viernes, 24 de mayo de 2013

Diálogo con Julio Llamazares en Revista de Letras


Diálogo con Julio Llamazares, por Jordi Corominas i Julián

Por  | Portada | 23.05.13
Coincido por vez primera con Julio Llamazares en los estudios de Radio Nacional en Barcelona. Rosa Gil lo entrevista mientras lo observo entre bambalinas y espero que llegue mi turno en otro lugar de la Ciudad Condal. Verle en directo me relaja, porque compruebo que el escritor leonés, que vuelve a la novela con Las lágrimas de San Lorenzo (Alfaguara, 2013) tras un largo silencio en el género, es una persona simpática, que habla por los codos y no rehúye preguntas.
Cuando termina su momento en las ondas abandona la emisora, coge un taxi y descansa un breve rato en un conocido hotel. Yo doy rienda suelta a mi sección, salgo del edificio, cojo el metro y compruebo que tengo tiempo de sobras antes de la charla, por lo que decido bajar en Fontana, una parada relativamente lejana al punto de encuentro. Llueve, y ello me permite, como si vislumbrara las estrellas del protagonista de la obra de Llamazares, contemplar con calma casas modernistas de la calle Gran de Gràcia, bellas y efímeras porque el entramado urbano de la zona no es de los más cómodos para deleitarse con esas obras de principios del Novecientos. Da igual. Me mojo, gozo con la belleza y entro en el hall del hotel, me siento en un sofá y me divierto con las vistas de otra entrevista y toda su parafernalia.
Cuando llega mi turno todo fluye. Charlamos durante unos breves instantes, intercambiamos pareceres sobre temas de no mucha actualidad y al cabo de un rato opto por cumplir con el ritual y enciendo la grabadora.
Julio Llamazares (foto: Alfaguara)
Julio Llamazares (foto: Alfaguara)
¿Cómo has tardado tanto en sacar una nueva novela?
Por tres razones. La primera es que soy muy lento escribiendo. Podría sacar una novela al mes, pero para mí no es un objetivo. Prefiero escribirla con la máxima intensidad y expresividad de la que yo soy capaz, y eso me lleva mucho tiempo. Josep Pla decía que fumaba tabaco de liar para buscar los adjetivos, escribir consiste en buscar los adjetivos más adecuados para cada palabra.
El segundo punto es que me gusta perder el tiempo. Ganas el tiempo perdiéndolo, porque es cuando ocurren cosas. Las grandes cosas se me ocurren en un bar o paseando por la calle. Vivo de la literatura, pero nunca me he sentido un escritor profesional. Nunca me tomé esto como una profesión, más bien como una pasión. Aunque no pudiera publicar seguiría escribiendo, por lo que escribo con el objetivo de alcanzar mi máximo nivel.
Eres un poco como el protagonista de la novela, que privilegia la vida y al mismo tiempo aspira a escribir su gran obra. La frase de Lennon que aparece en Las lágrimas de San Lorenzo, “La vida es lo que pasa mientras vas haciendo otros planes”, resume muy bien este espíritu.
La frase de Lennon resume muy bien la novela, sí. Hemos trastocado todo. El mercado ha transformado todo, incluido el libro y la literatura. Por ejemplo, ahora todo el mundo escribe. ¿Por qué? Porque en los últimos cuarenta años, por una serie de razones sociológicas que no explicaremos aquí, el escritor pasó de ser un personaje marginal, casi sujeto de compasión social, a ser admirado y a tener glamour, ganar dinero y ser un paradigma de prestigio. La gente que no sabe qué hacer se pone a escribir una novela.
Pero eso ahora mismo ya no es así, es una condición del pasado. Es un engaño, un miraje.
Ha cambiado la concepción de la literatura y el libro. Eso ha tenido una serie de efectos secundarios. El libro, como pasaba con el mundo del disco, se ha convertido en una carrera profesional. Hay que sacar un disco al año. Hay que sacar un libro al año para estar en la lista de ventas, lo que es antagónico con la literatura, porque el libro se escribe desde la lentitud y la soledad. Escritores como yo, que paso por ser un raro, nos encontramos en ese choque de fuerza.
