domingo, 1 de abril de 2012

Diálogo con Olga Merino en Revista de Letras





Diálogo con Olga Merino, por Jordi Corominas i Julián
Por Jordi Corominas i Julián | Entrevistas | 26.03.12

Miércoles de perros en Babilonia. Llueve, la gente, como siempre, se queja de la injusticia de la primavera y nadie atiende a las chicas que reparten folletos operísticos en la Rambla. Cojo el metro, evito a los chicos de una ONG mientras simulo una llamada telefónica y me dirijo a Casa Fuster, donde quizá sospechen de mi constante presencia en el bar para hablar con desconocidos.


Al llegar Olga Merino (Barcelona, 1965) se despide de alguien con lamentos sobre el destino del periodismo. Es una persona cercana que habla con familiaridad y confianza, por lo que su pregunta sobre la suerte futura de la profesión me anima al debate. Intercambiamos opiniones, pero tras varios minutos le recuerdo el motivo de mi presencia: he venido para que me hables de tu libro, Perros que ladran en el sótano. Una historia que navega simultáneamente entre presente y pasado de dos hombres resignados, valientes por aceptar cartas marcadas y proseguir su andadura. Emilio es el padre, Anselmo el hijo, epicentro de la novela, artista y homosexual en la España franquista que en su decadencia observa y recapacita mientras su progenitor agoniza y los recuerdos de Marruecos y una saga emergen. Enciendo la grabadora.

En Perros que ladran en el sótano se nota a lo largo de toda la novela una fuerte labor documental. ¿Qué búsquedas previas hiciste para afinar ambientes y personajes?


Sobre todo dos. Sí me veo capaz de meterme en la cabeza de un hombre, pero en la de un hombre homosexual me daba mucho miedo el deseo. ¿Cómo abordarlo? Me ayudaron mucho los diarios de John Cheever y su tormento de culpa alcoholizado al sentir deseo por hombres. También me resultó muy útil el Retrato del artista en 1956 de Jaime Gil de Biedma.

Y sus andanzas filipinas…

Me llamó mucho el fragmento en que comenta que sobre todo buscaba en la cama un estado de ánimo que ellas no saben suscitarle. Las mujeres no le suscitaban ternura, que es lo que le provocaba el deseo. A partir de esta base fui construyendo el personaje de Anselmo.

Y la otra búsqueda es la de la Historia del Protectorado Español en Marruecos.

Sí, siempre me ha interesado mucho la Historia. Anselmo crece en el Protectorado. Hay mucha bibliografía de lo bélico, no así de lo cotidiano, por lo que hice una búsqueda más bien oral de antiguos residentes en Marruecos a través de la Asociación de Antiguos Residentes La Medina. Me explicaban cómo era su vida, qué sintieron en la desbandada de 1956 y una serie de experiencias del día a día.

Yo en relación a esa zona sólo he leído Mimoun de Rafael Chirbes, donde también aparecía el tema de la homosexualidad y un cierto delirio de la ciudad que atrapa a sus habitantes.

Un ensueño y una apatía que devora.

Y en tu novela el delirio se traspasa al sufrimiento y a la condena de la familia. Una atadura irrompible.

Los Rodiles son una familia peculiar, una especie de anomalía, como si vivieran de prestado en una burbuja irreal, que es lo que era el Protectorado. Era inevitable que Marruecos declarara tarde o temprano su independencia.

Y además en la misma familia se producen cruces inesperados y psicologías casi demenciales que marcan mucho a Anselmo. ¿Cómo ideaste un malestar tan fuerte?

Para que explicara la existencia de Anselmo. Todas las familias tienen su muerto en el armario y porquerías debajo la alfombra. La hermana de Anselmo, María/Margot, se parece mucho a él. Son personajes creativos e imaginativos, que tienen el punto de locura de la creación artística. Si te dejas llevar puedes trastornarte.

María tiene algunos momentos muy eróticos y sensuales. En cambio Anselmo da la sensación de ser una persona que no puede liberarse del todo.

Se encuentra ante un dilema. Las mujeres le dan miedo y vértigo, pero los maricas le dan repugnancia. Busca un varón heterosexual y le surge un complejo de culpa. Además todo homosexual mayor de 45 años ha vivido tal sentimiento. Sus contradicciones son muy profundas.

