sábado, 3 de abril de 2010

La vuelta al mundo en 72 días de Nellie Bly en Revista de Letras




Bellos disparates en la frontera: “La vuelta al mundo en 72 días”, de Nellie Bly por Jordi Corominas i Julián


Aquí estoy soy Rigodón, yo Tico el campeón, yo soy Romy, dulce y fiel, y vivo enamorada de él. El malo era Transfer y su ojo de cristal. Todos idolatrábamos a Willy Fog y disfrutábamos con ojos infantiles sus andanzas en pos de cumplir la vuelta al Mundo en 80 días. Éramos pequeños y no entendíamos muy bien la distancias, creíamos a pies juntillas que el viaje del león inglés, porque nada sabíamos de Julio Verne, era un reto de máxima heroicidad, sueño viajero policromo cargado de perfumes, insólitos parajes y sorpresas a granel. El siglo XX alteró esa lógica y el XXI la remató. La velocidad rompió moldes y la tecnología nos hizo amos de cada lugar de la Tierra.

Ahora basta pulsar un botón y ver más de siete maravillas. Google Earth acerca y aleja al ser humano de la fantasía de recorrer nuestro Planeta. Los que tengan dinero quizá se aventuren. Los de escasa pecunia en el bolsillo se contentarán con las fotografías del gran programa y seguirán deleitándose con lo que muestran las instantáneas, realidad coartada por la imaginación, fragmento espacial que sólo alcanzará plenitud mediante el taumatúrgico trayecto del trip.




El plácido coraje de una veinteañera: viaje con nosotros a ningún lugar, viaje con nosotros…

Nueva York, 1889. Una intrépida reportera busca ideas y se le ocurre trasladar la ficción más mítica del siglo a su existencia. ¿Es posible superar el registro de los personajes del libro francés? ¿Por qué no probarlo? Su deseo tarda en ser aceptado, pero el 14 de noviembre zarpa hacia la Pérfida Albión e inicia una singladura prevista en 75 días que se acortará tres y le proporcionará merecida fama. ¿Seguro? La supuesta epopeya de Nellie Bly es una carrera programada contra el reloj donde pocos obstáculos irrumpirán para dificultar la ardua tarea a su joven protagonista. La misión de la americana no es ver los sitios que pisa, sino desembarcar y atender la llegada de trenes y navíos para continuar hacia su meta, no hay más misterio. En este sentido Bly es profundamente norteamericana y no siente su experiencia desde perspectivas románticas, sabe lo que quiere y hará lo posible por conseguirlo, lavorare con lentezza no figura en su cuaderno de bitácora. Poco importa extasiarse con Southampton, Londres, Calais, París, Brindisi, Port Said, Adén, Colombo, Penang, Singapur, Honk Kong, Yokohama, San Francisco y el retorno; la clave del asunto es going faster contra viento y marea para apuntalar la proeza. Los detalles quedan relegados por las prisas, malas compañeras que desaparecen en el tránsito de un punto a otro, cuando conviene matar el tiempo y adentrarse, porque toca escribir y narrar la efeméride, en la psique de pasajeros, capitanes, recovecos y diferencias regionales. Quizá ahora tenemos aviones y medios de locomoción mucho más precisos, pero da la sensación que poco hemos cambiado desde esa ya distante última década del siglo XIX. El nacionalismo y el orgullo sumergen al ser humano en una ignorancia que pretende ensalzar piezas familiares, denostando lo ajeno desde comparaciones que en muchas ocasiones son injustas al no corresponderse con verdades objetivas. Bly es mujer y tiene razón al quejarse de la incomodidad machista de los trenes británicos, como también acierta al desilusionarse por intuir Italia sin respirarla como Dios manda. Sin embargo, cuesta aceptar su altivez en determinados momentos, actitud paliada cuando nos regala bellas descripciones que nos permiten entender un universo clasista expresado sobremanera en alta mar, donde las personas van al mismo ritmo y malviven en función de sus privilegios sociales. Aun quedaban cinco lustros para la Primera Guerra Mundial, y las anotaciones de la veintañera de Cochran’s Mills flotan en una calma chicha global donde se avanza con sensación de pausa por una embustera tranquilidad rota por pequeños sobresaltos individuales, entre los que cabe mencionar la visita en Amiens al gran Julio Verne, ciertas inseguridades para ser puntual, la noticia de una rival que persigue el mismo trofeo o la lógica incertidumbre de quien aspira a cumplir y teme sucumbir en algún lance del juego. Gajes de una pionera, pretéritas anécdotas que leemos con diversión desde la moderna antigüedad del relato, texto irrepetible que nos advierte de nuestra impureza de pecado corruptor que Bly, hija de la primera revolución industrial, advertía como progreso porque la destrucción aun no asomaba por un horizonte virgen que permitía reafirmar tópicos y tontear con la niebla de Victoria Station.

