lunes, 30 de abril de 2012

El Cristiano mágico de Tery Southern en Revista de Letras




La advertencia del humor: “El cristiano mágico”, de Terry Southern, Por Jordi Corominas i Julián

| Destacados | 25.04.12
El cristiano mágico. Terry Southern
Traducción de Enrique Gil-Delgado
Impedimenta (Madrid, 2012)




Vayamos por décadas. La primera escena nos sitúa en Nueva York, a mediados de los cincuenta del pasado siglo. Greenwich Village revoluciona una visión de la cultura. La música, la literatura y las calles se dan la mano. En ellas, además de Ginsberg y compañía, es posible dar con el joven Terry Southern que no tardará en emigrar por un breve período a Ginebra, donde escribirá El cristiano mágico, novela paradigmática de su gran estilo satírico.

El 24 de julio de 1969 Paul McCartney decidió esperar al resto de The Beatles en la soledad del estudio 2 de Abbey Road. Corrían malos tiempos para el conjunto, y el músico mató el aburrimiento grabando en una sola hora la canción Come and Get It. Dobló su voz y tocó maracas, piano, guitarra y bajo. Al cabo de una semana ofreció el tema a Badfinger, quienes lo convirtieron en el tema estrella del filme El cristiano mágico, donde Peter Sellers y Ringo Starr escandalizaban al personal a base de mucho humor negro que había viajado geográficamente de los Estados Unidos a la Inglaterra del Swinging London, cuestiones de tendencia y predominios culturales.

A lo largo de los sesenta Southern triunfó en Hollywood. Escribió o colaboró en los guiones de célebres películas entre las que podemos citar Doctor Strangelove de Stanley Kubrick, la fabulosa The Cincinnati Kid y las legendarias, cada una en su género, Barbarella, Casino Royale y Easy Rider. El lanzamiento a la gran pantalla de El cristiano mágico, aparecida en las librerías en 1959, fue el colofón de un tiempo feliz.

¿Qué sentido tiene publicar la obra que nos concierne en pleno siglo XXI? Hace pocos estaba en un bar con varios amigos y sacamos a colación el eterno debate de nuestra integridad, siempre más nimia, y el dinero. ¿Por qué montante económico te irías a la cama con Carmen de Mairena? Risas y más palabras. Negativas en el aire y la cantidad de un millón de euros en el tintero. Cambio de tercio. ¿Lo harías?




El cristiano mágico es una novela que puede resumirse en una serie de números cómicos que, desde una perspectiva muy anglosajona, quieren ir más allá de la carcajada para plantear dilemas morales. El inicio es deslumbrante y demuestra que el vocablo hilarante puede no es un mero reclamo publicitario de críticos y contraportadas. Guy Grand es un avezado viajero. Conoce los ferrocarriles de USA al dedillo y en uno de sus recorridos un súbito de inspiración le convierte en ídolo del surrealismo. En una parada divisa a un vendedor de perritos calientes y le pide uno. Le da un billete de cinco mil dólares. El tren arranca, y mientras el pobre chico busca monedas para el cambio, nuestro hombre se enfunda una máscara de cerdo y procede a devorar el manjar. La velocidad de la locomotora aleja el dinero y la broma, bien lucrativa para quien la ha recibido, se completa.

Y diréis, el personaje es original, más aún si nos sorprendemos como lectores cuando cerramos el libro y descubrimos que con muy pocos rasgos hemos seguido sus delirantes andanzas, que si acaecieran en nuestros días provocarían un terremoto capaz de hundir el orden social. Grand es un cincuentón rechoncho y calvo con aspecto de rábano que nació con dinero en el cordón umbilical. Le encanta gastarlo y divertirse a lo grande. No invierte: desperdicia, y no por apuestas fallidas. Es un jugador de riesgo que se permite gastar con alegría, consumar barbaridades y luego ocultar su autoría mediante el pago de ingentes cantidades que compensan el disparate.

Entre ellos podemos citar algunas perlas. Mierda y orines entre billetes a la vista del respetable, periódicos que desconciertan con léxico extranjero y transforman su rúbrica para generar conflictos urbanos, combates de boxeo amañados con actuaciones amaneradas o introducir pequeños cambios en el montaje de largometrajes comerciales para alterar su trama y trastocar las neuronas del espectador, estupefacto ante esa leve chispa de lo incomprensible. Todas estas acciones pueden interpretarse desde la dinámica que en los cincuenta marcaba la vida norteamericana, alocada con la exuberancia del poderoso caballero de Quevedo. Estados Unidos poseía el 56% de la riqueza mundial y la existencia era un opulento valle de dólares donde nada era quimérico porque los billetes propiciaban la realización de los sueños. Sin embargo, un clima histórico con estas características suele generar un ambiente anodino y uniformizado que termina por generar una lógica réplica crítica desde la contracultura, que al usar con acidez los elementos aceptados por la mayoría desenmascara lo convencional y lo exhibe, sin miramientos, grotesco e inmundo.

El fragmento que da título al volumen trata de un barco faraónico, ultramoderno, una maravilla de última generación tecnológica al alcance de los más ricos. No desvelaré los desastrosos tejemanejes del viaje, pero ese navío huele a Titanic con el plus humorístico. Fin de fiesta. Intuición de exceso de opulencia narrado desde otro exceso, porque sí, las ingeniosas ocurrencias de Guy Grand son infinitas astracanadas, sandeces de máxima categoría que si se trasladaron a los sesenta al celuloide fue porque en Londres la euforia decaía y la sátira tenía su lugar en la advertencia. Quizá en 2012 su función sea la misma. Avisar con la risa, abrirnos los ojos, una vez más.