jueves, 8 de abril de 2010

El cielo se cae de Lorenza Mazzetti en Revista de Letras




La ilusión y el llanto, El cielo se cae de Lorenza Mazzetti por Jordi Corominas i Julián



En todo relato mayúsculo con nazis hay un piano. Ese instrumento indica el fin de la armonía y vira los engranajes hacia la tragedia. En La lista de Schindler una memorable escena de muerte y desalojo tiene al gran señor racional de las teclas bicolores como fondo, con su intensidad en medio de la barbarie y la masacre. Otra película con nombre del profesional que toca ese artilugio mágico exhibe su trascendencia como metáfora en el paso de la normalidad a la ruina, como si la posesión del preciado creador de sonidos fuera la clave que rige los mecanismos transformadores de lo bueno hacia lo malo. En El cielo se cae de Lorenza Mazzetti su presencia parece una anécdota, pero no lo es. Penny, niña que nos encanta por la pueril clarividencia de sus reflexiones, observa desde el jardín como un apuesto alemán toca el piano de su tío, enamorada de la melodía, lo ario del intérprete y la majestuosidad del uniforme alemán. Su inconsciencia la convierte en ignorante de la importancia del acto, pero un lector avispado podrá entender en esa efeméride el principio de un fin anunciado desde la primera página de una novela emotiva, bien hilvanada y cargada de detalles que la equiparan con muchas de las grandes obras transalpinas del siglo XX que se transportaron del papel al celuloide, aspecto nada sorprendente si revisamos la biografía de su autora, miembro activo en los primeros pasos del Free cinema británico y colaboradora, ya de retorno a su país natal, del guionista fundamental del neorrealismo, Cesare Zavattini, nombre imprescindible para quien quiera amar y conocer el séptimo arte italiano y su incomparable revolución tras el último conflicto bélico que asoló Europa de la mano de Adolf Hitler y ese bufón circense llamado Benito Mussolini.


Un relato alegre encaminado al drama: Federico Fellini y Ana Frank piden la palabra.


Mis queridas contraportadas vuelven a la carga. Normalmente me decepcionan. En esta ocasión doy la razón a quien la preparó y aplaudo la selección de sugerencias, pues esa es la función que debería tener en cualquier volumen que merezca llevar tal nombre, informar con tino y hacer que la experiencia de abrir el libro se convierta en un posible juego que motive a quien se preste a devorar su contenido. Se nos informa del placer que sintió Federico Fellini con la obra de Mazzetti, y con el transcurrir de las páginas nos resulta harto comprensible; El cielo se cae tiene un indudable aire amarcordiano, éter que destila el anacronismo de la ingenuidad pérdida desde la escuela hasta el desencanto que cierra las puertas de la infancia y desplaza la escena a una nueva dimensión adulta. Hago un esfuerzo y recreo en mi cabeza filmes de la memoria del genio riminés. En Roma recuerdo un pase de diapositivas sobre la historia de la Ciudad Eterna. De repente irrumpe, casi estalla, la imagen de una mujer desnuda. Todos ríen. Saben que alguien será castigado. Una situación similar inaugura El cielo cae. Penny es una víctima del sistema. Todos sus materiales escolares van acompañados de la imagen del Duce, pues en tiempos carentes de televisión ése era el modo perfecto para que los ciudadanos se familiarizan desde jovencitos con la figura hegemónica del Estado fascista. Tanta presencia del dictador tiene sus consecuencias en la joven cabecita de la protagonista. Una noche une las dos obsesiones de los mayores de la época y, sin quererlo, enciende la mecha cuando en plena clase confiesa a su maestra que en un sueño se le ha aparecido la virgen calva. ¿Un precedente de Ionesco? No, una lógica asociación de martilleo que la docente juzga escandalosa. En la casa de la niña demora el demonio, y está presente en todos sus familiares, acaudalados extranjeros que residen en la Toscana ajenos al fanatismo del período, tranquilos en su Villa, donde conviven en paz con los campesinos empleados en las labores de mantenimiento.

