martes, 28 de mayo de 2013

Diálogo con Iván Repila en Revista de Letras

Diálogo con Iván Repila, por Jordi Corominas i Julián

Por  | Portada | 28.05.13
El jueves veintitrés cogí un avión para ir a Bilbao, presentar Loopoesía e irme al día después tras entrevistar a Iván Repila. Nos conocimos una vez en Barcelona, un visto y no visto en el Giardinetto, con ambos en precarias condiciones tras una ingesta masiva de alcohol tras acudir a presentaciones literarias, lo que hacía que en mi caso recordara poco o nada de ese momento, pero las nuevas tecnologías han hecho que, con el tiempo, entabláramos amistad, potenciada después de esas breves e intensas veinticuatro horas en la capital de Vizcaya.
Iván acudió a Loopoesía y luego llegó el delirio. Charlamos toda la noche, terminamos en un antro de mala muerte, del que no diremos nada porque hay glorias que conviene guardar para la privacidad de dos pésimos cantantes, y a la mañana siguiente quedamos para tomar unos pinchos y compartir paseos por la ciudad. A eso de las cuatro de la tarde entramos en un bar, pedimos a la encargada que baje la música y procedemos a cambiar, sólo un poco, el registro para que el diálogo tenga el tono que requiere toda charla con vistas a ser publicada en una revista, como es el caso.
Iván es un escritor que, a diferencia de muchos otros, sorprende porque sus dos novelas, ambas editadas por Libros del Silencio, no se parecen en nada. Una comedia canalla es un delirante viaje entre marihuana, pistolas, americanos justicieros, bandas, taxistas y niños demasiado inteligentes en el crimen. El registro humorístico de su debut vira y desaparece con El niño que robó el caballo de Atila, donde las astracanadas con sentido desaparecen y la prosa adquiere un tono íntimo acorde con la trama, reforzada por una estructura minimalista, austera desde ese pozo en el que dos hermanos luchan por salir a la superficie.
La chica nos hace caso. La música, una estupenda selección de clásicos populares, disminuye su volumen y enciendo la grabadora.
Iván Repila (foto: Libros del Silencio)
Iván Repila (foto: Libros del Silencio)
Entre Una comedia canalla y El niño que robó el caballo de Atila el cambio de registro el cambio estilístico y temático es radical. ¿Es querido?
Sí es querido, pero no lo busqué para que El niño que robó el caballo de Atila se distinguiera de Una comedia canalla. Todas las personas tenemos momentos serios y cachondos. Hay circunstancias que generan registros. En la vida nos ponemos máscaras en función del contexto, y eso se traduce también a la hora de escribir. En un momento concreto nos sentimos más animados para un determinado estilo o para contar una determinada historia. En el momento de Una comedia canalla pensé algo para animar a las tropas, para reír, y con ese espíritu escribí mi primera novela. Con El niño que robó el caballo de Atila quizá llegué a un momento más serio, melancólico e introspectivo, de analizar mis problemas personales, miedos y carencias, lo que me llevó a componer un libro totalmente diferente.
Y mucho más intimista.
Sí, pero creo que todos somos capaces de tener muchas caras distintas.
Tenemos mil yoes. Cuando leí Una comedia canalla pensé en una herencia cinematográfica de nuestra generación que va desde Tarantino hasta Guy Ritchie pasando por Trainspotting. Un escritor debe tener está multiplicidad de registros y beber de muchas fuentes.
Y no sólo un escritor. La literatura permite que exista Una comedia canalla, que sí, es muy cinematográfico: la descripción es escasa, la construcción de personajes es breve y sobre todo hay una circunstancia de acciones y acontecimientos que van superponiéndose uno detrás de otro y crean una velocidad. Esto es una herencia muy cinematográfica y también de una literatura de humor. Al mismo tiempo la literatura te permite inventar un libro donde la acción brilla por su ausencia y los personajes están desgranándose en lo subjetivo todo el tiempo a través de lo que ocurre, casi siempre, en sus cabezas, como sucede En niño que robó el caballo de Atila.
En Una comedia canalla puedo detectar influencias, pero en El niño que robó el caballo de Atila son más difíciles de detectar.
¿Tú crees?
Yo creo que sí. ¿Qué modelo tomaste?
