viernes, 29 de octubre de 2010

Formas de diálogo en Jaime Gil de Biedma en la revista Kafka




Formas de diálogo en Jaime Gil de Biedma

Jordi Corominas i Julián




Es triste pensar que los escasos rayos solares que resucitan a Jaime Gil de Biedma se deban a conmemoraciones explotadas a base de celuloide. La aparición en la cartelera de El cónsul de Sodoma ha sido la excusa perfecta para nutrir el escaparate de las librerías con obras dedicadas al poeta de la experiencia. Entre ellas destacan sus obras completas editadas por Galaxia Gutenberg en un excelso volumen y su correspondencia, publicada por Lumen bajo el efectista título El argumento de la obra. Ambos títulos actualizan la figura del poeta y permiten redescubrirlo a las nuevas generaciones para que, si así lo desean, tengan una justa imagen de un personaje demasiado distorsionado entre leyendas, tópicos y la película de Sigfrid Monleón, pieza notable que sin embargo queda deslucida por invenciones de enteros episodios vitales y una corrosiva campaña publicitaria que poco bien hizo a una cinta plagada, o al menos así parecía en un principio, de buenas intenciones para con su homenajeado.

Ambos libros tienen una extensión notable que conviene remarcar porque van más allá de la figura del versificador y permiten que el lector se sumerja en su figura humana. Por ello he optado por hablar en este texto de la prosa del barcelonés desde su doble vertiente pública e intima. La primera la centraré en sus entrevistas, pequeños abanicos donde desplegaba toda su fascinación y contaba al pormenor detalles muy importantes del proceso creativo, así como otras pequeñas parcelas que aclaran muchos aspectos de su existencia. La segunda, como es comprensible, abarcará sus observaciones epistolares, donde el hombre plagado de amigos abre sus brazos y suelta la lengua sin perder su proverbial elegancia y discreción, fundamental por la problemática que suponía en aquellos tiempos ser partidario del amor que no osa pronunciar su nombre.






El exorcismo de la confesión pública: la entrevista o la repetición que lleva a la síntesis.


Al final del tomo de Galaxia Gutenberg hay doscientas páginas de entrevistas donde nuestro protagonista sufre con agrado el calvario de reflexionar una y otra vez sobre los mismos temas, como si sus interlocutores no tuviesen la suficiente capacidad para llevar el diálogo hacia su terreno. Este defecto nos es útil porque ayuda a clasificar las respuestas de Gil de Biedma en un viaje que mediante la repetición lleva a concretar sus postulados básicos. Si la conversación se encaminaba hacia lo escaso de su producción lírica, respondía atinadamente con su discurso de la economía interior que lleva el acto de escribir poemas a un estado de necesidad balsámica para quien se somete al embrujo del verso, que en el caso del secretario general de la compañía de tabacos de Filipinas empezó cuando tenía diecinueve años y unas copas de más. Ese instante fundacional se fue consolidando entre la pasión propia del veinteañero y el reclamo del grupo de amigos obcecado en cuestiones literarias, donde siempre aparecen Carlos Barral, Gabriel Ferrater y Jaime Salinas, nombres esenciales en esos años cincuenta donde el autor de Moralidades pudo compaginar una doble vertiente salvadora entre la bibliofilia de sus amistades y la catacumba homosexual donde ya circulaba. Al hablar de esos tiempos las entrevistas solían derivar en la famosa antología Un cuarto de siglo de poesía española que solía comparar con las guías de ferrocarriles, porque según él toda antología es un pacto comercial entre individuos que sienten una imperiosa necesidad de mostrarse en un juego de política editorial. Esta honestidad, desprovista de todo idealismo, se reafirma cuando le cuestionan sobre la dualidad hijo de Dios-hijo de vecino, y aquí siempre surge el mismo argumento, el fin de la naturaleza y el nacimiento de la realidad a partir del siglo XVIII, lo que propicia la poesía moderna y una visión diferente que transforma todo el espectro lírico. Jaime Gil de Biedma aturde porque tenía muy clara la historia de la literatura, no se fiaba de los críticos, y sabía tejer muy bien el hilo que llevaba de un punto a otro, lo que probablemente se explicaría por su anglofilia. Eliot, Coleridge, Blake, Byron, Wordworth son referencias que complementan los otros grandes nombres formativos, desde la generación del 27 y su amado Cernuda, pasando por la obsesión guilleniana de la primera etapa hasta llegar a la indudable influencia del simbolismo francés del ochocientos en un hombre que, pese a lo vasto de sus conocimientos, no deja en ningún momento que la soberbia se lo coma, rechazando los cantos aduladores y desviándose hacía anécdotas cotidianas mucho más validas para comprender sus procesos creativos. Su trabajo en la compañía de tabacos y sus numerosas estancias en Manila le dieron la impronta de lo contemporáneo por velocidad y agitación, por lo que era bien normal que las ideas surgieran durante una reunión de negocios o mientras tomaba una copa en un bar de mala muerte. La memoria hacia el resto. El poema se guardaba en la caja justa del cerebro y esperaba su culminación, que solía ser ardua porque nada se dejaba al azar. Sí, algunos poemas surgieron de la nada, escritura automática de aquí te pillo aquí te mato, pero la mayoría eran fruto de abandonos, horas de reflexión y esperas que terminaban concentrándose con una espantosa precisión que sólo violaba de vez en cuando, siendo el máximo ejemplo el hermoso Pandémica y celeste, programado en 94 versos que, oh calamidad suprema, terminaron siendo 99, y todo ello por una visión prístina del ritmo, la cadencia y el tacto del verso, sublimes pese a la escasez de material, con la que no tenía ningún problema por lo mencionado anteriormente: escribir poemas como forma de economía interior, ajuste casi corporal que suele primar en la juventud y la primera madurez, hasta los cuarenta, porque después, y esas son sus palabras textuales, ya es imposible parir buenos versos, por eso en De Senectute, escrito como si en vez de medio siglo el poeta tuviese setenta y cinco primaveras, método que por otra parte no hace sino corroborar el ser otro cuando se plasma el yo en el verso, bien para escapar al sopor del tiempo presente, bien como bálsamo que evite males mayores como acaece con Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma o Contra Jaime Gil de Biedma, obras maestras de expiación del malestar casi letal a mediados de los sesenta, cuando el suicidio era una posibilidad más que apetecible para finiquitar angustias, silencios y desdichas.

