lunes, 28 de enero de 2013

Secretos del Tercer Reich de Guido Knopp en Revista de Letras


Misterios resueltos: “Secretos del Tercer Reich”, de Guido Knopp

Por  | Destacados | 28.01.13
Secretos del Tercer Reich. Guido Knopp
Traducción de Lara Cortés Fernández
Crítica (Barcelona, 2012)
Han pasado casi setenta años desde la caída del Tercer Reich, pero las preguntas que suscita el régimen de Adolf Hitler siguen siendo muchas, casi infinitas. Las cuestiones sin responder implican fascinación por el mal, por desvelar misterios que nunca quedarán enterrados del todo.
Como es normal, quien se lleva la palma de lo desconocido es el Führer, personaje que, sin embargo, no capitalizaba toda la red de intrigas, racionalidad y locura nazi. Guido Knopp, director de la sección de Historia contemporánea de la televisión germana ZDF, nos presenta en Secretos del Tercer Reich seis asuntos que han dado lugar a muchas habladurías que ahora, mediante la apertura de archivos e investigaciones más concienzudas, pueden tratarse con rigor y sin el mero morbo que suscitaban.
La primera de ellas se centra en la familia de Hitler. ¿Quiénes eran los parientes del demoníaco líder de Alemania entre 1933 y 1945? Durante mucho tiempo se ha especulado sobre un posible origen judío del mayor enemigo de este pueblo. El mismo Canciller del Reich, entre otras cosas por miedo a sus adversarios, encargó un completo árbol genealógico para desmentir el rumor. Pese a ello, no terminaron aquí sus dolores de cabeza para con la sangre común. Entre hermanas y hermanastros padeció un martirio que solventó a base de dinero fresco para evitar polémicas. Su hermana, que en el fondo le adoraba, vivió durante años con un apellido falso. Un sobrino nacido en Liverpool intentó chantajearle hasta extremos insospechados. Su fracaso y posterior huida a los Estados Unidos de América mostraron que William Patrick Hitler era un tipo obsesionado con la vida fácil a expensas de su ilustre tío, del que habló a lo largo y ancho del país de las barras y estrellas a finales de los años treinta.
Otra familia del dictador era la política en sentido mayúsculo. Hitler confiaba en pocos hombres, entre los que se encontraba el Mariscal Rommel, una persona con la que congeniaba por su instinto y origen social. Ambos tuvieron problemas, y complejos, por no proceder de la burguesía acomodada, y cada uno de ellos escaló con suerte diversa. El Zorro del Desierto tardó más, tuvo mayor paciencia y esperó su momento. Hoy en día es considerado uno de las pocas figuras nazis salvables de la quema. ¿Se lo merece? Deberíamos concederle el beneficio de la duda por el retrato que de él traza Knopp. Fue un militar valiente y aguerrido que aprovechó bien los errores ajenos y la labor del servicio secreto. Vista en perspectiva, su fama de gran general africano parece más bien una invención de la propaganda deGoebbels, necesaria para inquietar a los británicos y animar la decaída moral de la población civil, que a mediados de 1942 ya intuía que el desastre llegaría más pronto que tarde.
Rommel goza de una cierta condición heroica por su supuesta implicación en el atentado del veinte de julio de 1944 contra Hitler. ¿Participó en los preparativos? Fue consultado, y en este punto la ambigüedad persiste. Su suicidio inducido sirvió para ocultar la descomposición del Reich en su peor momento, lo que sin duda sirvió para cimentar la leyenda posterior del hombre que quiso acabar con el dictador para impedir la aniquilación absoluta.
El tercer punto del volumen versa sobre el dinero de Hitler, quien al igual que algunos políticos nacionales presumió de austeridad desde que ascendió al poder. Renunció a su sueldo de Canciller y vendió una imagen de hombre contento con lo esencial que no se correspondía con la realidad. Era rico por los derechos de autor de su infumable Mein Kampf, no necesitaba del dinero público para vivir, pero tranquilos, era hábil y consiguió por otros métodos más billetes para amplificar un saqueo en toda regla. Los empresarios le pagaban una comisión, recibió desde los años veinte dinero de generosos mecenas y se las apañó durante años para pedir créditos que nunca devolvía, y ni falta que hacia porque era invulnerable, un santo laico que ejercía una extraña hipnosis sobre los que le rodeaban.
