domingo, 2 de mayo de 2010

Diálogo con Carola Moreno en Revista de Letras


XXII Editores: Carola Moreno
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 9.04.10


Jordi Corominas i Julián nos ofrece un personal diálogo con Carola Moreno, editora de Barataria, una de las propuestas más personales de los últimos años. Con ella conversa sobre criterios, la relación editor-autor, el libro electrónico y otros aspectos importantes de su trabajo.




Foto © Uly Martín

Lunes lunero por la luna llena y el cansancio de levantarse temprano. Pero tranquilos, no pasa nada, todo son buenas noticias y da la casualidad de que empecé mi semana con una hermosa charla con Carola Moreno, editora de Ediciones Barataria, sello independiente que destaca, como veremos a lo largo del diálogo, por su honestidad y un amor libresco de una nítida claridad que mezcla a partes iguales ética en el oficio y deseo de satisfacer al lector con ediciones cuidadas donde, como por otra parte debería ser en cualquier editorial que merezca llevar tal nombre, nada se deja al azar.

A modo de test…

¿Cuándo decidiste ser editora y por qué?

Más o menos a lo largo del año 1999. Recuerdo que estaba por entonces “fabricando” un libro para un editor amigo y me aburría mortalmente de redactar pies de fotos de ventanas. Se lo comenté y me dijo, muy amable: “¿No te parece que ya va siendo hora de que hagas lo que a ti te gusta? Pero antes, por favor, acaba de fabricarme mi libro”. Le acabé ese y unos cuantos más, y luego (al cabo de dos años) le hice caso.

¿Cuál es el criterio principal de tu catálogo?

Lo que más me gusta leer es narrativa. No soy selectiva con el tiempo ni con el espacio. Puedo entusiasmarme con las grandes novelas del diecinueve, tanto como con las de jóvenes autores contemporáneos. De cualquier punto y de cualquier época. Mi catálogo es reflejo de esa curiosidad.

¿Primer libro publicado?


Los dijes indiscretos, de Diderot, una novela muy mordaz sobre las intrigas palaciegas de Luis XV y la Pompadour en clave erótico-festiva-orientalizante.

¿El libro más difícil? (de editar, de conseguir, de vender… interpretación libre).

La adaptación de la obra teatral La Revelación, de Leo Bassi, a texto narrativo fue compleja. Había que mantener la frescura de las improvisaciones de Leo y que el resultado tuviera la misma fuerza de la interpretación en directo. Fue un mano a mano autor-editor apasionante. Además lo pasamos muy bien. Leo es encantador y cálido, y también riguroso en el trabajo, y ahora un buen amigo. En este momento preparo otro libro complejo: Alegato contra la pureza, de José Luis Ortiz Nuevo, con muchos cambios tipográficos, en un estilo pasquín fin de siglo. Me entusiasman este tipo de trabajos, tanto desde el punto de vista de la edición como del diseño del libro.

¿Qué libro te hubiera gustado publicar y has debido rechazar? (por estar ya editado, por problemas de derechos, por no encajar en tu colección…).

Muchos. No te sabría decir uno concreto. Casi siempre por problemas económicos. Somos una editorial pequeña y con pocos recursos económicos que no puede embarcarse en según qué anticipos.

¿Qué te impulsa a publicar un libro, además de verlo en tu catálogo?

El deseo de que ese libro que me ha parecido valioso no quede inédito. Y me alegro mucho cuando veo que lo que yo no pude editar lo editaron otros. Lo importante al final es que el lector pueda tener y leer ese libro.

¿Qué te impide publicar un libro?


Hay muchos libros que no deberían publicarse y se publican. En mi caso, intento no editar libros que luego me cueste defender, pero la decisión de no publicar es dura y puede resultar injusta.

Por curiosidad: ¿Por cuántos correctores pasan tus libros?

Dos. La primera corrección la hace un profesional externo. La segunda la suelo hacer yo misma.

¿Libro electrónico?

Estamos en ello. No es tan fácil como se apunta desde algunos sectores. Hay protocolos largos y tediosos que cumplir para que un libro pueda venderse en todo el mundo. Y, por supuesto hay que firmar con los autores la venta o cesión de sus derechos para libro electrónico.

Confiesa: Vas a una librería. ¿Recolocas tus libros en las mesas de novedades o en los estantes cuando no están bien visibles?