La mención a este lóbrego trance de su singladura existencial no significa que toda referencia a la misma sea trágica, ni mucho menos. El poeta se divierte sobremanera cuando rememora su infancia y la Barcelona de antaño con su barrio chino, que vio por vez primera una noche de San Juan antes de la guerra, y otros aires entre terrazas y azoteas que daban a la ciudad condal una magia que se desvaneció cuando las autoridades eliminaron la impronta modernista del ensanche. Su Barcelona era burguesa, con gente adinerada gozando del Hotel Colón, emblemático punto de encuentro roto con el estallido de la Guerra Civil, inicio de la máxima felicidad pueril, pues la contienda no afectó en absoluto al devenir del pequeño Jaime, bien protegido en la Nava de la Asunción, entorno geográfico idóneo. Los combates de julio se desvanecieron y los tres años siguientes fueron el recorrido de iniciación de un niño muy inteligente que desde lo pequeño cimentó las bases de su grandeza, por mucho que el retorno al origen tras la contienda fuera complicado. Es en ese momento formativo cuando emerge la nostalgia como vehículo sentimental que implicara un eterno retorno mental al pasado desde la perspectiva de perder agarres mientras volteamos hojas del calendario. La edad adulta es en las entrevistas un laberinto contado parcialmente. Muchos intentan colar el tema de la homosexualidad a partir de la literatura, y lo único que consiguen es reafirmar el aplomo de un caballero sin problemas, clarividente a la hora de expresar, porque todo puede entenderse sin deletrear verdades, su condición en cualquier terreno, tanto sexual como a nivel de política cultural. En este sentido me sorprendió ver que ya a mediados de los ochenta su figura, como sigue acaeciendo en pleno siglo XXI, era denostada por el poder político catalán, demasiado entregado a ensalzar la lengua de Espriu sin considerar la realidad bilingüe del Principado, donde Jaime Gil de Biedma vivió y aprendió, aunque no la hablaba en público porque decía tener un horrible acento inglés, la lengua marginada durante la larga noche franquista y disfrutó muchísimo con la lengua de Ramón Llull, considerándola más lírica que el castellano, al que acusa muchas veces de ser pobre por determinados aspectos vocálicos y limitaciones rítmicas.






El género epistolar: la confesión el la lejana cercanía.