Penny es huérfana y sus tíos la han acogido como si fuera su hija, castigándola puntualmente con la repetición de frases para que aprenda y dejándola en la libertad de la niñez para que descubra poco a poco todos los entresijos de la existencia. La chiquilla piensa, tiene dudas, se aventura a hallar luz en las actitudes de los mayores y recorre la campiña a la búsqueda del conocimiento, algo que la narradora muestra con sutileza a través de pinceladas definitorias que generan al lector empatía con la protagonista, quien obsesionada por la reprimenda de su profesora descorchará la botella de una ridícula expiación religiosa, embarcándose en delirantes absurdidades de sufrimiento que se toma muy en serio. Surge la carcajada, nos tronchamos y callamos, porque pese a lo entretenido de sus peripecias sabemos que el drama se avecina a marchas forzadas, y así lo corroboran ciertos símbolos malditos y las menciones al devenir histórico con la destitución del Duce el 25 de julio de 1943 y la invasión nazi de la Península Itálica. Para Penny la llegada de los enemigos a su hogar es una celebración por movimiento y novedad, un recurso más para ampliar su caudal de infinita curiosidad. Es una niña bien educada y hasta invita a una peculiar comida al jefe teutón, del que no puede sospechar nada malo ni en las partidas de ajedrez que entabla con su tío, duelo de enroques, reyes y caballos que inevitablemente nos traslada al bergmaniano El séptimo sello, el caballero contra la muerte en una partida por la supervivencia. La suerte está echada. La cuadrícula no se limita a sus 64 casillas porque el tablero es mundial y los lances del juego vienen determinados por un científico judío que se exilió del Reich. Hitler no pudo acabar con Albert Einstein, por lo decidió terminar con su familia, de ahí que Curzio Maltese compare la espléndida novela editada por Periférica con El diario de Ana Frank, al contar ambas lo abominable desde ojos tiernos que sólo habían empezado a acariciar la tierra, siendo la gran diferencia que Penny pudo seguir paseando después de 1945 y emprender una próspera carrera en el celuloide, lo que no pudo ni siquiera atisbar la malograda adolescente holandesa, fallecida poco antes del punto y final marcial, cuando los cañones ya estaban cansados y las banderas clamaban ser blancas.




La sinceridad en el relato de la Resistencia: mezcla de Clío con lo personal.

Penny no es un personaje inventado, y ello refuerza su hechizo, su encantadora forma de explicarnos las cosas, que sólo flaquea al final, cuando la prosa parece adquirir ecos del neorrealismo literario, desde Pavese hasta Vittorini pasando por Moravia, autores que escribieron sus mejores novelas sobre la Resistencia cuando pusieron en el asador carne narrativa y personal, tal como sucede en Il compagno, Uomini e No o La ciociara, libros que emocionan porque en ellos hay partículas invisibles que tocan directamente nuestra fibra al estar escritas desde el sentimiento, que es lo mismo que sucede en El cielo se cae, que gana peso precisamente por ser la crónica que honra a seres queridos que desaparecieron en el marasmo, individuos inocentes que tuvieron la mala suerte de padecer aquellos feroces años de racismo, fuego, intolerancia y genocidio. Ya que hemos mencionado películas, quisiera acabar mi reseña con otro recuerdo fílmico. La paz llegó a Italia el 25 de abril de 1945. En Novecento de Bernardo Bertolucci los campesinos se reúnen, ondean la gloriosa bandera roja y cantan himnos partisanos. El espectador, tras seis horas de metraje, se conmueve y llora. Penny reía mientras entonaba canciones fascistas. Hay humores que derivan en tragedia, son antesala de llanto y no quieren engañar a nadie, simplemente ejercen su función en ese teatro llamado Historia que nunca cierra el telón y prescinde de guionistas de postín porque se vale solo para desbaratar lo que parecía ordenado y estable. Lorenza Mazzetti sufrió y tuvo el valor de contárnoslo con honestidad, brillantez y un inusual aplomo, porque desvelar que el piano cambió de dueño a lo largo de una lenta agonía requiere mucha solvencia narrativa y un valor extremo en lo personal que hace de su novela un escalofriante testimonio que ya figura con letras de honor en mi estantería.



El cielo se cae. Lorenza Mazzetti
Traducción de Francisco de Julio Carrobles
Periférica (Cáceres, 2010)

6 comentarios:

Francisco dijo...

Sólo señalar que la traducción del libro que tanto os ha gustado (es decir el texto que habéis leído) ha sido realizada por
FRANCISCO DE JULIO CARROBLES
(en nombre de la ACTT y para paliar de alguna manera la invisibilidad a la que la mayoría de vosotros comentaristas, críticos o lo que se sea, sometéis a los traductores en general.

Jordi dijo...

No creo que un comentario tan indignado, críticos o lo que sea, sea justo, en la entrada de Revista de Letras sale quien es el traductor, siempre sale, si aquí no está es por un despiste de quien escribe

Jordi dijo...

Espero que ya estés contento,pero repito,tu tono no me parece el más adecuado. Respeto mucho el trabajo de los traductores, haz lo mismo con el de los críticos, tampoco cuesta tanto

Francisco dijo...

Siento que lo que sólo pretendía ser una pura reinvidación haya parecido una salida de tono (tampoco tan indignado, hombre) Creo que la culpa es de ese "lo que sea" que se me ha colado, pero que de ningna manera pretendía ir en detrimento de nadie. Sí así lo parece, insisto, pido disculpas.

Jordi dijo...

Disculpas más que aceptadas Francisco, además,pero no todo cabe en la crítica, felicitaciones por la traducción,de verdad


Un abrazo

Jordi

Francisco dijo...

Gracias, Jordi por tu buen talante.
Y perdonadme esa "reinvidación" que está, por supuesto, por "reivindicación"
Un abrazo.