Pero esa rareza es la normalidad.
Para mí los raros son los otros.
Siempre los raros son los otros.
Yo soy un escritor antiguo. Escribo como me imagino que escribían los escritores del siglo XIX o en la época de Homero. Escribían lo que les apetecía y con todo el tiempo del mundo.
El escritor como artesano.
Esa es la palabra. Artesanal, porque lo que intento al escribir es buscar la música de las palabras, que es lo difícil. Contar una historia es fácil, la cuentas en una semana por oficio, pero yo no escribo para lograr eso. Los raros son los que se toman la literatura como una profesión. Hace años que vivo de la literatura y aledaños, pero nunca me he tomado la cosa como una obligación. Si como vaticinan el libro desaparece no tendré problemas en volver a ejercer de abogado, pero seguiría escribiendo.
La estructura de Las lágrimas de San Lorenzo es muy particular y requiere pensamiento y lentitud. Una fábrica taylorista no la puede generar.
Y sobre todo las cosas mejores o peores no se me ocurren a bote pronto. Pienso mucho las cosas que escribo. Muchas de ellas se me ocurren en la calle, me gusta escribir paseando. Cuando me siento en la mesa es que ya he tenido una serie de aproximaciones a ideas que luego desarrollo escribiendo, pero ya te digo, me lo tomo con toda la calma del mundo.
Entonces no eres el típico escritor que se deja llevar por un punto de partida. Estructuras más que eso.
Hasta cierto punto. Aquí parto de una imagen. Para mí la literatura es la música que producen las palabras. También es arquitectura. Empecé la novela cuando se me encendió una bombilla con la estructura de la novela, cada capítulo es una estrella fugaz.
Eso de por sí es una estructura como una casa.
Claro, la arquitectura es fundamental en la novela y no se ha de notar tanto como pasa con esos edificios que parecen hechos a mayor honra del arquitecto que de los que lo van a vivir. No es un capricho, va en función de lo que va a regir el discurso literario, que va determinado por un punto de vista, factor al que el lector distraído no le da mucha importancia, y que sin embargo es un factor básico. Las estrellas fugaces dan un desorden a la estructura, como si te hubieras fumado quince porros, cada estrella te lleva a un punto.
Es un desorden ordenado, como la habitación de cada uno, que sólo la entiende al cien por cien su propietario, el arquitecto del caos ordenado.
Y a la hora de escribir eso tiene sus ventajas y sus complejidades. Hay un desorden ordenado en la novela porque hay continuos saltos ordenados hacia atrás y hacia el presente. Otra cosa fundamental es la voz que narra. Decidí que fueran un padre y un niño para que se enfrentaran a las generaciones que ya no están. Estuve parado mucho tiempo porque no sabía cual era la profesión del padre. Avanzaba y no sabía quién era mi personaje. El día que decidí que sería un profesor trotamundos, un tipo de personaje a la deriva que me encanta, abrí muchas puertas: sobre el sentimiento de extranjería, la soledad, el arraigo y el desarraigo, la libertad enfrentada a la seguridad. Un empleado de banco no me daría eso.
No me imagino un empleado de banco en tu novela.
Podría, pero sería distinta. Ese punto le dio a la novela su punto de descubrimiento. Otro factor es que suelo combinar dos o tres libros a la vez. Mientras escribía Las lágrimas de San Lorenzo he publicado un libro de cuentos, muchos artículos, un libro de viajes sobre las catedrales del norte de España y no he parado de tener ideas.
Pero eso también te sirve para reposar las ideas.
Sí, y sobre todo para no repetir. Terminé esta novela a finales de enero. Si ahora me pongo a escribir seguiría con la misma novela. Cambiar de palo hace que no cantes lo mismo.
Y se produce una autoexigencia. Escribes otras cosas al mismo tiempo y te fijas más en el lenguaje.