Sería incapaz de mencionar un modelo. Puedo entender que otros busquen influencias. Algunos la han relacionado con Agota Kristoff, sobre todo con El gran cuaderno por lo de los dos hermanos y los capítulos breves. No soy bueno poniendo referencias.
Ningún escritor es bueno poniendo referencias. Existe la coincidencia de un cierto aire con Intemperie de Jesús Carrasco.
Pero eso ha sido sin querer, y los dos libros una vez terminados no tienen nada que ver.
Y además es imposible que ambos os influenciarais  porque los libros salieron al mismo tiempo y no os conocéis personalmente, pero las épocas producen estas coincidencias en el arte.
En todo caso sería una coincidencia formal, de una austeridad que coincide en circunstancias concretas y produce una conexión. La exuberancia del lenguaje de Carrasco y la ejecución técnica de Intemperie son cuestiones que en nada tienen que ver con El niño que robó el caballo de Atila.
El niño que robó el caballo de AtilaA nivel técnico la estructura de El niño que robó el caballo de Atila es fundamental, y marca de manera clave el tempo narrativo. Supongo que cuidaste bastante este aspecto.
Sí, me llevó meses de trabajo, porque al ser un libro breve tuve que ser muy meticuloso en encajar sentidos y extensiones. Lo trabajé mucho con Gonzalo Canedo y Marc García. Queríamos que el libro sonara muy afinado.
Y con la brevedad puedes generar más lirismo.
Sí, y es una poética buscada. Al empezar a escribirlo sabía que necesitaría una carga poética muy fuerte, con un uso potente de metáforas e imágenes, que bien usadas generan enlaces mentales con el lector. Mientras escribía quería que el texto contara una historia y generara historias paralelas, por lo que consideraba importante conseguir chispazos de imaginación a partir de imágenes con una potente carga simbólica. De este modo el lector en su cabeza crea imágenes propias que despiertan en él paralelismos.
Y eso exige concreción, porque de otro modo esa potencia desaparece.
En Una comedia canalla las imágenes eran más del habla popular, el texto no solicitaba poesía, pero En el niño que robó el caballo de Atila la necesitaba.
Y en Una comedia canalla se produce un encaje generacional, hay locura imposible que en algunos matices podría producirse en la realidad.
Todos los de nuestra generación hemos pensado en poder hacer determinadas cosas que ocurren en la novela. Tiene verosimilitud inverosímil. Los acontecimientos narrados son pura exageración, pero en una noche puede pasar cualquier cosa.
Y en este sentido las exageraciones ahondan en algo, lo he comentado en algunas charlas con Manuel Vilas y Laura Fernández, que escasea en la literatura española reciente: el humor.
Creo que eso sucede porque un defecto español es que estamos retrasados en lo de reírnos de nosotros mismos. Una vez pierdes la vergüenza y aprendes a reírte de ti mismo puedes aprender a desarrollar un humor más universal, que por ejemplo los británicos consiguen sin problemas. Lo de tomarnos demasiado en serio es una problemática social española.
Que se agrava si hablamos de lo literario.
Es mucho peor. No sé los motivos, pero el escritor español se toma demasiado en serio, como si estuviera tres metros por encima de los demás, y eso es un problema para hacer reír.
Y en Una comedia canalla ese paradigma se rompe.
Claro.
Además el escritor es irrelevante a nivel social, no tiene sentido tomarse en serio. Nadie reconoce a Marsé o, por poner un ejemplo más mainstream, a María Dueñas.
Es verdad. Yo creo que nuestra generación está perdiendo la suficiencia de antaño. La escritura es un tema muy serio, pero otra cosa es la capacidad de tomarse en serio a uno mismo.
Y nuestra generación tiene que mostrar una normalidad del escritor.
Seguramente. Nosotros hablamos mucho por Twiter y existe esa normalidad, no hay ningún tipo de divismo, ni importa la editorial donde publiques. Todos nos comportamos como si estuviéramos en la calle.
Sacas a colación el tema de las editoriales independientes.
Que en muchos aspectos han cambiado algún que otro paradigma en la literatura española.
¿Cómo llegaste a Libros del Silencio?