Y enlazas la homosexualidad con otro desarraigo de un hombre sin tierra ni patria. Tampoco puede mostrar su verdadera identidad.

Y termina arrastrándose hasta la buhardilla de su padre en Tirso de Molina.

Una ratonera.

Me gustaba colocar al personaje en esa tesitura. Un artista homosexual, venido a menos, ya en su decadencia artística total, se encuentra con que debe cuidar a su padre anciano desvalido. Y es fuerte porque en su infancia había sido un padre tiránico y déspota. ¿Qué puede hacer? Es el tema del perdón.

Hay desprecio y sumisión porque no existe otra posibilidad. Anselmo se conforma con lo que le ha tocado.

En las novelas me cargan los personajes autocompasivos. Y Anselmo no lo es. Tiene resistencia dura y se come lo que la vida le pone en el plato. No se queja. Ha sido libre, y la libertad tiene un precio. En su conciencia tiene claro que de haber trabajado más duro le habría ido mejor. Pero no se lamenta.

Y encima nunca se para, siempre da vueltas, casi es un nómada que no pertenece a ninguna parte.

Para colmo al final de sus días se enrola en una troupe artística, España en pequeño: histriónica y esperpéntica.

¿Hay alguna intención en la similitud de Anselmo y Emilio? Lo digo porque su parecido nominal, sobre todo al principio, me confundía, como si jugaras a mezclar sus identidades.

No lo había pensado, pero sí hay algo de eso. Anselmo dice que están hechos del mismo barro. La impronta del nombre pretendía más remarcar una semilla de fracaso. En cambio en las mujeres hay más fantasía. René y Margot. Hay más exhuberancia e imaginación.

¿Y ellos?


Emilio tiene resentimiento, algo que le distingue más de Anselmo.

Aún así, pese a ser figuras dominantes del clan y también del relato, se ven condicionados por las acciones y el recuerdo de las mujeres.

María y Anselmo tienen una misma identidad. Emilio se ve arrastrado por el recuerdo de su mujer, presente de un modo u otro durante todo la novela.

Algo que puede apreciarse sobre todo por la estructura de Perros que ladran en el sótano. En la primera parte alternas un capítulo dedicada al olor de finitud de Emilio en Madrid con las vivencias familiares en el Marruecos español.

Fue una estructura pensada, más si cabe en la segunda parte, donde hice los capítulos de la agonía del padre deliberadamente cortos porque los temas son muy duros. Por ejemplo cuando Anselmo se enfrenta al dilema de aplicar morfina a su padre moribundo. No quería regocijarme en la pena y el dolor. Por eso en la segunda parte la peripecia de la troupe es un contrapunto tragicómico, más liviano.

Y la estructura de la segunda parte, muy parecida a la de la primera, parece centrarse en la muerte paterna que enlaza con la muerte de una España que fallece con Franco.

Me interesaba cómo lo que fuimos condiciona lo que somos. La contradicción inmensa de acabar sus días con un padre al que odió no se puede entender sin explicar todo lo que hubo antes y causó el distanciamiento durante años entre los dos.

La buhardilla al ser tan pequeña hace casi inevitable que ambos se sientan más unidos.

Los dos mundos son claustrofóbicos. El Protectorado y la buhardilla con sus techos oblicuos. Son encierros. En el fondo la gran felicidad de Anselmo fue su corto periplo artístico, que es cuando disfruto algo.

Y justo cuando tiene éxito se lo bebe.

Algo muy español. La farándula y la vida errante son hedonistas y repiten comportamientos. Si hay dinero se lo funden, son incapaces de ahorrar. Vivir a quemarropa. Fiesta y mañana Dios dirá.

Anselmo vive el presente para escapar del pasado.

La vida es aquí y ahora. Anselmo no es triste. Tiene gran capacidad de disfrute. Bebe, se compra trajes caros sin saber si tendrá para comer mañana.

Pero es desdichado en el amor, elemento que mueve sus cambios.

Carambolas de billar. El amor desencadena movimientos. En la novela tiene un componente trágico o dura poco.

Me sorprende la visión positiva que tienes del personaje.

Sí, no lo veo triste. A veces me preguntan porqué son tan tristes mis novelas. No lo sé. La vida no acaba precisamente bien. Anselmo ha sido muy libre, ha hecho lo que le ha dado la gana. La melancolía no tiene porque ser triste. Es el recuerdo de un pasado. Anselmo siempre avanza.

