miércoles, 14 de abril de 2010

Estrella Roja de Alexander Bogdanov en Revista de Letras



Imaginar el futuro desde la utopía: “Estrella roja”, de Alexander Bogdánov
Por Jordi Corominas i Julián | Críticas | 12.04.10


Estrella roja. Alexander Bogdánov
Traducción de James y Marian Womack
Nevsky Prospects (Madrid, 2010)

Hubo un tiempo en que la izquierda creía en sus ideales porque las desigualdades extremas exigían actuar con celeridad para socavar el edificio capitalista. Pasados casi cien años desde la Revolución de Octubre es desesperante observar como se ha perdido la partida de manera tan deshonrosa. Hay una crisis más que económica, cuatro millones de parados en España y nadie mueve un dedo, y eso no es sólo salir a la calle y protestar, sino una actitud filosófica y vital. Una vez cayó el muro de Berlín los poderosos despertaron con inenarrable satisfacción; el camino estaba abierto para eliminar las clases sociales y vender la moto del fin de la Historia para comercializar en nuestras mentes un mundo ideal de consumo, despilfarro y medianía. Los sindicatos eliminaron su activismo y dejaron manos libres para la silenciosa condena del control absoluto en el que nos vemos sumidos, con el conformismo por bandera que ejerce en las personas mecanismos de adaptación hacia el sacrificio relativo. No viajaremos durante una temporada, ahorraremos pocos euros y esperaremos a que pase el vendaval. No se trata de eso. Cuando un sistema se agrieta conviene reventarlo sin piedad mediante la acción, pero para que esta actitud prospere urge meditarla y teorizarla, atacar a lo bestia conduce a la derrota por falta de previsión.

Los libros que hoy en día plantean reformas beben de los que mandan, son estériles punzadas con escasa originalidad temática y estética escritas por falleros que se cuelgan estériles galones, desechables en una tarde, pútridas e infectas medallas del autobombo. No ocurre lo mismo con Alexander Bogdánov. En 1905 fracasó el primer intento de acabar con la tiranía del Zar y la izquierda volvió a las catacumbas. La represión y las duras medidas legislativas aceleraron el proceso, aunque los futuros héroes no se rindieron y siguieron con su labor para terminar de una vez por todas con la eterna opresión simbolizada por la Dinastía Romanov. Alexander Bogdánov era uno de esos hombres, diferenciándose de sus compañeros por su afán experimental que le llevó a la muerte en 1928 tras una transfusión que se realizó a sí mismo. Veinte años atrás decidió reflexionar sobre los recientes acontecimientos y creó Estrella roja, novela que Nevsky Prospects presenta al público español en una estupenda edición de la que conviene analizar su contenido desde varias vertientes, pues tanto puede servir para divertirse como para meditar sobre nuestra propia época, demasiado carente de propuestas válidas para el futuro.

La estela de la modernidad y el sueño de superar la Tierra: alucinantes marcianadas socialistas.

Bogdánov redactó su espléndida novela de ciencia ficción nutriéndose del espíritu de principios del novecientos, cuando todo era posible y así lo transmitían la técnica y la cultura. Al leerla pensé inmediatamente por asociación en El viaje a la luna de George Méliès, filme de 1903 donde los selenitas son tratados como los habitantes de las colonias. El ruso es mucho más moderno y desde un principio nos presenta la superioridad de la sociedad marciana, capaz de realizar una misión a nuestro planeta para buscar al ser humano más dotado para comprender el universo marciano. El elegido es Leonid, quien se embarcará en el Eteronef, neologismo acuñado por el autor que significa astronave, y vivirá una aventura que en realidad es un relato de ciencia ficción cargado de ideas para construir un mañana mejor desde una estructura narrativa de corte clásico que, sin embargo, se sumerge en ámbitos inexplorados dándoles forma para que el contenido se hilvane con el mensaje.