Como en todo acto de comunicación la carta dispone de unos determinados mecanismos que manipulan la información. Quien escribe estructura el contenido y deposita sus migajas de pan que informan al interlocutor parcialmente desde un formato en ocasiones similar a la confesión. En su relato-reportaje de 1966 Monstruo en su laberinto Jaime Gil de Biedma describe a Pablo Ruiz Picasso de la siguiente manera: “Y luego estaba la voz. Una voz apagada y retumbante que parece agolparse en la boca antes de hacerse oír, una voz de cartujo exclaustrado, de desemparejado reciente, la voz desprovista de tonos de un hombre que ha perdido la costumbre social de hablar”. Ese aislamiento del genio malacitano contrastaba con sus años en Montmartre, con su inextinguible intercambio amistoso que el autor de Las personas del verbo sí siguió desarrollando a lo largo de su vida. La vertiente exterior se caracteriza por la algarabía propia del contacto humano, excitación, risa y tertulia que adquiere un tono recogido cuando accedemos a nuestros hogares y el deber nos llama. Las cartas de nuestro protagonista reflejan la clásica inquietud de un culo de mal asiento incapaz de pararse, lo que suele implicar conocer a muchas personas en varios puntos del Planeta. Muchas de las misivas están escritas desde Manila, donde le tocaba permanecer largas temporadas, y muchas otras parten de Barcelona, central de operaciones, supuesto remanso de paz desde donde movía los hilos de su red de contactos. Como El argumento de la obra muestra todas las facetas de una personalidad, he creído oportuno seleccionar algunos aspectos que han llamado mi atención.

El 20 de enero de 1956 escribe desde Manila a Carlos Barral y le comenta sus lecturas, pero desde lo íntimo salta al privado colectivo al mencionar sus tertulias de los martes, cuando la pandilla se reunía en casa del editor en la calle San Elías de la Ciudad Condal. Esa añoranza de la amistad es la que, asimismo, da pie a confesiones pretenciosas como la del 10 de marzo de 1958, cuando confiesa a su compañero de viaje literario su aspiración a desplazar a Gabriel Celaya como principal representante de la poesía social, afirmación harto atrevida porque por aquel entonces Gil de Biedma era un poeta sin nada publicado, aunque seguramente ya intuía el valor de sus versos, tema que salta a la palestra en la misma epístola al mencionar que ha modificado el quinto verso de su poema Piazza del Popolo porque después de visitar nuevamente Roma ha comprobado un error de su memoria, despistada con los tóponimos. Las alusiones a su trabajo lírico son una constante entremezclada con sus relaciones personales, de las se puede rastrear su evolución por el orden cronológico del volumen. Para quien escribe tienen especial vivacidad las del período en que conoce en Grecia, tras largos años de carteo, a Gustavo Durán, ese ser excepcional que conoció a grandes personalidades del siglo, desde García Lorca hasta Hemingway, y tuvo la fortuna de protagonizar una existencia de película a ambos lados del charco. Su encuentro en 1966 fue para Gil de Biedma una liberación y un reencuentro en la madurez con una figura paterna con la que compartía intereses culturales y comunes puntos de vista en lo esencial, que es la vida, sin más. Su muerte fue el epílogo a un tiempo glorioso entre el comandante y Bel, esa musa que le encendió su lado heterosexual desde el juego y lo travieso, fichas del tablero que animaron su depresión, porque la calle olía a cocina y a cuero de zapatos, y lo propulsaron otra vez a la superficie, desde donde se cuidó mucho de ostentar su tendencia sexual. Cuando en los años ochenta enfermó de SIDA siguió con su tónica habitual. Podía mencionar el tema sin muchos tapujos, pero una cosa eran sus opiniones y otra el ámbito privado. A mediados de 1989 Dionisio Cañas le comunicó su intención de hablar explícitamente de la homosexualidad del poeta en la introducción a una antología Volver que público Cátedra. La respuesta del 18 de mayo de 1989 fue clara: “Tu deseo de escribir sobre el erotismo en mi obra y ser muy claro al respecto me ha dejado muy preocupado. Yo te pediría por favor que evitases la claridad- se ambiguo como mis poemas lo son- si quieres hablar de ese asunto. Podrías complicarme mucho la vida, que bastante complicada y difícil la tengo en estos momentos, e incluso causarme perjuicios personales.” Más claro imposible. La diatriba personal entre el hombre intelectual y el mundo rancio donde se educó y trabajó, unidos a la visión pacata que aun tenía la España de los ochenta sobre el universo gay, hicieron al poeta cubrirse las espaldas. Su muerte el 8 de enero de 1990 alteró escasamente la percepción de su figura. Una cosa es ser respetado y la otra encumbrado desde una leyenda que sigue produciendo beneficios desde la inexactitud, algo absurdo si se considera que tenemos suficiente material para trazar la justa línea biográfica, y no es la de Miguel Dalmau, con Jaime Gil, quien desde su tumba aun atiende que los demás tengan la dignidad que él mostró hasta el último suspiro.