miércoles, 21 de abril de 2010

Ojos que no ven de J.Á. González Sainz en Revista de Letras



“Ojos que no ven”, de J. Á. González Sainz
Por Jordi Corominas i Julián | Críticas | 19.04.10



¿Qué tendrá nadie contra lo sencillo?, se había dicho en otras ocasiones, ¿qué hará que pase tan inadvertido el esplendor de lo sencillo y el fragor de la tormenta que siempre, si se está a ver, trae en ciernes?

La vida es un enlace entre dos puntos, y la mayor parte del tiempo recorremos caminos a los que no damos mayor importancia. Felipe Díaz Carrión es un sano animal de costumbres, habituado a caminar desde su casa a la huerta, y esa repetición no le es molesta. El cambio se expresa bajo otros parámetros, no depende exclusivamente de la novedad convencional, aquella marcada por la velocidad y la apariencia, que poco tiene de madre de la ciencia.

Este hombre sencillo vive en el pueblo que le vio nacer. Habla poco porque de pequeño le taparon la boca, pasea, admira los dones de la naturaleza y trabaja desde que tiene uso de razón en una imprenta local para ganarse el pan y dar de comer a su mujer Asun y a su primogénito, Juanjo, primer miembro de la familia que no hereda el nombre del padre, futura oveja descarriada que descubriremos cuando la transformación del sector atice a la empresa y el clan deba desplazarse al próspero norte guipuzcoano para seguir la senda del progreso, porque la tierra da para comer, pero para vivir se necesita algo más. Así era la España de los cincuenta, un cuerpo enfermo desprendiéndose de la autarquía y accediendo a marchas forzadas, escasamente comprendidas, hacia el paraíso de la modernidad.

Felipe Díaz Carrión es un hombre taciturno que en ocasiones, aunque quizá eso obedezca más al estilo del enorme narrador que es J.Á González Sainz, recuerda a los personajes de La terra trema de Luchino Visconti con una diferencia fundamental: Ntoni Valastro es un vinto vincitore que arriesga y decide intentar tener su propia embarcación. El protagonista de Ojos que no ven es un hombre antiguo, de descarnada lucidez interior, donde procesa todo lo que le envuelve sin soltar palabra, atento y deprimido por las transformaciones al ver que se confunde innovación con complejidad, al palpar que el desdén por lo viejo y la integridad derrotan al lenguaje y lo convierten en palabrería banal de barra de bar donde hasta el más ínfimo de los humanos se arroja el poder de juzgar a los demás. El País Vasco y los estertores del régimen lo sorprenderán en una doble marea que intuirá y no querrá aceptar. Le han contratado en una fábrica de productos químicos. Dos puntos son una trayectoria, y esa se repite cada mañana. Cumple con su cometido y retorna a ese horrendo bloque de pisos con un bar en la planta baja, donde los parroquianos le ignoran porque su silencio no es bienvenido. Nace un segundo retoño, Felipe, con quien compartirá el amor por el campo y las plantas. Juntos andarán millas clasificando verde, gozando aire y colores, sintiendo un vínculo sanguíneo que va más allá, lazos mentales que contrastan con la frialdad de Juanjo, víctima de la época, mediocre mequetefre que se atreve a insultar al padre llamándolo fascista, vocablo fácil de usar, término ridículo en boca del joven que ni siquiera experimentó el trance de la Guerra Civil, donde sí tenía un significado, donde unos señores vestidos con una camisa azul dieron un golpe de Estado y desde la ilegalidad desmontaron la voluntad del pueblo, otra unión de fonemas mal empleada, como si pronunciándola se exorcizaran fantasmas y una misteriosa potencia adquiriera otra textura que es válido vacío para llenar titulares y proclamas.

Felipe Díaz Carrión se resigna y de vez en cuando explota para callar a los demás y aplacar su prepotencia, nadería de quien se crece a la mínima oportunidad. Asume el distanciamiento hasta que levanta la vista y encaja las piezas del rompecabezas: Juanjo pidiéndole informaciones sobre la fábrica y el secuestro del jefe, felizmente solucionado pero con el amargo sabor de las palizas a la puerta del hogar, el escarnio de la burla y el desprecio de los henchidos, carne de su carne abocada hacia el asesinato y el terrorismo, esa actividad liberatoria que sólo oprime y engulle hasta cortar alas que quieren volar en un cielo despejado. Sin quererlo, sin merecerlo, el viejo patriarca topa con los alimoches, instalados entre sus cuatro paredes, deleznables carroñeros que de la nada esperan recoger la cosecha de un todo abstracto e impreciso, bichos espantosos, repugnantes engendros, pavos reales sin la nobleza del verdadero quebrantahuesos.

Felipe Díaz Carrión volverá a su villa, a esa casa cerrada durante décadas, con su puerta de madera y la broncea aldaba. Se sentirá feliz con la cruz cerca de la cima del Pedralén que honora a su padre y a otros fallecidos de la barbarie falangista, pero sucumbirá cuando la Historia penetre en sus venas y entienda, otra vez más, que nuestra condena es no aprender y cometer los mismos errores con constancia metronómica. Él, hombre sencillo, también aguanta la comparación con el Ignacio Abel de La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina, su normalidad les hermana y les hace ser rechazados por los extremos, ese cáncer ibérico que conlleva sangre, incomprensión, excrementos orales, retórica ampulosa, tiros en la nuca y podredumbre. Quedará la reflexión y saber conferir el valor justo al léxico como tabla de salvación, esperanza en un mañana, que quien escribe juzga imposible por nuestro castizo catetismo, mejor sin acritud ni violencia.

Ojalá existieran más literatos como J. Á González Sainz, a quien probablemente su dualidad soriano-triestina le haya dado lo mejor de cada región, la sobriedad castellana y el don que la ciudad de la Bora da a los que se atreven a residir entre sus muros, calmada exhuberancia y un más que apreciable dominio del lenguaje que ya demostraron, por mencionar a dos monstruos inmortales, James Joyce e Italo Svevo. El autor de Un mundo exasperado, Premio Herralde de novela en 1995, da la mano a su personaje por su prosa simple y honesta, con amor al lenguaje preciso sin artificios ni epatantes añadidos por la conciencia que flota de rehuir lo innecesario, que nada aporta, que nada da salvo quebraderos de cabeza y dificultades comprensivas del texto, dignísimo en su sincera desnudez. Esa es la fuerza de su hipnosis, narrar cómo quien cocina un buen plato sin trastocarlo para destacar, sabiendo que con la receta original ya deleitará nuestro paladar. Su grandeza, su magnitud irreprochable, se basa en embriagarnos con un caldo llamado literatura que para ser saludable debe servirse con ese tipo de cucharones soperos, utensilios perfectos para enamorar y notar pálpitos que ya no se estilan pese a ser esenciales.

En este inicio de siglo XXI la crítica se ha dejado timar en un juego de engañabobos que enciende inútiles debates sobre la técnica, los formatos y las mal llamadas vanguardias posmodernas, debates de si te he visto no me acuerdo que en breve serán agua de borrajas. J. Á. González Sainz escribe literatura. Y eso es lo que cuenta.