domingo, 26 de febrero de 2012

¡Calcio! de Juan Esteban Constaín en Revista de Letras




La erudición de lo absurdo o el absurdo de la erudición: “¡Calcio!”, de Juan Esteban Constaín
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 22.02.12



¡Calcio! Juan Esteban Constaín
Seix Barral (Barcelona, 2012)




El fútbol. Lo de siempre. Sí. Millones de individuos pierden la chaveta a lo largo y ancho del planeta mientras se dirime la suerte de un lance deportivo. Noventa minutos. Veintidós individuos, no siempre millonarios, en un tablero de hierba o arena dándole a un balón. Gol. Penalty. Córner. Lenguaje universal. Vale, bonita introducción. ¿Y?

Los automatismos y la repetición de un fenómeno asfixiante, Los Trending Topic de Twitter, siempre son del deporte rey o de famosos, sepultan el origen del celebérrimo juego. Ello sucede en parte porque damos por asumido que los británicos lo inventaron a mediados del siglo XIX, pero claro, los precedentes cuentan, y hasta dan para idear una novela que alterna fantasía y erudición.

Se llama ¡Calcio! y su autor es Juan Esteban Constaín. Dentro del alud de novedades me intrigó por la presencia en su dramatis personae de Arnaldo Momigliano, un intelectual imprescindible y desconocido de la cultura europea del Novecientos. Su protagonismo está justificado por los vaivenes de la trama, que desde Oxford volará a la Florencia del Cinquecento para enarbolar una teoría documentada que encrespa a los eruditos de la otrora Pérfida Albión.

Momigliano tuvo una vida marcada por el fascismo y su progresiva sumisión a los postulados nazis. Las leyes antisemitas de 1938 apartaron a los profesores judíos de la enseñanza y el joven sabio transalpino se vio a obligado a emigrar. El estallido de la Segunda Guerra Mundial no fue un obstáculo para su carrera, consolidada y admirada por sus iguales tras el conflicto bélico. Es en estas cuando él y su compañero Sutcliffe, quien rememora y recupera los documentos de aquellas lejanas jornadas, son invitados a una anómala reunión, casi una gamberrada en el restringido círculo de los estudios clásicos.

Los elegidos que dominaban la Antigüedad se reunían un fin de semana en el zoológico de Wellinborough para perpetrar un aquelarre en forma de sorte virgilianae. Profesores borrachos citados entre bestias con un sombrero desde el que extraer un papelito que contiene un tema grecorromano a desarrollar ante el experto y beodo auditorio.

Sutcliffe y Momigliano son novatos en el evento, por lo que sufren todos los males habidos y por haber. Sin embargo, los nervios no impiden su triunfo. El italiano sortea sin dificultad el complejo argumento de los juegos de pelota en la Antigüedad mediante una argumentación ágil en la que combina efemérides infantiles y datos contrastados que culminan en lo abrupto de la irreverencia: los británicos no fueron los padres del fútbol, sus raíces hay que situarlas en la florentina Plaza de la Santa Croce donde los ciudadanos de la capital toscana disputaban partidos de algo con ribetes de rugby y notas similares al balompié.

La disertación del debutante fascina, pero provoca un cónclave de urgencia. La cuestión puede acarrear consecuencias diplomáticas en su infamia de denostar el ingenio anglosajón, tanto como para ser juzgada la disputa en un tribunal. Momigliano alucina y se conjura para recabar informaciones para su propia defensa por lo que, con apoyo de la cúpula de Oxford, regresará a su país natal y a sus insignes bibliotecas.

Su investigación, bien armada en lo ficticio por Esteban Constaín, aguanta en lo novelesco por la diversidad de ingredientes históricos que amalgama. Carlos V, Michelangelo, Leonardo o el conquistador Xulio Ximénez de Quesada son sólo una minúscula porción del reparto. Primavera de 1530. Florencia está sitiada por las tropas imperiales, temidas por su implacable crueldad en el Sacco di Roma. El soberano de España y Alemania, a punto de ser coronado por el Papa, ve tan clara su victoria que prohíbe el carnaval a sus enemigos.

Cuenta la leyenda que la rebelión fue ingeniosa. Uno puede sentir en el cogote la muerte, mascar la tragedia en la montaña. Los florentinos se burlaron del asedio y organizaron un partido de calcio. Desde la colina sus rivales apreciaron la afrenta y dispararon una bala de cañón que naufragó en sus intenciones.

Hasta aquí lo real del asunto. La novela recoge ese trazo pionero y lo amplía en una especie de Barça-Madrid de la época que modula las reglas a medida que avanza el duelo. Nada mejor, y utópico, que montar un envite futbolístico entre los contendientes de la guerra. Los florentinos presumen de experiencia y los españoles son una multinacional inesperada con sudamericanos, los primeros indígenas en suelo europeo, dotados de talento para el balón. Su defensa tiene robustos esclavos negros, y el resto es la flor y nata de la cantera patria. La balanza de goles decantará el resultado de las armas, moneda al aire, fantasía a lo Evasión o victoria.

Quizá por ser un adolescente de los noventa y un adulto del primer 2000 he hallado en ¡Calcio! elementos que guiñan el ojo a Harry Potter, Oliver y Benji y a Diego Armando Maradona, lo que es ciertamente meritorio en una obra con tono docente que no decae en su ritmo narrativo, jocoso en la ocurrencia, serio en el planteamiento y hasta si se quiere con una profundidad que penetra allende lo deportivo y se instala en lo absurdo del argumento y la tesis del pobre Momigliano, obligado a sacar la chistera por culpa de cuatro malditos ingleses con resaca victoriana obstinados en el honor de ser pioneros para ahondar en un ridículo que desterraría la década de los sesenta.