lunes, 6 de mayo de 2013

El Hundimiento de Joachim Fest en Revista de Letras


El final como metáfora: “El hundimiento”, de Joachim Fest

Por  | Destacados | 6.05.13
El hundimientoEl hundimiento. Joachim Fest
Traducción de Carmen Gauger
Galaxia Gutenberg (Barcelona, 2013)
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La realidad de Adolf Hitler en abril de 1945 era un delirio subterráneo. A diez metros bajo tierra, en su búnker ambientado con sonido de ventiladores y máquinas, vivía sus últimos días tal como deseaba, con la locura por bandera y una atmósfera wagneriana que desde la interiorización mental proyectaba al exterior caos de destrucción. Tras él no debía quedar nada porque el pueblo alemán no merecía sobrevivir, no era digno de continuar en el camino de la Historia.
Esos últimos días el dictador reconoció algo que ya había intuido en noviembre de 1941: la guerra estaba perdida. La propaganda de Goebbels seguía con sus machadas de armas secretas y una imposible ruptura de los aliados, pero los dados ya no cambiarían su apuesta. El 20 de abril el Führer celebró su último cumpleaños. Engulló bizcocho compulsivamente y olió traición por todas partes.
Joachim Fest (foto: Galaxia Gutenberg)
Joachim Fest (foto: Galaxia Gutenberg)
La descomposición es algo normal cuando las tornas presagian debacle. Joachim Fest acierta al proponer una doble visión de los acontecimientos de aquellas jornadas, y es bien comprensible que su libro fuera una de las fuentes primordiales para la homónima película de Oliver Hirchsbiegel, porque los hechos narrados amalgaman lo shakesperiano del poder con la barbaridad de los inocentes que en las calles de la capital del Reich luchaban hasta el último suspiro, ajenos a los tejemanejes que se desarrollaban en el minúsculo reducto, postrer guarida del genocida y sus acólitos.
Hitler comprobó la fragilidad de un barco que se hundía al mismo ritmo que su cuerpo. El otrora vigoroso líder ya era una sombra de sí mismo. El Parkinson atenazaba sus movimientos y su voz era un susurro bien alejado de la potencia de esos mítines incendiarios cargados de retórica y efectismo. Para más inri, la inminencia de la catástrofe hizo que la mayoría de los fieles abandonaran la nave. Goering con ínfulas de sucesión,Himmler vestido de negociador con la ilusión de unir fuerzas contra los soviéticos, Speer con su astucia cobarde y los demás rendidos, entregados a la desazón entre alcohol, sexo y la desesperación de quien sabe de un punto y final ante el que nada se puede hacer.
Fest no se limita a desglosar las efemérides de la hecatombe. Experto en la materia, dedica varios capítulos a diseccionar la personalidad de Hitler, a quien considera un espíritu nulo. Las grandes civilizaciones de la Historia fueron conquistadoras para imponer un modelo. El tercer Reich no buscó en ningún momento una senda conciliadora. Su objetivo era aniquilar e invadir hasta la extenuación. Preguntó por la posibilidad de un ataque contra Afganistán e India si terminaba bien la masacre rusa, conflicto que sólo podía concluir en el campo de batalla. La paz no se contemplaba en su tablero carente de política. Rechazó negociaciones con Stalin en 1943. El afán de huir hacia adelante era demasiado fuerte. Llegado el ocaso se aferraba a fantasías de un ejército salvador que liberaría Berlín del cerco ruso. Esos hombres nunca llegaron para ayudar a los adolescentes con casacas y armas recogidas de los muertos que defendían el bastión nacionalsocialista, triste y ridículo colofón de un régimen que quiso durar un milenio.
Entrada trasera del Führerbunker, en el jardín de la Cancillería del Reich (1947) (Foto: Wikimedia/DP)
Entrada trasera del Führerbunker, en el jardín de la Cancillería del Reich (1947) (Foto: Wikimedia/DP)
Traición y miedo, mucho miedo que captaba la realidad con comunicados siempre más esporádicos por el corte de las comunicaciones. Mussolini murió el 28 de abril y la venganza partisana de Piazzale Loreto aceleró las últimas voluntades. El monstruo no quería terminar como su antiguo maestro, como esa nulidad con la que nunca debió haber pactado. Temía ser paseado por las calles de Moscú en una jaula, como los monos, por lo que tomó medidas para evitarlo. Pero antes decidió regularizar su situación conyugal conEva Braun. El hombre que en público declaraba no tener amoríos porque su esposa era Alemania se casó con su abnegada amante en una patética ceremonia en una minúscula habitación. Luego, consciente de su destino, esperó que el reloj se ajustara a la rutina suicida. El ejército rojo, que ignoraba la existencia del búnker, se encontraba a centenares de metros de su presa. Probó el veneno con su perro, vio que surgía efecto y procedió a despedirse de las secretarias y el nimio personal que aún permanecía en esa cárcel de la que sólo era posible escapar cuando el amo se quitara la vida. Un disparo. Silencio.
Portada del diario militar norteamericano The Stars and Stripes, con la noticia de la muerte de Hitler, 3 de mayo de 1945 (imagen: Wikimedia/DP)
Portada del diario militar norteamericano The Stars and Stripes del 3/5/1945, con la noticia de la muerte de Hitler (imagen: Wikimedia/DP)
Quemaron el cadáver para que no se pudiera exhibir. La gasolina se mezcló con el fuego de las bombas y repetiría su acción el primero de mayo con Joseph yMagda Goebbels, tan entregados a la causa que asesinaron a sus seis hijos para ahorrarles el dolor de un mundo sin Nacionalsocialismo, un lugar que Hitler quería ver yermo en sentido absoluto. Sin él ni Alemania, ni tierra, ni un atisbo de esperanza, y tan arraigada tenía esa idea que mandó, siguiendo su tónica aniquiladora, destruir cualquier elemento productivo o residencial para que el mañana fuera un desierto. Por suerte, se hizo relativo caso a sus instrucciones y el daño, ya de por sí increíble, no fue a más, aunque el aspecto de Berlín en mayo de 1945 era una calamidad, con más del 70% de los edificios medio destruidos y una espiral de crisis anímica inabordable, con el colectivo sedado en su vagabundeo, las violaciones como venganza y el porvenir cancelado entre ruinas y un pillaje masivo de ciudad sin ley.
La dentadura de Adolf Hitler fue localizada el cuatro de mayo de 1945 en los humeantes vestigios del búnker. Con el tiempo, fue trasladada a Magdeburgo, y ahí permaneció hasta que en 1970, para evitar más mitificación al incesante fluir de comentarios sobre la supervivencia del bigotudo criminal, los restos se dispersaron en las aguas de un río. Quien sabe si los peces cataron dientes de dictador nazi. Ochenta años después de su ascenso como Canciller de la extinta República de Weimar no está de más recordar los estertores de la bestia y el rastro que dejó. Su voluntad de sucumbir, su obcecación con despedirse dejando huella fue otra bala de su mira extraviada, egoísta en su empeño, nefasta en su ideología.
El hundimiento de Joachim Fest es imprescindible para quien esté interesado en la materia. La caída de Berlín de Beevor es más completo, Después del Reich de MacDonogh más exhaustivo, pero para iniciarse en la senda el volumen que ahora reedita Galaxia Gutenberg es un aperitivo sensacional. Eso sí: sólo para estómagos fuertes.