lunes, 7 de enero de 2013

Todos tenemos un París en Sigueleyendo


Todos tenemos un París, por Jordi Corominas i Julián
La primavera pasada Esperanza Aguirre decidió subir a lo bestia el precio del autobús que va de Atocha al aeropuerto de Barajas. Los cinco euros del trayecto no dan para condiciones lujosas ni nada por el estilo, pero sirven, magro consuelo, para aumentar el anecdotario del espionaje cotidiano. Me senté con un libro de Julian Barnes y observé las calles de la capital con cierta tristeza hasta que unos franceses repararon en mi persona.

Eran tres. Dos hermanas y el marido de una de ellas, o algo parecido. Me senté y escuché, los habitantes poco viajados de esta nacionalidad llevan en su ADN un chovinismo que anula en su cerebro la posibilidad de que alguien entienda su lengua, que alababan mi jersey verde, el color de la temporada. Les miré de reojo y volví Al sentido de un final hasta que una coincidencia despertó el ánimo de los galos. Unas compañeras de vuelo parisino se aposentaron a su lado. Hablaron de cuatro chorradas y comentaron los detalles de su semana española. Todo iba bien hasta que rieron con estruendo de nuestra economía. Mis ojos esputaron furia y callaron. No soy nacionalista ni nada por el estilo, me dan bastante igual las banderas, ideales como mantel y para espantar a pajarracos. Lo que no pude tolerar fue la superioridad de su carcajada y el desprecio que implicaba, además de una manifiesta ausencia de solidaridad y una inconsecuencia mortal, porque en su país no es que las cosas vayan muy bien dadas entre un tribunal que rechaza un impuesto a los más ricos y una clase política, mal endémico del Viejo Mundo, que deja mucho que desear, por no mencionar lo leales que son sus estrellas. Hacer un Depardieu.


Pese a todo, reconozco estar enamorado de París, de su mapa y de su territorio. Houellebecq es el doble literario de José Mourinho y ambos merecen abandonar ahora mismo este texto. Hablemos de la ciudad de la luz, de la princesa que el cine, con buen tino dada la tendencia naif de la época, ha explotado hasta la extenuación, algo de lo que sin duda debemos culpar, es un santo y seña de parte de mi generación, a la noñería de Amèlie Poulain y su cromatismo saturado con extra de caramelo. Al verla en el cine reconozco que me gustó, aunque también hay que admitir lo mal que ha envejecido, factor al que han contribuido las mil y una niñas que aspiran a ser una réplica de un personaje de ficción. Amèlie como símbolo de la regresión de infinitas adultas a la infancia, precursora de Instagram, pionera del moderneo, adalid de una vida de fachada sin contenido.




No pensaba alargarme tanto, disculpen, esto va tal com raja que decimos en mi tierra. El día de Navidad me tragué ¿Arde París? Esa película debió de ser la bomba en 1966 por mucho que estuviera desfasada estéticamente en relación a su década. Fue una de esas producciones tan de moda entonces, con estrellas del Hexágono y vedettes de Hollywood que justificaban su sueldo, y el cartel que generaba pingues beneficios en taquilla, mediante cameos. El filme es malo y no refleja en absoluto como acaeció la liberación de la perla gala. Seguramente poco importaba porque la intención no era hacer pedagogía. Se conmemoraban, aún pasada la efeméride, los veinte años de la catarsis contra el nazismo, gobernaba De Gaulle y recordar esos instantes era un bálsamo para una generación que ya quedaba apartada de Clío ante el empuje de los baby boomers, que poco o nada han hecho para que las nuevas hornadas tengan conciencia de la importancia de París en la formación de Occidente y de determinados ideales más allá del 14 de julio, la odiosa Bastilla y la libertad, la igualdad y la fraternidad.




En tiempos revueltos, con o sin amar, creo que es más importante recordar las barricadas de 1848 y lo que conocemos como la primavera de los pueblos tras los treinta y tres años, ¿qué diría Jesucristo?, de opresión desde el Congreso de Viena. Esas jornadas de lucha se desarrollaron nada casualmente justo cuando se publicó el Manifiesto Comunista. Asimismo, la fecha es crucial porque significó, siete años antes que Barcelona derribara sus murallas, el punto y final de la antigua e insalubre urbe, refundada radialmente por obra, gracia y piquete de Haussman, el demolidor. Sus anchas y largas avenidas se diseñaron para controlar a la masa.

Esos maravillosos paseos, con los Campos Elíseos como santo y seña, cuidaron con mimo sus laterales para dar alas a la fundación del capitalismo contemporáneo a través de los pasajes. Y es aquí donde entran en escena dos nombres mayúsculos: Charles Baudelaire y Walter Benjamin.


