viernes, 15 de octubre de 2010

La fugacidad y el autismo en mi sección "Irse al otro barrio" de Bcn Week


¿Misantropía o incomunicación? ¿Es esto la modernidad? Baudelaire pasea por París, se cruza con una chica, se embelesa y observa cómo el balanceo desaparece entre la multitud. Nadie se saluda, cada uno a lo suyo y la casa sin barrer. Aterricé en Barcelona tras las vacaciones y el shock fue mortal. Mediodía. Paseo de Gracia con Aragón. Mi paz de agosto truncada. En la montaña salía a la calle y había espacio, huecos que identificaban al resto de seres humanos que entretenían sus horas entre tiendas, charlas y bronceados. Volvamos a la capital. En el centro lo reconocible eran los edificios. El quiosco, la Casa Batlló y las oficinas bancarias. Cuando transcurro largos períodos en la ciudad imagino el paseo de Gracia como una vía ancha en la que es posible divisar su final, los aledaños de plaza Cataluña, desde el obelisco de la Diagonal. Ese primer día de septiembre mi mirada se desvió hacia un pelotón de personas concentradas, enjambre que no se manifestaba, sólo aceleraba el paso para cumplir con sus misiones programadas. Opté por huir. Odio el metro, pero era la solución al percance, esconderse a lo avestruz para respirar. En el andén mis hormonas despertaron. Babilonia es un nido de belleza, volví al poeta y deseé con todas mis fuerzas acomodarme en un asiento y atisbar ojos amigos, ya sabéis, pupilas femeninas con las que te imantas, disimulas, insistes y te quedas con nada o el regalo de un saludo desde el cristal al pasajero que abandonó el compartimento por exigencias del guión. Amores perdidos, sábanas lisas en una tarde cualquiera. ¿Qué sucedería si esa fugacidad adquiriera solidez? Os lo pregunto a vosotros y a la patinadora romana de Villa Borghese. Envejezco. Septiembre de 1999, un banco y un circuito. Morena, shorts y piernas de delirio torneado. Guiños, sonrisas y el esfumarse. Vinga Jordi, anem. Puede que exista un limbo de ocasiones traspapeladas por lo precipitado de nuestros andares.

Pròxima estació: Guinardó. Restaurante mexicano. Trattoria Fandango. Very Well. Compro cigarrillos americanos, degusto dos tonterías y salgo otra vez al ruedo para una reunión. Circulo sin auriculares, quiero que mis orejas se empapen del sonido urbano. Trascurare en italiano significa descuidar, aunque evoca esquilar. La realidad como una oveja de la que aprovechar su magnífica lana. En la calle París las luces de un sex shop me ofrecen pornografía en directo. Diez euros. El cine Opium y sus escaleras fueron en el interregno escondites para tocamientos de madrugada cuando otros comían bocatas de huevo frito, tomate y lechuga. Ojalá en el estanco hubiese un estanque. Llego a la esquina de la Torre Eiffel y una adolescente balbucea por teléfono y se suena los mocos. Llora desconsoladamente. Enciendo un cigarrillo al son del semáforo verde y detengo mi atención en su llanto en un ángulo ciego. Le preguntaría el motivo de su malestar. Eso no acaecerá por un extraño gen de incapacidad social. Ognuno ai cazzi suoi. Por la noche asisto a un recital. De repente, mientras estoy apuntando en una libreta que mi amigo ha superado el envite y el público siquiera le da dos palmaditas de agradecimiento, una vieja conocida se acerca, detallándome al pormenor los episodios de mis recientes fracasos amorosos, que a nadie confesé por su nulo interés público. Pongo en alertas las antenas, investigo cuatro duros y descubro el culpable de tanta desfachatez para con mi privacidad. No he sido informado y alguien se ha arrojado la canallada de contar cuentos chinos, Eloiseeeeeeeee.

Los tres ejemplos de malbaratar el funcionamiento de las relaciones sociales me han exasperado y exacerbado hasta el paroxismo. Corro por la desierta rambla Catalunya a las tres de la madrugada. Ruido de agua y farolas de compañía. Las prostitutas me reclaman like a perro. Abrazo la jirafa de mármol para tener un punto de apoyo y al cabo de dos minutos ya estoy casi en disposición de pisar la libertad de Gracia y el deambular con hola, cómo te va. Fem una birra? Ha sido un espejismo. En Córcega con Santa Tecla me aborda una rubia. Hola guapo. Hola preciosa. ¿Quieres follar? ¿Entramos en la tienda erótica? Hombre, si te pones así. Veinte euros. Cantos de camionero de Logroño. No, gracias. Más tarde, en un bar, entiendo la ecuación. Nuestro sistema usa la calle como reducto de la individualidad abocada al consumo, sólo lo cerrado, capsulas para enfermos ansiosos, permite la comunicación entre ciudadanos. Lo recreacional en el exterior es carne de mudo colectivo o una oda a la soledad del escaparate. En ambos casos prima el bolsillo que hace del sueño sinónimo de frustración.

Dibuixos: Nil Bartolozzi //