domingo, 8 de abril de 2012

El asesino hipocondríaco de J.J. Muñoz Rengel en Sigueleyendo








La muerte y el ibuprofeno, por Jordi Corominas i Julián


Siempre los lunes. Nueve de febrero de 2009. Tengo un trabajo de mierda que alterno con la inminente aparición de Matar en Barcelona. Mi curro es de frenopático y consiste en calificar películas junto a personas más que variopintas. Me sacan de quicio, y por eso he aprendido a cerrar los ojos y desconectar mientras visualizamos perlas del celuloide, joyas fétidas, carnaza. Amo llegar cinco minutos tarde para ahorrarme saludos hipócritas. No llevo reloj. Metro Diagonal y pateo veloz. Rutinas y dinámicas que se rompen esa mañana por culpa de una ambulancia y el típico gentío curioso que se aglomera a la altura de Santaló con Travessera de Gràcia. No han tapado el cuerpo. Hay sangre por la acera. Mana de la cabeza de un empresario que acaba de ser asesinado por un sicario. Nuevos tiempos para el crimen, que siempre simboliza la lógica de una época.

Horas más tarde salgo mareado y en la esquina del homicidio hay una pelea. La relaciono con lo acaecido y me equivoco de pleno. Son dos rufianes que han intentado robar el bolso a una rubia motorizada. Una cámara de TV3 alucina. Tengo hambre.

Tres años más tarde es cinco de marzo de 2012 y atiendo mi turno en el embarque de un avión del puente aéreo. Es horrible repetir la cantinela de Vueling, la única compañía que gustaría a Don Draper por su lobotomía con la música de Nouvelle Vague que uno identifica con las siglas del Imperio Piqué, y no hablo del novio de Shakira. La cosa va más de reverencias patéticas. Me siento y abro El asesino hipocondríaco de Juan Jacinto Muñoz Rengel. Varias personas de confianza me lo han recomendado y llega en el momento idóneo. He superado la ronquera de mi garganta y una farmacéutica de Melilla afincada en Lavapiés me ha reconocido y por familiaridad se ha erigido en mi personal coach de pastillas, sprays y fliumiciles.

Vivo obsesionado con mi garganta. La gasto en clases, recitales y radios una media de quince horas a la semana, y además me encanta charlar, quizá porque transcurro parte del día solo en casa, lo que me sirve para probar mis cuerdas vocales y calibrar su estado. Jengibre con miel y limón. Hierbas medicinales. Sobres. Hace más de cuatro años que el termómetro no registra treinta y siete grados en mi cuerpo. Eres un mal enfermo, tu hiperactividad te impide aceptar que a veces la maquinaria pide reposo. Sí, es cierto.

Me gusta el mundo de la crónica negra, y sé muy bien que es quimérico imaginar a un personaje como el protagonista de la novela de Rengel en el ambiente. Pienso en House y las enfermedades raras que no aparecen ni en la enciclopedia británica. El hombre es un culto paranoico que equipara sus supuestos males con los de filósofos y literatos de la mejor calaña. Kant y su paseo metrónomo apuntan a una obsesión que se adapta a las mil maravillas a toda la labor que un buen killer debe realizar antes de asestar el golpe de gracia.

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Me gusta el mundo de la crónica negra, y sé muy bien

que es quimérico imaginar a un personaje como el protagonista de la novela

de Rengel en el ambiente. Pienso en House y las enfermedades raras

que no aparecen ni en la enciclopedia británica.

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Me queda más de un día de vida, aunque quizá cruce la calle y un coche me atropelle. También cabe la opción de sufrir un infarto en una performance o fallecer de muerte natural por capricho de lo de muere joven y deja un bonito cadáver. No. El asesino hipocondríaco siempre nota el aliento de la señora de la guadaña, portera de sus neuronas, diosa de sus delirios e indudable fuente de beneficios pecuniarios. Para ganarlos el narrador- que al practicar tan noble arte sobrevive, lo que constituye otra estupenda burla- deberá matar a un compatriota argentino llamado Eduardo Blastein. Y no es blast the past ni nada que se le asemeje. Es refinado, cagón y el vecino que desdeñaríamos por su petulancia de gourmet y tener una amante de rompe y rasga que luce por garitos de postín.

La mayoría de crímenes son por amor o dinero. Los de salud no están contabilizados. No te cargas a nadie por estar enfermo, o sí, porque todo encargo del género tiene un innegable punto de desequilibrio, pero si este corresponde al asesino ja podem tancar la paradeta. M.Y. nació en Rosario, a lo Messi, y desde su más tierna infancia acudió con regularidad al matasanos, y mientras escribo se enciende una lucecita y constato que el sicario lucha por fundirse con el galeno. Taxonomiza hábitos, memoriza taras y las aplica con meticulosidad a su oficio. Detectar, diagnosticar y solucionar. Unos cobran por extirpar dolencias. Los otros por cancelar suspiros. El cliente siempre tiene razón y el cheque es de papel.

El mismo título de la novela dispara al humor. El protagonista se duerme cada dos por tres y sólo ingresó en prisión al asesinar por inercia a una vieja en el metro de Madrid. Es alérgico a todo y se identifica con el hombre elefante. Se olvida sus propias preguntas y rehace trayectos físicos y mentales. Blastein se histeriza, su novia pierde los estribos y la amenaza de la muerte flota por doquier más ridícula que nunca, dejando en pañales a los que la intuyen en el horizonte. El mismo narrador, y aquí Rengel da en el clavo, usa un tono que en ocasiones recuerda a las esmeradas descripciones de Bret Easton Ellis en American Psycho.

Toda obra literaria es susceptible de un mensaje oculto. La paranoia vertebra El asesino hipocondríaco, y al jugar con las dos caras de la moneda, el candidato al delito y su presa, la traspasa al cuerpo social, afectado e infectado por una paranoia que nos corroe y viene impuesta desde arriba. La inseguridad es control, el control es providencia de calma y bocas calladas. Chitón. Aclarar la impostura abre la puerta a otra realidad que está a nuestro alcance si cortamos las ramas que oscurecen y deforman la auténtica visión. Mientras tanto puede que tú seas otro/a asesino/a hipocondríaco, y hasta en la machaconería de lo masculino y lo femenino acrecientan el trastorno.