viernes, 14 de agosto de 2009

Nocturnidad con conciencia interior en Panfleto Calidoscopio


Control de Anton Corbijn



Por Jordi Corominas i Julián



Aquiles decidió morir joven y su decisión engrandeció la historia. La semilla dejada por el peleo fue seguida por Alejandro Magno y la posteridad se sintió gozosa. La muerte podía ser vencida mediante una vida más allá de la propia existencia, fenómeno que, como es comprensible, cobró vigor cuando en nuestra era el rock and roll decidió cobrarse sus primeras víctimas, nombres ilustres que cosecharon una justa fama mientras respiraban, fama engrandecida el día después del último suspiro.
Entre ellos, en ese imaginario panteón de almas que dejaron inconcluso parte de su talento por querer arañar años al reloj, se encuentra Ian Curtis, líder de Joy Division, grupo referencial que mientras existió, entre 1976 y 1980, tuvo su momento de gloria al reunir a 1200 personas en un concierto. La soga y el éxito. Veintitrés primaveras, futuro truncado, estrellato estrellado de la maravilla rebelde en Manchester, ciudad musical que Michael Winterbottom trató en su solvente 24 hour party people (2003); el director británico ha demostrado ser capaz de tratar cualquier tema que se le antoje, lo que es bueno y malo al mismo tiempo, pues su cocina abarca muchos platos que quizá no reciben el punto justo de cocción propio de quien conoce los ingredientes de primera mano, como sucede con Anton Corbijn, una de esas voces minoritarias, al menos para el gran público, que con su influencia han creado parte de la historia visual de la música. Director de videoclips y fotógrafo, su obra suele destacar, aunque hay notables excepciones como Hearth shaped box de Nirvana, por un blanco y negro transmisor de cotidianidad, muy alejado de los cánones del glamour y la exhuberancia, estética que impregna la textura de Control (2007), biopic centrado en la contradictoria figura de Ian Curtis, figura rompedora desde una noche interior.

La clave radica en el control. Tiene muchas formas y evoluciona. Al principio del metraje vemos al adolescente rebelde, encerrado en sus cuatro muros de vinilos, carteles y cigarrillos. Su celda dorada no le abandonará y sirve como metáfora de una mentalidad condenada por su propia brillantez precoz, velocidad automovilística con conexiones cerebrales más que aceleradas. La primera muestra es el botón del amor, donde Deborah será siempre amada con un punto de lejanía por la diferencia de personalidades. Los clubes tienen normas. Curtis fuma, ella no. Nunca serás de mi banda dice él. No me interesa, responde ella. Verdades y mentiras sin contradicción, caminar vital de pequeños detalles que no se perciben hasta que es demasiado tarde y la reflexión ocupa el espacio.
El blanco y negro del filme, que casi arruina a su entregado realizador, aporta la dosis necesaria de serenidad en las cartas de un destino marcado. Curtis circula en el sitio justo en el momento justo. Las cosas le llegan sin buscarlas. Los hados regalan mientras esperan su turno para saldarse deudas invisibles. El ritmo narrativo es pausado, y no es una renuncia de quien sabe imprimir cortes vertiginosos a la imagen, sino un recurso hacia la normalidad tal cual es, con aterradoras coincidencias hacia la conciencia del yo y sus circunstancias.
Sorprende ver precipitación alternada con actos maduros. Curtis se pone por vez primera la cuerda fatal al casarse siendo poco más que un adulto, quiere adquirir responsabilidades y trabaja en la oficina de empleo, donde la epilepsia le avisará mediante una clienta y sus espasmos, moneda que compartirá, aprovechándola para causar furor entre sus seguidores, hipnotizados e ignorantes, pues en ocasiones el líder de Joy Division sufrió fuertes ataques en el escenario. El amor y la enfermedad son control. Crear una familia significa seguir unos parámetros, normas escritas de lo correcto, montaña rusa de compromisos y responsabilidades. La epilepsia del cantante será otra cruz con reminiscencias pasados e inocentes juegos adolescentes con pastillas para comprobar su efecto. Del descubrimiento al sufrimiento en un abrir y cerrar de ojos.

Y el silencio.
Porque por mucho que todos pensemos en la banda sonora de nuestras vidas, la mayoría de nuestra cronología transcurre sin sonidos importantes. Sí lector, la ciudad es la imposibilidad de mutismo, pero piensa un poco en tu existencia. Muchas risas, muchas canciones, buenas charlas y orgasmos chillones. Eso son fragmentos del mapa. Dormir, reflexionar, trabajar… horas centrales que se gastan sin palabras, refugiadas en nuestra mente empeñada en resolver cualquier tipo de problema. Curtis padeció el síndrome del héroe incomprendido, agasajado por el típico grupo de adláteres que más que ayudar precipitan el ídolo hacia el abismo, de ahí la constante soledad del corredor de fondo con la libreta en su hogar y la cerveza en el bar, de ahí negaciones y culpabilidades por no satisfacer ansias ajenas en conciertos, de ahí, ante la madurez de quien crece y sabe observar su hábitat, la búsqueda de una nueva mujer que sea apoyo y descarga para remediar males de la rutina que allana el camino de la comprensión del error. Nadie es perfecto. Los dechados de virtudes sólo existen en las necrológicas. Ian Curtis tenía defectos fruto de lo prematuro, si bien en lo básico acertaba e intuía con precisión helvética.

¿Te acostarías con otros hombres?
Esa sinceridad herética para hacerle comprender a su mujer que ya no la desea es un pequeño tratado de filosofía con toques insensibles. La honestidad es mala educación cuando alcanza el ámbito público; en privado es ausencia de rodeos que mide el peso justo de la balanza psíquica. Curtis era término medio y desmesura, equilibrio enfrentado al magma irracional de quien no vive en la unidad y es incapaz de resolver dualidades. ¿Anillos de compromiso o amantes? ¿Estabilidad o revolución? Lo mejor de Control es su poder de cautivar sin billetes de glorificación. Un hombre convive con un mal curable con efectos secundarios. Las píldoras provocan sarpullidos y somnolencia, precisamente lo que no necesitaba el compositor de Love will tear us apart, ser lumínico con oscuridad melódica y conducta nocturna por su profundo aislamiento. El drama del barítono de Macclesfield fue ser demasiado inteligente y darse cuenta de su incapacidad de controlar la espiral, por eso Corbijn no usa, ni abusa, en ningún momento de tomas espectaculares ni efectos resultones, predominan planos abiertos con la cámara erigiéndose en fiel acompañante que permite al espectador ser partícipe de la tortura de quien no pudo seguir su propio tren y decidió tirar la toalla para no alargar su agonía.
¿Es todo inútil al final?
Muchos suicidios históricos han sido el resultado de una coherencia más que encomiable. Los romanos consideraban que era la liberación de un sufrimiento insoportable. Curtis fue por esa vía. Su plenitud caía, descabalgada por el mal que le corroía. Ulises volvió al hogar por Penélope, Curtis regresó y quiso estar solo, sin Debbie. Werner Herzog. Cartas de ajuste. Malestar, cocina, una nota. «En este momento quisiera estar muerto. No aguanto más». Una cuerda y un nudo. Punto y final. El grito siempre es de quien contempla el cadáver, lo inerte.


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