jueves, 27 de agosto de 2009

Las mujeres desde el prisma Austrohúngaro en Revista de Letras


Un hotel en la frontera austroitaliana. Un hotel en la Riviera. 1920. 1904. Dos mujeres y el padecer. Dos autores y su búsqueda en pos de la introspección psicológica. Arthur Schnitzler. Stefan Zweig. La señorita Else. Veinticuatro horas en la vida de una mujer.

Ambas novelas versan sobre el universo mental femenino. Las he acomunado por sus similitudes, pero sobretodo por sus diferencias, que asimismo demuestran dos maneras de entender la literatura justo cuando nuestra musa se decidía a navegar por aguas ignotas con caudales repletos de progreso, estudio y metamorfosis.

Arthur Schnitzler cerró el siglo XX en gran forma, algo insólito para un hombre que murió en 1931. La culpa no fue del cha cha cha sino de Stanley Kubrick, quien concluyó su magna trayectoria fílmica en 1999 con Eyes wide shut, adaptación de Relato soñado, una de las obras cumbre del vienés querido por Sigmund Freud. No nos ha de extrañar tal estima. Schnitzler ejerció en su juventud de ayudante de un médico psiquiatra, lo que le sirvió de gran ayuda cuando decidió abandonar la medicina y dedicarse por entero a la literatura, como demostró en 1900 con El teniente Gustl, uno de los primeros monólogos interiores donde el flujo de conciencia resulta creíble por ritmo narrativo y elección de los vocablos, que ilustran el tormento de un hombre abocado a un duelo de honor por una discusión banal al salir de un concierto. El autor de El regreso de Casanova perfeccionó su técnica y quizá alcanzó la cima en 1924 cuando publicó La señorita Else. La protagonista es una joven de diecinueve años perteneciente a la alta sociedad vienesa. Se encuentra de vacaciones en un hotel con parte de la flor y nata europea, ricos ociosos que matan su tiempo jugando al tenis mientras esperan la noche con sus cenas y conciertos. El inicio de la novela exhibe una chica despreocupada y frívola que sólo piensa en cómo disfrutar las recientes novedades. ¿Le gustaré a ese chico? ¿Cómo será el hachís? ¿Se fuma o se toma? ¿Qué hago con el veronal? Lo sabrá más tarde. El divertido tedio, da la sensación que todos se aburren una barbaridad, da paso al gran problema que vertebra la trama. Recibe una carta. Duda y termina abriéndola. La situación económica de la familia está al borde del caos. Su padre, un brillante abogado vienés, desfalcó dinero a menores para especular en bolsa; necesita treinta mil florines para eludir la cárcel. Ipso facto. No hay ningún familiar dispuesto a pagarlos. Ella tiene la llave de la salvación; puede lograr la cantidad si habla con el señor Von Dordsday, casualmente de vacaciones en su mismo hotel. Después de dar mil vueltas al asunto Else decide contactar con el caballero. El monólogo interior adquiere un ritmo nervioso. Frases cortas. Tensión. Disparates. Una propuesta. Te daré lo que me pides si te desnudas, eres bella, sólo quiero verte sin ropa.

Este punto de ruptura lo es en sentido absoluto para la mente ingenua, Venus contemporánea de alta alcurnia que tiene en su mano solventar el entuerto paterno. El monólogo interior adquiere un ritmo acelerado donde salen a relucir inseguridades y prejuicios que ahora nos parecen ridículos, no por el dinero, sino por la situación. ¿Es grosero desnudarse? ¿Qué dirían? ¿No pareceré una prostituta? El desconocimiento vital acecha y el cerebro se vuelve una noria sin freno. En 1962 Luchino Visconti jugó con este relato y otro de Guy de Maupassant para filmar Il lavoro, donde Romy Schneider termina haciéndose pagar por su marido, conde fanático empedernido del sexo de pago. En el caso que nos concierne la intención del viejo amigo del padre es erótica, aunque la chica lo ve como una especie de violación que activa sus fantasías hasta generar un torbellino colectivo que sirve para verter la horrible sarta de sandeces de los jerifaltes sin educación que veranean con la protagonista, víctima desamparada de una educación nula que la aboca al ridículo por sentir que su pacto con Von Dordsday es indigno y supera la decencia permitida. Bastaría bajar a los sótanos de los barrios nobles de nuestras ciudades para observar cosas peores, si bien 1920 no tenia la textura de nuestros días.

Si Schnitzler ahonda con maestría en lo psicológico, Zweig lo intenta y yerra el tiro por su propio estilo. Veinticuatro horas en la vida de una mujer es una novela basada en una anécdota útil para discernir sobre la condición humana. Al grano. En un hotel de la Riviera llega un joven apuesto, uno de esos seres que con su sola presencia llenan el espacio por carisma y belleza. Al cabo de pocos días, el apuesto galán desaparece con Henriette, una respetable mujer casada. Se abre un debate sobre si es posible que tan escaso lapso de tiempo haya producido un flechazo. La mayoría sospecha que los fugados se conocían con anterioridad. Todos critican lo ocurrido, salvo el narrador y una anciana dama inglesa. Ambos coinciden en las jornadas posteriores y cuando surge la charla comentan lo ocurrido hasta que ella decide mandarle una carta porque desea confesarle un evento del pasado. Es la historia de veinticuatro horas que marcaron su existencia para siempre, veinticuatro horas veinticinco años atrás. 1879 en Montecarlo, cuando aún no existían automóviles y en los casinos se reunía lo más selecto de la nobleza del Viejo Mundo en su oasis lúdico.

Hay algo de cinematográfico en la prosa de Zweig a partir de su despliegue narrativo para describir lo físico. Las manos del jugador polaco afincado en Viena captan la atención de la súbdita británica, quien aprendió a leer los gestos masculinos gracias a su difunto marido, por el que aún guarda luto. Nunca antes había observado una gestualidad similar. El joven pierde todo en la ruleta y sale del hotel. Ella decide seguir su estela y evitar un más que predecible suicidio. Cuando finalmente hablan él la toma por una meretriz de poca monta. Desvanecida la confusión llega la hora del secretismo. Pasan la noche juntos y el lector sólo sabe que a la mañana siguiente dos cuerpos yacen en la misma cama, vivos. Quedan doce horas donde el diálogo y algunos escenarios simbólicos, la iglesia donde el hombre se arrepiente de sus pecados, que no harán sino alargar el suspense antes del golpe final entre ayudas desinteresadas, amores breves, estaciones de trenes y la posibilidad de reincidir en el vicio, pues el futuro diplomático llegó al principado monegasco después de dilapidar parte de los bienes familiares en carreras de caballos, dominó y otros juegos demasiado adictivos para su mente necesitada de emociones fuertes.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer bebe de un dramatismo excesivo que parte con buenas intenciones narrativas. La ambientación y el efecto que genera la carta auspician una continuación trepidante que sólo cumple a medias sus promesas por, precisamente, la falta de profundidad psicológica en el tratamiento de los personajes. Se palpa un conflicto y negras nubes en el horizonte, pero sin que el texto adquiera en ningún momento el justo vigor para convencer; seguimos a los personajes porque hemos abierto el libro y nos gusta el lirismo de la prosa, dulce sucederse de palabras a la espera del punto final. Esa es la principal diferencia entre dos obras que buscaron retratar la psique femenina. Mientras Schnitzler da a su texto la velocidad de la mente, Zweig se conforma en relatar la historia a la manera antigua, como si su novela fuera un sucedáneo de Madame Bovary por mucho que sus recursos técnicos sean propios del siglo XX, donde Freud fue más importante que Flaubert.

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