Lo que dices del lenguaje es tan obvio que suele olvidarse. Tiene que ver con los cambios del libro, que ahora además de ser un continente de literatura es un objeto industrial. Eso hace que haya cambiado la relación de escritores y editores con el libro. Muchas veces se olvida que la herramienta de los escritores es el lenguaje. Se leen muchísimos libros donde parece que lo único importante sea la historia, y la simpleza le da puntos, como si así fuera mejor para no complicar la vida al lector. Para mí la literatura es lo contrario: buscar a través del lenguaje el misterio de la emoción y de la belleza.
Las lágrimas de San LorenzoEn estos últimos tiempos se ha llegado a valorar mucho lano historia desde falsas perspectivas vanguardistas. EnLas lágrimas de San Lorenzo se nota la esencia literaria de siempre: el padre, las generaciones, el tiempo.
El trasfondo de la novela es que, de repente, hay un momento en la vida donde te das cuenta que hemos pasado la mayor parte de la existencia dejando de lado las cosas importantes. Volvemos a Lennon. Pierdes cosas y personas y te das cuenta de cosas trascendentales que te hubiera gustado hacer, como hablar con los padres o contemplar el paisaje. Las cosas importantes son cuatro y se resumen en una: tratar de ser feliz. Cuando te das cuenta de eso ya es tarde.
Él, por otra parte, tiene muy asumido el sentido de pérdida.
En ese sentido es un personaje duro consigo mismo. Termina las etapas sin reparos. Borrón y cuenta nueva. No quiere ser joven siempre, no se queda colgado de la percha de la fiesta. Vivir consiste en ir perdiendo cosas.
Es maduro y es más duro. Lo cuenta al hijo desde los versos de Homero. Asume el paso de las generaciones.
Asume que el tiempo es cíclico. Cada generación se cree única, se cree la sal de la tierra, pero con la literatura te das cuenta que hace tres mil años ya había alguien que decía que somos como las hojas que caen y salen, o que Catulo hablaba de que sólo queda la noche perpetua. Lo que más me gusta de mi novela es una reflexión en voz alta, es haber conseguido plasmar la mezcla de literatura y vida, que son lo mismo. Y por eso este personaje, detrás de cada estrella fugaz con sus pérdidas, mezcla experiencias personales con la existencia, como con la historia del agua que se para de golpe y porrazo, como si dejara de circular.
Pero es que la buena literatura debe, inevitablemente, nutrirse de la vida para existir.
Él evoca fragmentos de poemas de autores que ha leído a alumnos por toda Europa, y estos textos cobran sentidos a partir de las estrellas de esa noche. No piensa a Homero por pedantería. Lo cita porque esos versos cobran sentido en el momento concreto. Lo mismo ocurre en su recuerdo de Catulo. La literatura es la vida.
La literatura es permanencia. Dice que puede leer a Homero a alumnos de mil ciudades y todos se quedarán impactados. Su mensaje sigue llegando.
Hace tiempo leí una frase que me impactó sobremanera. En Burgos, cerca de Aranda de Duero, hay un monasterio solo en medio del campo dedicado a Santa María de la Vid. Es un monasterio con una biblioteca impresionante, que me enseñó un fraile viejo. En la entrada de la misma había una frase de un autor latino que decía “en las bibliotecas nos hablan las almas de todos los muertos”. Es verdad, tiene que ver con el deseo de perdurabilidad. Homero o Cervantes siguen hablándonos y en los libros nos hablan las almas de los muertos que siguen vivos, como la estrella del desaparecido que sigue brillando porque los desaparecidos no mueren mientras no los entierran definitivamente.
En este caso no desaparecen los desaparecidos cercanos, porque en la novela cada desaparecido es una estrella.
Claro, los libros siguen hablando al igual que las estrellas. Hay algo de ese deseo de perdurabilidad.
Se nota el trabajo de elaboración de la novela a partir de detalles, como esa fotografía del salón del tío desaparecido en la guerra, un momento de lirismo que desencadena otros elementos del libro, convirtiéndose en un punto de partida muy potente.