A las bravas. No tenía ningún contacto en el mundo editorial: ni enchufes ni padrinos. Vivía en Madrid, trabajaba diez horas diarias y al terminar Una comedia canalla imprimí el manuscrito y seleccioné cuarenta editoriales. Imprimí los manuscritos de cinco en cinco, mandé la primera tanda un jueves y poco después Gonzalo Canedo me llamó. Me dijo que se reía mucho con la novela y mostró su interés por publicarla. Al cabo de un par de días confirmó la oferta y así surgió. ¿Ves? Todavía existe la posibilidad de publicar sin padrinos en España.
No creo que haya necesidad de un padrino.
En los comentarios anónimos de determinados blogs es una creencia arraigada.
Pero muchos de estos comentarios en blogs muestran una ignorancia bastante profunda en muchos temas.
Pero muchas veces cuando el río suena agua lleva. Mucha gente se habrá dado mil y un cabezazos con las editoriales.
Sí, pero en muchos casos es una cuestión de cómo gestionas tus recursos y analizas tus posibilidades.
Sí. A ver, ahora al tener publicadas dos novelas conozco a más personas en el mundo editorial y tengo más posibilidades de encontrar acomodo para mi tercer libro. Mis circunstancias han cambiado en ese sentido. Quizá ahora me resulta más sencillo que llegue a unas manos que considere interesantes.
Con Libros del Silencio se produce una relación clásica entre escritor y editor, parece que existe una fidelidad mutua y un trabajo tradicional del editor, que aconseja al escritor y mejora el manuscrito.
Con Gonzalo Canedo tuvimos desde el principio un feeling muy fuerte. Hasta su muerte hablábamos todas las semanas. Desarrollamos una relación de amistad. Gonzalo se convirtió primero en mi editor y luego en mi amigo. No sólo hablábamos de libros. Siempre estuvo muy atento y  me sugería mejoras que en ocasiones aceptaba y otras veces rechacé, siempre desde la premisa que el autor es el que manda.
Hay mucho tipo de editor, algunos tienen este esmero y otros son directores de marketing, pero la que cuentas es una relación casi de otro tiempo.
Inmejorable. Ni en mis mejores sueños. No sé si en el futuro cómo será, pero mi editor para siempre, aunque ya no esté entre nosotros, será Gonzalo Canedo.
Volvamos a tus dos novelas. ¿Cuál de ellas determina el rumbo de tu carrera?
No creo que sean dos rumbos distintos.
Hay la coherencia de la diversidad.
Mi tercera novela no se va a parecer a ninguna de las dos anteriores. Luego ya veremos. La literatura te lleva por caminos imprevistos.
El crítico suele analizar la carrera de un escritor y busca similitudes en los textos en una trayectoria. Una crítica fácil es, sobre todo en escritores consagrados, que cada libro es una pequeña variación del otro.
Pero precisamente yo no soy un escritor consagrado.
Sí, pero también en la obra de escritores jóvenes se dan coincidencias entre libros, es parte de una evolución literaria. Sin embargo, en tu caso concreto hay censuras brutales en el uso del lenguaje y hasta en el estilo.
Algunos en mi caso han hablado de doble debut. Hay que pensar las razones de tanta diferencia, e insisto en que no es algo buscado. Con El niño que robó el caballo de Atila  fui encontrándome el texto por el camino. Estaba en un momento de mi vida donde necesitaba escribir de ese modo y contar la historia de esa manera.
Una comedia canallaEn Una comedia canalla necesitabas animar a las tropas, pero en El niño que robó el caballo de Atila te encuentras con un tono más crítico, sobre todo en ese final, que se puede interpretar como una revuelta contra lo que está pasando ahora mismo.
Mi tesis es clara: cualquier revolución pasa por una revolución interior. Un sector de los lectores ha visto más reminiscencias de conato social. En cambio otros la han encontrado más existencialista y la contemplan desde una óptica de revolución interior.
Algunos la han comparado con Beckett.
Sí, lo han comentado por el teatro del absurdo. También han hablado de Albert Camus, que sí está presente en el texto. Pero el hecho de que toda revolución pasa por una revolución interior es clave.
Eso define mucho mejor más las cosas.
