domingo, 26 de mayo de 2013

Persecución de Alessandro Piperno en Literaturas

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Por Jordi Corominas i Julián 
/ Autor.- Alessandro Piperno,
Editorial.- Lumen
Pag.- 448
244_H421364.jpgHay autores que con pocas obras logran mostrar a las claras que senda tomará su trayectoria literaria. Alessandro Piperno es uno de ellos. Su ópera prima, Con las peores intenciones, apuntaba unas maneras que tanto en fondo como en forma ya remitían a la gran herencia de la novela decimonónica. El escritor romano es preciso en el detalle, ama las grandes sagas familiares y tiene claro que el conflicto de toda una sociedad puede expresarse en el clan por antonomasia, que en su caso siempre remite a lo hebraico, constante que brilla con la fuerza de la madurez narrativa en Persecución, primera entrega de un díptico cargado de intriga, malas hierbas y la crueldad de lo inesperado.
La trama es simple pero contundente. Leo Pontecorvo es un pediatra de éxito. Ha trabajado durante toda la vida por forjarse un nombre que aúne prestigio y talento a partes iguales. Desde su juventud destacó por una mentalidad abierta, de un cosmopolitismo que abría ventanas existenciales y profesionales. Vivió en el París de los sesenta, aprendió de los mejores y con el tiempo supo aprovechar las oportunidades que le brindaba el destino hasta ser una destacada figura pública, acariciar el éxito y ser reconocido entre la multitud.
Sin embargo, el gran hombre optó por la sobriedad de sus antepasados. Cuando ganó un poco de dinero abandonó el centro de la Ciudad Eterna y el origen ancestral del Ghetto para trasladarse a la plácida periferia con sus hijos y su mujer, judía como él, aunque de un estrato social inferior. Con ellos transcurrió, pese a los típicos dimes y diretes de toda relación, la felicidad de lo estable hasta el segundo en que todo se congeló, llave de acceso a la pesadilla que narra Persecución.
De repente, en un instante muy simbólico de esa década de los ochenta, un universo se congela para dar paso a otro. Existían indicios, notas que apuntaban al debacle, pero quien lo anuncia es el aparato televisivo, la bestia que antes de la red de redes ejercía de sumo sacerdote de condena y pública exposición.
No hay vuelta atrás. El dedo que acusa deja a Leo Pontecorvo en la posición de un pederasta que ha flirteado, y quizá algo peor, con una jovencita de doce años, una niña, su especialidad, lo que agrava la circunstancia. ¿Qué hace un galeno infantil intercambiándose cartas románticas con una chavalita?
Esa fracción de segundo de la caja tonta desencadena la máxima tormenta y Piperno lo aprovecha para obrar en consecuencia. Cada peripecia tiene un antes y un después que ayudan a su plena comprensión. Durante un centenar de páginas asistimos a un ejemplo de cómo se desgranan las causas. Las patatas fritas de uno de los dos retoños del matrimonio siguen en el plato. Los cubiertos están su sitio y nosotros leemos los porqués de una hecatombe, sus indicios y el desarrollo hasta la explosión.
Lo que acaece a posteriori transforma la novela en un mixto muy bien hilvanado con claros tintes kafkianos desde una doble perspectiva. Ocurre que con Alessandro Piperno es fácil para el crítico jugar a las comparaciones con otros escritores del pasado. El entramado familiar, mimado hasta la extenuación, puede hacernos pensar en un Thomas Mann menor que quiere alcanzar la grandeza del teutón pasito a pasito, como si su singladura fuera un aprendizaje para alcanzar una cota similar a la de Los Buddenbrock. Otros mentaran a Philip Roth por la cuestión judía y las diferencias generacionales y muchos hablaran de la literatura de finales del Ochocientos y principios del siglo XX.
No irán errados, pero en la novela que analizamos Kafka es el termómetro que mide la temperatura de la estructura del sufrimiento. La metamorfosis está presente en la decisión de Leo Pontecorvo. En vez de querer mantener la unidad grupal vela hacia la cobardía y se instala en un sótano de la vivienda que simboliza su abandono que termina comportando el de los demás, meras sombras cavernarias para quien reside en las profundidades y observa el rechazo de sus seres queridos, mucho más importantes que los titulares de los periódicos y las noticias de los informativos de la noche.
Pontecorvo pasa a ser Samsa, insecto que en la superficie es devorado por las hienas que esperaban la flaqueza de la celebridad para hundirlo en la pocilga más asquerosa, en la mugre más abyecta. Se genera un sinsentido que es el de El proceso, con testigos que inventan pruebas inexistentes, antiguos aliados que quieren cobrarse venganza por naderías y sumas quiméricas que aparecen para quedarse en el agravio que incrementa la derrota del ermitaño del subsuelo, con esa escalera que separa su presente del pasado glorioso.
El escarnio y la lenta disolución de la realidad derivan hacia el delirio mientras la cotidianidad procede al aniquilamiento. La pérdida de una identidad para asumir otra se describe mediante una tensión que asfixia por agotamiento, con el cuentagotas accionado en la disección del cadáver que respira, víctima del sistema que lo ha encumbrado.
Entenderán que no desvelemos el final, sería injusto y además no se adecuaría a las mejores intenciones de Piperno, que deja en el tintero dudas por resolver. En los balbuceos de Persecución detectamos unos dibujos que, desde nuestra función crítica, son innecesarios. ¿Seguro? La estética los descartaría, no así la trama, que los incluye en vistas al futuro, a la segunda parte del díptico, donde descubriremos a quien pertenece la misteriosa voz narrativa que ha revelado los secretos del íncubo. Esperaremos.