El primer paso es el viaje, donde conocemos a los tripulantes mientras compartimos junto al protagonista su asombro por el alud de fantásticas novedades que ofrecen los marcianos, desde su insólito físico hasta su lenguaje, que Lenni aprende en un santiamén porque como buen investigador no renuncia a empaparse de lo desconocido. Además, el trayecto hacia el Planeta Rojo depara otras sorpresas que en gran parte quieren dar a conocer el modelo de sociedad socialista. El comandante de la nave no es superior al resto de los pasajeros, es el jefe porque conoce mejor lo que debe hacerse durante la singladura, pero no presume de dotes de mando ni intenta imponerse con dureza, sólo ejecuta su sinfonía laboral intentando armonizar con los demás miembros, piezas básicas que con sus conocimientos ayudan a que la misión llegue a buen puerto pese a una irreparable pérdida, la muerte es igual para todos, que atormenta al homínido y le sume en un desamparo de desconfianza que se desvanece con el aterrizaje, bien calculado pese a la extrema velocidad del Eteronef, sueño vanguardista surgido de la imaginación medio siglo antes de Yuri Gagarin y la perrita Laika.

El segundo punto es un trayecto turístico por Marte, singladura que no repara en paisajes y sí en comportamientos y metodologías. Lenni pasea y conoce los avances de una civilización espejo de lo que Bogdánov deseaba para Rusia. Las estadísticas permiten controlar la producción, el arte prescinde de ornamentos, el trabajo es el objetivo primordial y nadie se molesta por desarrollar sus tareas al ser útiles para la comunidad y proporcionar beneficios que van más allá de la mera esfera individual. El egoísmo ha pasado a mejor vida y la violencia sólo se ejerce excepcionalmente. Niños y adultos viven juntos pero no revueltos porque cada edad necesita ámbitos diferentes para desarrollarse y evolucionar. Para que la perfección lo sea debe ser imperfecta, y en la sociedad marciana existe el suicidio y la escasez de recursos, factor que nos llevará al tercer punto. Como nosotros, como si el autor hubiese intuido el desastre, los marcianos pagan un precio por su prosperidad. Explotan sus dominios y temen quedarse sin agotar sus fuentes productivas, lo que les obligaría en un futuro a navegar hacia otros confines para permitir la supervivencia de la especie.

Esa será la clave del tercer fragmento de Estrella roja: El debate de la nueva colonización para no perecer de éxito. Lenni sólo se dará cuenta de la magnitud del problema cuando aparque por causa mayor sus amoríos con una marciana y empiece a sospechar, y así se inicia la parte detectivesca del relato, que no es oro todo lo que reluce. Si un mundo se queda pequeño ir a por otro es lo más razonable y esa marciana diatriba permitirá que el protagonista asuma su condición humana y el amor que siente hacia sus semejantes.

Explicar un programa de manera entretenida: Socialismo para todos los públicos.


Lenni abrirá los ojos y la historia se avecinará a su conclusión en una atmósfera perfecta porque el colofón alía lo narrativo con la ideología. Cerramos el libro, respiramos y aplaudimos a nuestros antepasados. Bogdánov mostró con sencillez cómo es posible explicar un programa socialista sin caer en complicadas construcciones incomprensibles. El texto se lee con facilidad y los conceptos van entrando en el cerebro suavemente, sin indigestas cucharadas soperas, y seguramente ello se debe a la conciencia del autor de servir la Revolución para el pueblo, no para una minoría elitista. Quizá esa es la gran lección de su obra, dar al público páginas doctrinarias que en ningún momento traicionan el artefacto ficcional al adaptarse a la gran tradición fabulística consistente en aportar contenidos mediante un sutil continente apto para cualquier persona. Al fin y al cabo el Comunismo y el Cristianismo son sistemas humanos con libros sagrados que transmitieron a sus fieles moral e ideas desde letras comprensibles para cualquiera. Ambas construcciones sabían que la letra sin sangre sí entra. Tendemos a despreciar lo sacro. Estrella roja merece un altar, pero no tanto por su credo, sino por permanecer tras una agitada centuria y seguir siendo sólido con elementos que nosotros, hombres y mujeres del tiempo pasivo, deberíamos agarrar como un clavo ardiendo para quitarnos las máscaras y proponer soluciones ante el marasmo.