sábado, 4 de mayo de 2013

El coleccionismo o la llave del manicomio en Sigueleyendo






El coleccionismo o la llave del manicomio, por Jordi Corominas i Julián 


Hay destinos inevitables que no siempre se cumplen. Durante un momento, Luchino Visconti creyó que su última gran obra seria la épica adaptación cinematográfica de la Recherche proustiana. Reunía en su ser todos los ingredientes para lograr tamaña proeza. A su gusto por el detallismo se unía su reminiscencia infantil con el libro que quería adaptar. El director de Il Gattopardo era hijo de familia que unía lo mejor de la nobleza y la burguesía milanesa. En su casa la referencia era Francia, y las novedades aterrizaban en casa del futuro duque rojo casi al mismo tiempo que en el Hexágono. Por eso podemos imaginar al adolescente Luchino devorando los primeros novelas de la novela mientras su autor agonizaba en su lecho parisino.
Para llevar a término su sueño, Visconti ordenó al diseñador de moda Piero Tosi buscar localizaciones para la película. El hombre de confianza habló con supervivientes y expertos hasta dar con el mayor fetichista de Proust: Jacques Guérin, quien desde siempre había desarrollado un romance literario con todo lo relacionado con el autor de Albertina desaparecida. La enfermedad quiso que un día encontrara la fuente, permítanme ser cursi, del amor. Fue a curarse una apendicitis y resultó que el doctor era el hermano del ídolo. Le dejó ojear manuscritos originales y sólo hizo un extraño gesto cuando el entusiasta paciente le preguntó por si tenía un ejemplar de la primerísima edición de Por el camino de Swann.


Pasaron los años, y de repente, la suerte operó su efecto. Guérin, que trabaja medio a disgusto en una prestigiosa empresa de perfumes, fue a un anticuario y éste le comentó de un vendedor de objetos proustianos que volvería al cabo de veinte minutos. Los segundos transcurrieron lentamente hasta la llegada del mensajero, un personaje que jugó bien sus cartas al ofrecer su abundante mercancía a cuentagotas.
Poco a poco Werner y Guérin entablaron una amistad que al segundo, capaz de asistir a funerales de amigos de su dios para recabar información, le salió por un ojo de la cara. Lo más gracioso del asunto, que no desvelaremos porque El abrigo de Proust de Lorenza Foschini es un libro que merece mucho la pena, es comprobar como la prenda más buscada cae en sus manos de la manera más absurda.


El coleccionismo de Guérin es propio de una élite cultivada que al inicio de la era de la reproducción audiovisual aún conservaba el burgués apego por lo que envolvía un interior. Walter Benjamin habla en su libro de los Pasajes de París sobre la veneración que el siglo XIX sintió por fundas y estuchas. Ocultaban lo esencial. Una habitación y sus elementos configuran un retrato de su propietario sin necesidad de su presencia, como si muebles y utensilios mantuvieran el alma de su dueño.


Este tipo de coleccionismo era, es, exclusivo de un tanto por ciento muy reducido de población. La segunda mitad del siglo XX y la explosión de la cultura popular crearon nuevos fetiches más asequibles, que con el paso de las décadas aumentaron su valor en el mercado. La metamorfosis se generó por una gran reproducibilidad del merchandising y productos, desde entradas hasta fotografías privadas, que acrecentaban la mitomanía, globalizándola. Sin embargo, de lo público el fan puede surtirse a precios, aunque no siempre es así, relativamente asequibles, pero cuando se trata de cartas y otras perlas del catálogo la puja aumenta sin cesar. Pese a ello, los objetos conservan la textura de una civilización que alterna la modernidad del Novecientos con un aire ingenuo que aún huele a decimonónico. No ha caído el muro de Berlín y no existen los teléfonos móviles ni el e-mail.





En un mundo digitalizado la imagen ha sufrido un proceso de banalización. El otro día en una charla me enrollé como una persiana al comentar como en 1997 las imágenes mediáticas hilvanaban un doble discurso muy interesante. Por una parte está la muerte de Lady Di. Visto en perspectiva, el acontecimiento apunta a que por aquel entonces se llegó al paroxismo en la búsqueda de la imagen cotizada. Los paparazzi que perseguían a la princesa eran soeces guerreros de una cruzada para exponer trapos sucios en portadas de rompe y rasga. Al cabo de pocas jornadas acaeció el funeral y la depauperación del sentimiento colectivo para transformarlo en marketing se consumó entre canciones de Elton John e instantáneas con flores al lado de una reja. Las postalitas hicieron el resto.