Sí, pero el único que no lee un libro suyo es el autor.
Porque lo lees mientras lo elaboras.
Y llega un momento donde no tienes muchas referencias. Yo no sé si eso es una imagen potente, lo sé de otros libros, pero no de los míos, porque no los leo. Al final en una novela -ahora que se vuelve a hablar de la muerte de la novela, tiene que ver con la menopausia literaria, cuando un autor no sabe qué escribir- lo que cuenta es que es un artefacto donde caben muchas cosas. Es algo tan viejo y tan ligado a la naturaleza humana como la necesidad de contar y de que te cuenten. En la mía aparece lo del tío desaparecido, que era un tío mío. Cada vez que hablaban de él bajaban la voz y yo miraba de lado. En esa casa han desaparecido todas las fotos menos esa, es un símbolo de esa casa.
Me pasa lo mismo con la foto de uno de mis abuelos. La veo cada día en el hogar familiar, es una presencia simbólica.
La foto aparece en la novela porque de repente te acuerdas de esas historias, como lo que comentábamos antes del agua que se duerme, cuando en realidad se dormía quien me contó la efeméride. Contamos muchas cosas y aparecen, porque la vida está cargada de historias propias y ajenas.
En la novela hay infinitas muertes familiares que vehiculan el relato, pero lo que más me interesó de la idea generacional es que me dio la sensación que hablaras de ahora mismo, como si las generaciones cumplieran su función para dar paso a otras.
Hay un momento en la vida donde te das cuenta que empiezas a sobrar. No me quiero poner trágico, pero hace veinte años escribí un poema que se llama El tiempo huye de mí. De repente te das cuenta de eso en cosas cotidianas, como no controlar la tecnología. El tiempo son olas. Puedes rebelarte, que es patético, pero lo mejor es tomar conciencia de las olas y seguir disfrutando del presente.
Es como el hombre del tren que dice Il tempo, il tempo, que siempre corre delante nuestro.
Sí, esa es la idea. Ese capítulo se me ocurrió a raíz de un prólogo que hice para un fotógrafo de Almería,Carlos Pérez Siquier, que hizo un libro sobre el tren que va de Almería a Granada y Sevilla. En el tren se produce un estado de ensoñación. No ves el paisaje real, lo ves fugaz. El tren es una metáfora de la vida, sobre todo aquellos trenes antiguos que paraban en cada estación, donde hay gente que sube y baja. Eso es como la vida, y en el tren las cosas cobran otro efecto entre el alelamiento del movimiento, el reflejo del espejo y su vaivén. Eso quiero hacer en literatura.
Ese capítulo, que sucede cerca de Constanza, encaja mucho con una tradición de novela centroeuropea.
Es el capítulo que más me gusta de la novela. Lo que no quiere decir nada.
El personaje está tres años con una chica y lo deja por aburrimiento. Pese a ello no es un amargado, tiene un lúcido pesimismo.
Un lúcido conformismo. No es un amargado. Algunos dicen que es una novela nostálgica y triste. No lo creo. Es lo que hay. El tiempo es fugaz. Las luces de los sitios que visita el personaje marcan su reloj, desde Finlandia con el bosque de los suicidas hasta la mediterránea de Barcelona. Es un hombre que sabe que ha pasado la mitad de la vida y en vez de amargarse prefiere la intensidad.
Y en la novela un motivo de esperanza es la luz de Barcelona y la escena de los sujetadores de la vecina, que le dan energía para vivir.
Es una escena muy simbólica, y por eso la puse. Si te acuerdas de Una giornata particolare de Ettore Scola hay una escena donde Sophia Loren, harta de su matrimonio, y Marcello Mastroianni, que es homosexual en la película, tienen una escena de amor en la azotea llena de ropa. Surge una historia de amor. Es un homenaje a esa escena. Mi personaje va a Barcelona, no recupera la patria, pero sí el deseo con las bragas, y así, con ese mero detalle vuelve a sentir deseo de vivir.