Geografías y glorias: el valor de Nellie Bly en la actualidad.


Prosigamos. Varios son los momentos donde nuestra chica se olvida de hercúleos hitos y se deleita con el itinerario. En mi modesta opinión destaca el paso por el Canal de Suez y su lentitud desértica, con la nave prisionera del paisaje y las condiciones creadas por el hombre. Asimismo la estancia en Colombo aporta algo de antropología de lo desconocido, como también ocurre en Hong Kong y Japón, país que seduce a la periodista, enamorada de las costumbres y la versatilidad nipona, preludio del cambio en el sol naciente que le llevó a derrotar a Rusia en el conflicto de 1904-1905, empecinado en adoptar lo mejor del extranjero para complementarlo con sus más válidas tradiciones, acogiendo lo práctico y desechando lo complejo de la moda europea a partes iguales. Coco Chanel no inventó nada. Las féminas de Extremo Oriente se encasquetaron el corsé y dijeron basta. Su apretujada concepción era una pesadilla esclavista a la que no se sometieron, mostrando de este modo ir por delante en el campo de la indumentaria, algo agradecido por Bly, mujer anómala en su época al emprender y aceptar riesgos que muchas otras evitaban porque seguían instaladas en lo patriarcal que acentuaba la inferioridad del bello sexo.

Kimonos aparte, el tramo final del viaje se nutre de gloria y celebración. La heroína alcanza San Francisco y se dispone a circular por el País del dólar en olor de entusiasmadas multitudes, felices por la gesta de su compatriota, legendario acontecimiento que hay que enmarcar en su contexto, cuando el optimismo generalizado por los avances médicos y tecnológicos se mezclaba con un espíritu de descubrimiento donde el tour de Nellie Bly se hermana con las posteriores expediciones al Polo Sur o el legendario vuelo oceánico de Charles Lindbergh, monumentos de atrevimiento que llenaban titulares año tras año para dicha de una humanidad entregada a la creencia de su propia brillantez, de su ilimitada capacidad de traspasar barreras y aumentar su dominio de y con los elementos. En esta titánica labor de metamorfosis hacia lo moderno las mujeres seguían relegadas a un marginal segundo plano que debía ser derribado, por eso los escritos de la norteamericana, dando por descontada su calidad literaria, adquieren un supremo valor reivindicativo. Pasada una centuria hay muchas cosas por mejorar en este ámbito y tener un ejemplo del pasado reciente debería ser un acicate para no retroceder en la senda hacia la igualdad, si bien nuestra protagonista destaca por más factores que relucen con mayor intensidad en Diez días en un manicomio, su vuelta al mundo en 72 días sirve, y mucho, como paradigma de la independencia como motor, pistoletazo de salida para matar ancestrales injusticias y situar al género humano en una equidad que no distinga entre hombre y mujer. Bly es prueba fehaciente de lo poco que importa el aparato reproductor de cada uno. Las ideas y el coraje residen en el cerebro, y el suyo estaba tan bien configurado que supo adelantarse en muchos aspectos a su tiempo y seguir asombrándonos en la actualidad, conscientes como somos de la imperiosa urgencia de girar de una vez por todas la rueda de la historia y desterrar el estigma de Eva, finalmente, para siempre.