converger en esa ciudad de nombre impronunciable que condensa en su interior la entera representación de un mundo. Estos individuos hablan y en sus palabras brota una insana nostalgia cargada de sabiduría y reflexiones poéticas aunque veraces, como cuando comentan, a raíz del asesinato que hila el relato, la trascendencia de algunas memorias vitales en apariencia insignificantes. Un perro rodeado de moscas en un campo de maíz. El hotel Adrianopol de Crimen y castigo. Dostoievski y Nietzche para enmarcar el hedor irrespirable, la espina clavada imposible de arrancar.

También hay un comisario que tiene que representar poder y acatar sus órdenes. Surge nuevamente la doble moral, la necesidad contra la razón de Estado, la luz contra las tinieblas. La investigación de un crimen es propia del género negro. Aún así algunos textos superan las convenciones y vuelan más allá al ser capaces de liquidar lo banal y convertirlo en sustancia transversal, pluralidad narrativa que se convierte en fresco capaz de englobar en sus páginas todo el declinar de una época. Pobre bella gitana. Pobre y hermoso Imperio. Sacerdotes y rufianes entre rejas. Soldados en libertad.

Será entonces cuando Emil R. dirá en voz alta lo que ya ha pensado muchas veces: que ellos dos, subtenientes de la reserva arrojados aquí por un curioso azar, arrancados de la vida normal, participan de manera pasiva en un acontecimiento sumamente importante; que, a pesar de las apariencias, no es el estallido de la Guerra con Serbia, ni siquiera una al parecer inminente guerra con Rusia, ni tal vez una guerra mundial, ya que Francia, seguramente Inglaterra, y quizá Italia…no se trata de eso, existe un problema mucho más importante: y es que, aquí, en esta pequeña estación de Banar, son testigos del fin del siglo XIX.

Cuando los oficiales suban al vagón que reduce su destino al de marionetas teledirigidas por superiores, la melodía sinfónica concluirá en un doble sentido, histórico y literario. Guardaremos el libro en la estantería, escribiremos esta crítica y la cerraremos con dos vocablos que usamos escasamente, sólo en ocasiones especiales. Obra maestra.

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