Durante esas fechas la figura más presente en los telediarios era Juan Pablo II, un Papa al que supuestamente quería todo el mundo porque tenía el don de la telegenia y viajaba mucho para amortizarlo. De santo no tenía un pelo, y además era calvo. Fue el cuerpo que propagó una doctrina de dolor a través de su decenal agonía en directo, estímulo de lo políticamente correcto, con el padecer encumbrado hasta su muerte, que exhibe la otra cara de la moneda. Las colas para ver su cadáver fueron legendarias, tanto que hasta el hermano de una ex novia con restaurante al lado del Ponte Sant’Angelo se hizo rico en menos de una semana, tanto que lo más destacado de la infinita hilera de devotos era el flash de cámaras digitales y teléfonos móviles que querían inmortalizar al difunto obispo de Roma, que en su capilla fúnebre comprobaba como el éxito en vida de transmitir una identidad archireconocible conllevaba en su adiós la banalización absoluta de la muerte a través de píxels i clicks. Ratzinger, que es muy inteligente, se va antes del escarnio de la degeneración y la guinda de instagram postmortem.

El debate sobre estas lides alcanzó su conclusión esta mañana. Había quedado con unos alumnos para visitar la exposición Obra-Colección en Foto Colectania. Comisariada por Joan Fontcuberta, es una reflexión que da una vuelta de tuerca a la idea de colección desde un concepto donde el exceso de serializaciones de la cotidianidad mediante la imagen alcanzan cotas absurdas, lo que muta el cómo y el porqué de la acumulación, perfecto mostrador para destapar lo ridículo de nuestra era. El conjunto de obras de estas colecciones concretan propósitos muy distintos a los de sus teselas, que pueden provenir de un sinfín de anónimos que con sus acciones fomentan, gracias a la democratización que cancela del mapa lo único, un bucle galáctico donde la taxonomía se estructura en carpetas que almacenan fotos. En estos archivos, que en la exposición son álbumes, seguro que encontraríamos la típica puesta de sol, que en un panel central se repite en un centenar de ocasiones. La hilera de ocasos con parejas, palmeras y el mar es cruel al guillotinar la esperanza de tantos homos sapiens empecinados en captar su momento único, igual para todo el rebaño, homologado como ya advertía hace más de tres décadas Pier Paolo Pasolini.



En el piso de arriba del diáfano espacio otras series aumentan el miedo a nuestra imbecilidad. Un chaval norteamericano se retrata con una cascada de famosos. A medida que avanzan las imágenes percibimos la evolución física del chico, empecinado en su hobby, magnífico para su ego, demencial por su significado de Babilonia con muchos santos paganos a encumbrar a los altares. Son una mezcla entre los quince minutos de Warhol y la verdadera celebridad, pero son vacuos, nimios, sombras que el revelado solidifica.
La selección de Fontcuberta termina con ironías de Martin Parr y una serie de pésimos intentos de sacar digno a un perro negro, que sólo sale bien cuando su amo satura la luz. Esos desechos son, vuelve otra vez Walter Benjamin, son los desechos que alimentan al trapero que puede ser un artista del siglo XXI, recopilador de descartes a los que infunde un nuevo sentido.

Eso lo decía el filósofo alemán. Mi opinión es que sí, puede ser. Sin embargo, creo que los retales siempre han existido en el panorama y que lo que complementa estos recortes que juntos configuran un rompecabezas llamado obra es el hecho que ahora es harto complicado algo que sea único, por eso el desafío es mayor. Es como paragonar la colección proustiana de Guérin y las puestas de sol de millones de amateurs en el universo líquido carente de papeles, salvo en el caso de Bárcenas, padre del neodadaísmo riéndose de la realidad sin importarle tres pepinos que salte la banca, y Kalise para todos.

El bibliófilo galo vendió casi toda su colección y no la cedió al Estado. Era como si hubiera entendido la dispersión del presente por exceso. Sólo donó al Museo Carnavalet de París las piezas que sirvieran para reproducir fidedignamente la habitación de Marcel Proust, el santuario. Lo sublime desde una subjetividad que si ha digerido el pasado debe enfocar sus miras a aprehenderlo en el presente para que los cromos no sean tan de McDonald’s y la brújula abandone el manicomio.