Y el padre es más estático.

Antes hablaba de su resentimiento, pero pese a ello tampoco creo que debamos verlo como el malo de la película. Tiene sus puntos buenos. Cuando Anselmo vuelve de sus periplos y aparece después de tanto tiempo se comporta. No le pregunta nada. Abre la puerta y ejerce su oficio de padre. La servidumbre de la sangre.

Algo que Anselmo acata. En la segunda parte alternas la inminencia de muerte paterna con la del fin de una fiesta que simboliza la de troupe de Lucio Aguirre.


Acababa una España que coincide con la decadencia de las troupes que se pusieron de moda entre una cierta burguesía, que casi se burlaba de ese arte periclitado. Este episodio de la troupe era distinto en mi concepción inicial del libro, que en un principio incluía en todos los capítulos de la troupe un encabezamiento que relataba la agonía de Franco mediante citas de artículos, libros y reportajes. Abarcaban toda la agonía del Dictador.

Lo que quizá hacía demasiado evidente la conexión entre la agonía del padre y la del régimen.

Quizá demasiado mascado. Pese a ello encontré fragmentos memorables, desde los dos potes gallegos que comió Franco, así se lo dijeron al Marqués de Villaverde, el día de su infarto hasta sus paseos por los pasillos del Hospital con marchas militares. Luego también está el sainete del Palacio del Pardo con el botiquín y los trastos viejos, con Franco transportado a la vetusta sala de operaciones con una alfombra porque la camilla no pasaba por las escaleras.

Historias que encajan con la decadencia de la compañía de Lucio Aguirre.

Totalmente. Pretendía ser la metáfora del esperpento de la España de Franco.

¿Temías reacciones negativas por hablar de una época que suele considerarse muy tratada en novelas?

Hay ciertos territorios, la intrahistoria, que no aparece en los libros de Historia. Sí que ha habido un gran boom de novelas de la Guerra Civil, pero por ejemplo aún debe explorarse mucho la época de los años setenta. Quizá nos faltaba perspectiva histórica.

¿Y crees que se deben derribar mitos y ajustar cuentas con los setenta?

Es complicado. La Transición fue un ejercicio de amnesia colectiva. Se hicieron cosas que seguimos pagando. Hay que ponerse en la tesitura de esos hombres y mujeres. A lo mejor no se podía hacer otra cosa. No lo sé. Había miedo en la calle y no teníamos nada claro cómo reaccionarían los militares.

En la novela no aparece la Transición, sólo en la Barcelona canallesca del chino, un fragmento rápido que parece preludiar la conclusión de Anselmo, su fracaso.

Fue una Barcelona muy golfa, muy creativa, quizá para Anselmo se apague una luz, pero la fiesta continuó. Los setenta fueron salvajes en Barcelona, muy creativos.

¿Has pensado en continuar la historia de Anselmo?

No. Ahora mismo me interesa el concepto histórico de conquista, pero me gustaría tratar el tema de las relaciones afectivas en el mundo contemporáneo, tan líquido. Estamos todos muy confusos en las relaciones afectivas. Nada dura, todo es efímero y vamos buscando el amor. Cuando lo encuentras, o te defrauda porque no era lo que esperabas o sales corriendo. Me apetece dejar un poco la Historia y entrar en ese terreno.

¿Te da mas miedo escribir sobre el presente o preparar con minuciosidad algo sobre el pasado?


Me da más miedo el presente porque caminamos sin certezas, entre arenas movedizas. Conozco el proceso de conocer el pasado. Fabular sobre el presente da miedo porque está cambiando cualquier tipo de relaciones, desde lo afectivo a lo económico.

Dentro de un tiempo será curioso ver como durante la crisis hemos generado muchos personajes producto de la época, más allá de lo económico.


Sí, porque es una crisis de valores. Se habla mucho del componente del esfuerzo en anuncios, como si fuera algo nuevo, pero lo que yo veo es que la gran mayoría sigue esforzándose mucho sin obtener recompensa. Además las relaciones se vuelven contradictorias y absurdas. Las mujeres sufriendo, casi con sentimiento de culpa, por estar embarazadas y el miedo a perder su trabajo. No soy futuróloga, pero estamos asistiendo a un cambio de era.