domingo, 12 de mayo de 2013

Por un museo del Paralelo en El Molino




Por un museo del Paralelo en el Molino, por Jordi Corominas i Julián

Los periódicos del fin de semana han informado de la crónica de una muerte anunciada. El molino, la emblemática sala del Paralelo, suspende pagos con deudas de quince millones. El teatro, que abrió sus puertas en 1899 con el nombre de la pajarera catalana, es un símbolo vivo de Barcelona, vieja gloria del esplendor pretérito de una avenida que en su momento más brillante aunó treinta salas de espectáculo en tan solo seiscientos metros.

Las aspas de su fachada, erigidas en 1929 por el arquitecto Josep Alemany i Juvé, respondían a una pretensión de la Ciudad Condal, que siempre quiso ser la París del sur. El Molino se llama así porque después de la guerra el régimen franquista eliminó de su nombre el rojo que era demasiado comunista para la mentalidad carpetovetónica de los vencedores de la Guerra Civil, tan memos que no pensaron que respondía a un símil ridículo con el famoso Moulin rouge de la capital francesa.

El establecimiento cerró sus puertas por vez primera en 1997. Fue un resistente heroico, un epígono de un tiempo superado. A partir de la década de los sesenta del siglo XX se hizo inevitable el cambio de paradigma. De nada servía la excitación del liguero, la picaresca y la canción subida de tono. La televisión, el cine y un erotismo más accesible hicieron que salas como el Cómico clausuraran la magia, un poco como acaece ahora con los salones de juego con sus vetustas tragaperras que aún pueden contemplarse en la calle Pelayo o en la zona donde antes brilló el viejo Apolo con su teatro, el bar y el parque de atracciones.

La idea de resucitar el éxito de esa arteria popular era quimérica, una utopía que demuestra falta de previsión, escasa imaginación y una tendencia a lo fácil que luego se vuelve complicado por la cruda constatación de la realidad, pura y dura. Elvira Vázquez quiso recuperar la leyenda con un trasvase de músic hall al burlesque. Los espectadores eran escasos y los trabajadores demasiados. The show must go on, sí, pero con cordura, no con fuegos artificiales de ruina. El aumento del IVA cultural, esa guillotina que el gobierno del PP ha impuesto para desmontar la cultura, ha hecho el resto, pero si el cadáver flota en el río es por la inconsecuencia de un optimismo que no ha vislumbrado en ningún momento la lógica como punto de partida, y eso vale tanto para la empresa privada como para el Ayuntamiento de Barcelona, que perdió la brújula y ni se preocupa en buscarla.

Los vecinos no saben quien es el propietario del solar del Talía, incendiado a finales de los ochenta. ¿Chinos o autoridad municipal? Los vecinos alucinan con la degradación del otrora triunfal Arnau, comprado a propietarios de ojos rasgados en los compases finales del gobierno de Jordi Hereu.

¿Y la avenida? Es un precioso caos repleto de bares, variopintos estilos arquitectónicos, personajes más que singulares y un barrio, El Poble Sec, que sí renace gracias al empuje de comunidades de inmigrantes y una población que ha dinamizado su tejido en una mezcla de novedad y tradición. Sin embargo, el Paralelo adolece de falta de infraestructuras y de nula previsión. Si se le tratara como merece tendría un tranvía que lo haría más ecológico y uniría con afán de crecimiento dos zonas claves de Barcelona, dos enclaves que llenan las arcas como son La Fira de Barcelona y el Puerto. ¿Es tan complicado?

Me dirán que la crisis lo imposibilita, no hay dinero, aunque sí que existe una voluntad de alterar su Historia obrera, como demostró la administración Trías al cambiar la placa del Passatge de la Canadenca para que la gente no recordara la huelga de 1919, una de las más impresionantes de la Historia europea. Las propuestas deben partir de una idea creativa, no del lamento.

Si en estos años han desaparecido librerías como la Catalonia y otros sitios que tuvieron importancia es por la mala gestión de los mismos y porque la rueda gira con eterno afán metamorfoseador. En el caso del Molino es evidente que la apuesta ha fallado.

En otoño de 2012 el CCCB organizó una exposición, notable en muchos aspectos, dedicada a glosar la Historia del Paralelo de 1894, cuando abrió sus puertas el Teatro Arnau, hasta 1939, cuando la Guerra Civil anuló la noción de vínculo de la avenida, que desde entonces padece con más pena que gloria. Dentro de mi aspiración de un nuevo Paralelo sería interesante considerar la posibilidad que el Ayuntamiento tomara cartas en el asunto y decidiera montar un Museo de la avenida en el Molino. El espacio tiene el espacio y la capacidad para ser una magnífica sede que albergue la multitud de anécdotas, objetos y elementos del mito, que debe subsistir porque perder la memoria es una plataforma para cometer errores sin cesar.

Lanzo la idea sin mucha esperanza. Soy guía de Barcelona para catalanes, y con mis alumnos observamos que gran parte del patrimonio oculto del modernismo, el que no fue construido por grandes nombres, está descuidado, como si los que mandan quisieran privilegiar pocas casas que sirven para potenciar una imagen concreta, una pizca de pasado que baile junto a las piezas modernas que alumbran el parque temático en la confrontación de BCN, lo que quieren los de arriba, y Barcelona, nuestra ciudad, la que nos legaron nuestros antepasados.

Resucitar con tino, fundar un museo del Paralelo en el Molino y esperar que alguien actué con coherencia para dar fuerza al muerto, sepultado sin considerar que antes se fundía con la Rambla con naturalidad, generando riqueza económica y popular. Más que operaciones de fachada necesitamos actos que dignifiquen lo ciudadano y conviertan la urbe catalana hacia una dignidad que le robaron con cínico descaro. Raquel Meller desde su púlpito pide consideración. Lo hace en nombre de todos, por el bien y el sentido común.