Hablemos de cosas que pasan hoy en día. El 15M ha triunfado hasta cierto punto, tuvo su chispazo de fuerza pero los bancos y los gobiernos hacen lo que hacen. Estamos igual o peor que hace dos años. Las redes sociales permiten que nos comuniquemos y nos enteremos de las cosas. Hay una manifestación a esta hora, venga, vamos. Las verdaderas revoluciones sociales de la Historia se han producido porque antes existió una revolución interior en las personas. Ahora se reúnen las condiciones para que eso suceda, pero no ha pasado con el 15M. Parece que las personas ahora se suscriben a unas revoluciones cómodas. Vas tres horas a una manifestación y luego te vas de copas. Son revoluciones superficiales que no suman nada. Con El niño que robó el caballo de Atila quería decir que si queremos cambios en el mundo hace falta que primero nos revolucionemos nosotros porque así podremos dar el siguiente paso.
Estoy muy de acuerdo con lo que dices. Además la gente piensa que una revolución es como un suspiro que cambia el estado de cosas. Las revoluciones son procesos que duran años, y en El niño que robó el caballo de Atila
Se ve el proceso.
Sí, pero está el capítulo donde el hermano pequeño balbucea porque pierde el viejo lenguaje para adquirir el nuevo, eso es la culminación de un proceso.
Y lo has pillado estupendamente. Esa era la idea del capítulo que mencionas.
Para poder transmitir una paz exterior tienes que conseguir tu paz interior.
O todo lo contrario.
Una coherencia o una lucidez, porque para protestar tienes que tener una lucidez, que enEl niño que robó el caballo de Atila exhibe el hermano pequeño.
A partir de esa lucidez toma determinadas decisiones que llevan al final del libro. Cuando cambias puedes empezar a cambiar el mundo que te rodea, no como en las revoluciones de pacotilla de nuestro tiempo, revoluciones de tres horas.
Fichar en la revolución.
Como colegas que iban a Sol a ver a las chicas porque las revolucionarias eran muy guapas.
Se usa con demasiada facilidad la palabra revolución.
Ahora es una marca. Suma revoluciones interiores y llegaremos a la otra, y sucede sin querer.
Es el tópico actual del cabreo colectivo, que no llega.
Y se piensa porque antes pasó. No estamos en un momento de calma, padecemos zozobra espiritual.
Lo interesante es plantear cuestiones como estas, éticas y políticas, sin necesidad de ser explícito como en novelas actuales que usan la crisis y la mencionan de manera literal.
Con nombres y apellidos de personajes reales. Eso circunscribe tanto el hecho literario que hace que la transmisión de determinadas ideas pierda fuerza. Si podemos elevar la apuesta y logramos que la metáfora levante chispazos de imaginación llegaremos más lejos.
La toma de conciencia. En las dos novelas sí que encuentras varias tomas de conciencia.
Hay gente que dice que Una comedia canalla no es literatura. Estoy en desacuerdo, y además suelta hachazos que son de reír para no llorar.
Menos que cero de Easton Ellis también mostraba la decadencia, muy a la americana, desde la juventud.
Usó y abusó de eso.
Los contextos no son comparables, pero las novelas de jóvenes que van hacia el abismo pueden enfocar la cuestión desde mil maneras distintas.
La literatura es libertad, podemos hacer lo que queremos, y siempre he creído que vivimos en el mejor de los mundos posibles, que hace veinte años estaba peor, vamos ganando pese a momentos de retroceso. Al vivir en el mejor mundo posible la libertad creativa es alucinante.
La literatura no debe encorsetarse como puede ocurrir en mucha poesía, que no cambia desde hace siglos. La literatura es un campo de juego brutal.
Y de batalla. Puede gustarte más lo que hace Fernández MalloJordi Corominas o Valente. También puede no gustarte, para gustos los colores. La literatura es conmoción, es el impacto emocional que te provoca.
La literatura debe despertarte estas emociones y sensaciones. Antes hablábamos del 15M y decíamos que en algunos momentos ha sido más una revolución de pasarela. En la literatura reciente en algunos casos la fachada también se ha impuesto. ¿Crees que volveremos a una ética y una honestidad lógicas?
Sí, pero es que la literatura tiene que ser honesta siempre, y sólo la honesta tiene importancia, perdura y mueve y remueve la conciencia del lector. La otra es mero entretenimiento. Toda forma de arte tiene que tener ese principio, lo más peligroso para un autor es engañarse a sí mismo.