El poeta francés es un caso deprimente que resume a la perfección el siglo XXI. La sobreexplotación de su legado ha convertido su corpus poético en una especie de legajo cursi que cualquiera osa usar porque la ignorancia es muy atrevida, con todo lo que ello conlleva. El pobre debe revolverse en su tumba, horrorizándose por tanta vacua admiración. A buen seguro que le gustaría que sus supuestos lectores, pues apuesto a que menos de un 10% de quienes lo mencionan han leído de cabo a rabo Las flores del mal, conocieran bien sus circunstancias y la verdadera trascendencia de su biografía. Por suerte, existen libros como La Folie Baudelaire de Roberto Calasso o el recientemente editado por Eterna Cadencia: El París de Baudelaire de Walter Benjamin, donde el monstruo alemán desmenuza al pormenor el contexto que hizo surgir una figura como la del bardo con amante mulata.


Buena prueba de lo que digo está en los rumbos que toma el arte del verso. Pocos han hecho caso a Baudelaire y su anécdota de la corona de laurel en el barro como paradigma de liberación y tranquilidad, adiós a lo solemne y bienvenida a una puerta que la mayoría se resiste a abrir obstinándose en temas y formas anacrónicos, y no porque no existan conceptos universales, no se confundan. El problema consiste en perpetuar la pesada losa de la tradición sin renovarla. El francés, juzgado en 1857 por sus poesías, lo hizo con la sencillez de quien observa la realidad y toma nota de la misma, sorprendiéndose por sus transformaciones y anomalías desde el anonimato que confiere la velocidad de lo moderno. Se trata de abandonar capas demacradas por la cronología y adoptar ropajes que se adapten al asfalto que cubre las calles. El flaneur es un detective de lo ínfimo porque sabe que en su interior hallará la grandeza necesaria para crear. Asimismo no debe aspirar a la Academia porque ese lugar es incapaz de entender el presente y prefiere someterse, ya tenía razón Marx con lo de la Historia se repite, a inútiles discusiones y felaciones entre amiguetes que adoran hablar bien de sus trayectorias, destinadas a perecer en el olvido de la mediocridad.




El flaneur es un héroe que gusta del anonimato en el anonimato, y por eso puede dictaminar el aire que sopla tanto en el parque como en los pasajes, con sus escaparates que apuntalan el deseo de consumir y metamorfosean ese mundo en miniatura en una cárcel del apetito y el billete, una pasarela de frustración y lujuria que Benjamin analizó como nadie. Está el París que cada uno tiene y luego el del pensador teutón, que en otra de sus reflexiones riza el rizo de su genialidad al apreciar que con el surgimiento de los medios de locomoción moderna las personas tuvieron que asumir por vez primera en la Historia que podían pasarse horas delante de otro semejante en silencio, sin dirigirse la palabra.


Este aspecto lo capta Baudelaire de otra manera en su famoso poema À une passante. Cuando voy al pueblo disfruto con mis caminatas porque los desconocidos me saludan y hasta llego a casa con el atisbo de un flirteo. En la ciudad que alumbra la modernidad el poeta captó los síntomas de la descomposición social por la aceleración y lo imposible tras la desaparición del gesto típico de reconocimiento. La masa se somete a la orden de su relevancia numérica, derrota de su individualismo, que se verá exacerbado en la fachada para que creamos, sólo basta con contemplar el desfile de modas de aquellos que aspiran a ser únicos cuando sólo son rebaño, ser especiales.




Me eternizaría con estas cuestiones, pero si he escrito este artículo es porque considero que debemos reivindicar esencias y buenas lecturas. Hará cosa de tres semanas cayó en mis manos [escribir] París de Silvia Molloy y Enrique Vila-Matas. El librito ha sido editado en Nueva York por Brutas editoras e impreso en la librería McNally & Jackson y es un intento de captar la ciudad francesa a partir de pequeñas impresiones. Las de la escritora bonaerense resumen sus varias estancias en el espacio que nos concierne, sus amistades y la nostalgia de un pasado que no volverá.


Por su parte, el tramo de la obra escrito por Vila-Matas entronca con su curiosidad literaria desde una óptica, en mi opinión, poco reconocida en su singladura, la de ser un flaneur que en sus pasos no se conforma con lo actual, pues pasea con la vista enfocada en lo pretérito y en anécdotas que para él tienen un valor de investigación que sacia estímulos y los amplía. Sucede así en el fragmento dedicado al árbol que mató al dramaturgo y novelista húngaro Ödon von Horváth en 1938.

El escritor barcelonés investiga con tino, y en la siguiente entrega de su sección nos habla de Apollinaire y de su desterrada, quizá porque Breton tenía un sentido del marketing más lúcido, invención del término surrealismo. Las vanguardias y París es otra problemática mal interpretada, tanto que es gracioso constatar que hoy en día los que se definen vanguardistas, algo que los padres fundadores nunca harían, repiten los mecanismos de entonces, lo que básicamente viene a decir que no han entendido nada de nada en su afán de revolución. Apollinaire, Duchamp, Tzara, Cocteau, Picasso y todos los genios del primer Novecientos deben descojonarse en el cielo, porque su labor fue la de entender un límite para superarlo.
Pero París, y eso es bien cierto, no se acaba nunca.