Guido Knopp en una imagen de su programa “ZDF-History” (foto: ZDF)
Entre ellos, y es el protagonista de la cuarta sección del libro editado por Crítica, Heinrich Himmler, con toda probabilidad el más ardiente artífice del Holocausto, un hombre que amaba a los animales, detestaba a sus semejantes y que tuvo muchas dificultades, no es de extrañar, para tener relaciones con el sexo femenino, hasta que conoció a una mujer gris, que no le molestaba en su plan para escalar posiciones en la jerarquía, y se casó. Esta parte de su biografía es bastante desconocida, y sólo en los últimos años, sobre todo a raíz de la publicación de La familia Himmler, ha salido a la luz. El máximo jefe de las SS también tuvo una amante. Ocupaba las veinticuatro horas, no en artes amatorias, sino más bien en delirios que partían de su obsesión por lo ario desde lo medieval. Encargó estudios sobre la brujería de la edad oscura, planificó el exterminio masivo de los pueblos del Este y se dio muerte cuando los americanos lo capturaron. Su vida no daría para cien novelas, no, podría llenar una entera biblioteca de tinta podrida mezclada con megalomanía e inhumanidad.
La obra de Knopp cumple un cometido importante porque aúna gran capacidad de síntesis y se presenta desde un formato cómodo, asequible para lectores no familiarizados con los temas tratados. El quinto analiza cómo era el trato de Hitler con las mujeres, cuestión espinosa que hasta en algún instante ha llegado a generar la duda de si el genocida era homosexual. Es absurdo pensarlo. Si se lee bien su trayectoria es fácil observar que desde que ingresó en el partido Nacionalsocialista y desplegó sus dotes de orador fue un hombre que generó pasiones entre las féminas. Quizá la duda proviene de su compromiso, otro ardid para ganarse a lo que otrora se conocía como masa, de no casarse con nadie porque su verdadero matrimonio era con el pueblo alemán. Sí, la frase quedaba muy bien y convenció. Mientras tanto el rosario de peripecias amorosas del austríaco conllevó varios intentos de suicidio, muertes efectivas y la ocultación de Eva Braun, aislada del mundanal ruido en uno de los refugios de su amado. La boda final, apoteosis wagneriana entre las ruinas que él mismo fomentó, puede considerarse un agradecimiento por pasar tantos años en la sombra.
El último apartado confirma la mala reputación del que durante decenios fue juzgado como el nazi bueno.Albert Speer, condenado a sólo veinte años de cárcel en los juicios de Núremberg, fue una de las manos derechas de Hitler, tanto en el aspecto artístico como en armamentístico. En el primero ayudó a diseñar la idea de un majestuoso Berlín, futura capital del mundo. Sus diseños y conceptos provocaron el desahucio de miles de judíos, pistoletazo de salida de las políticas que pretendían acabar con este grupo étnico.
Speer siempre gozó de prestigio porque supo enmascarar sus fechorías. Por eso evitó la horca, transcurriendo dos décadas en Spandau. Al salir intentó reflotar su imagen mediante libros de memorias y declaraciones ostentosas en las que mentía como un bellaco. Era un hombre útil para mostrar arrepentimiento que se transmitiera al colectivo. El problema es que tras su apariencia de gentleman, el refinado criminal escondía un sinfín de secretos que sólo estallaron tras su fallecimiento, en una habitación de hotel londinense, en 1981.
Los cabos sueltos no terminarán nunca. Seguiremos preguntándonos misterios. No obstante, hay otra forma de pensar el contenido de Secretos del Tercer Reich. En Alemania desde hace bastante tiempo obligan a los niños a estudiar esa época tan deleznable. Lo hacen para que los pequeños no repitan los errores del pasado y sepan qué ocurrió. En cambio, en este país llamado España se desdeña la enseñanza de la Historia del siglo XX, ubicada normalmente al final de los programas académicos. Quien escribe es licenciado en Humanidades y cursó un doctorado en Historia. Hasta ese momento nadie me enseñó, tuve que alimentar la curiosidad por mis medios, de manera científica lo acaecido en la República, la Guerra Civil y el franquismo. ¿Es eso normal? No, es una clara deficiencia del sistema educativo, y estos errores son los que condenan a la ignorancia y a una pasividad que ya no puede soportarse más.