No. Alguna vez los he movido, de acuerdo con el librero, porque no estaban en la sección que les correspondía. Cuando me parece que merecen un puesto más visible, hablo e intento convencer al librero. Es más efectivo. Si te tomas la molestia de contarle al librero la importancia de ese libro, no sólo lo colocará en una posición más visible, también es más fácil que lo recomiende a sus clientes. En cambio, si el librero te ve moviendo los libros en “su casa”… Es como si alguien a quien has invitado a tomar café se tomara la libertad de recolocarte los cuadros. Mal rollo asegurado.

Imagina: En unos años, debido al éxito de la editorial, te ofrecen formar parte de un grupo o venderla. ¿Qué haces?

Ni idea. Es una posibilidad remota. Si se diera el caso, supongo que negociaría que al menos se mantuviera la imagen de la editorial y aseguraría la continuidad con los autores de Barataria.

¿Cómo empezaste con la locura de tener una editorial? ¿Qué idea tenías cuando emprendiste el reto?

Llevaba muchos años trabajando para otros editores. Llegué a Barcelona hace treinta años y empecé casi inmediatamente a traducir. Me eduqué en la Escuela Italiana y tenía facilidad para la traducción del italiano, también por ser lectora de siempre.

Para situar al lector, el momento que mencionas es a finales de los setenta-principios de los ochenta…

Sí, así entré en el mundo editorial. Las traducciones que hice y los libros que me encargaban estaban todos relacionados con arquitectura, diseño y aledaños. Posteriormente cuando las editoriales para las que trabajaba descubrieron que tenía cierto hábito visual, pues estoy familiarizada desde siempre con el mundo de las artes, decidieron colocarme en la producción de los libros, porque podía ocuparme tanto de la selección de imágenes, como de la coordinación del equipo de redactores… la cosa fue progresando y resultó que con el tiempo me ocupaba como quien dice de la edición del libro, pero eran obras que no me interesaban, porque eran volúmenes de tendencia, y eso me aburría.

Pero es importante, porque te das cuenta de la transformación del mercado editorial, de su paso de lo sólido a lo volátil.

Así es, pero me aburría editar libros sobre lámparas y sillas, era algo que me parecía en muchos casos inútil y feo. Cuando las modas invadieron el mercado y todo se volvió farandulero, con mucho humo, me hastié, y además no vislumbraba la posibilidad de hacer un trabajo personal, pero por otra parte comprobé que mi experiencia me había dado los elementos para poder editar lo mío, los libros que me gustaban y deseaba ofrecer a la gente. En ese momento no pensé en las partes duras de la edición como nichos, mercados, y más faranduleo…




Pero seguramente la ilusión de quien empieza podía más que las cosas molestas.

Lo que no podía intuir es que la venta de los libros tuviera tanto peso. Pensaba que con un distribuidor y unos libros estupendos sería suficiente, que los libros encontrarían solos a sus lectores, y no me di cuenta de todo el trabajo posterior que hay desde la salida del libro de la imprenta.

Eso es muy interesante, porque antes de dedicarme a la crítica era más asiduo a las librerías y me fijaba en los volúmenes como lector puro. Si cogía un volumen era porque tenía presente la idea de permanencia del manuscrito, el gusto de ver las librerías como grandes bibliotecas donde puedes comprar sin la acuciante necesidad de la rabiosa novedad…


Pensaba en ese momento, y me sigo rigiendo por esa fórmula, que si el libro es bueno tendrá su camino. Pero a veces por muy maravillosos que sean no lo encuentran, y ése es el riesgo y también la ventaja del lector y del autor. Si los editores supiéramos que un libro funciona no editaríamos muchos otros libros. Por suerte no sabemos qué obras van a vender, porque habría manuscritos de gran valía que se quedarían en el camino. Imagina la cantidad de libros imprescindibles hoy que en su día pasaron sin pena ni gloria. La gran responsabilidad del editor no está en lo que publica sino en lo que no publica y condena al olvido.

Cuando empezaste a editar tus propios libros (ndlr: 2001) todo tu legado italiano estaba presente y editaste nombres como Beppe Fenoglio, un desconocido en España pero trascendente en Italia. Además de recuperar esos títulos… ¿Cuál es tu idea editorial?

Maticemos. Mi única idea editorial es que un editor no debe tener ninguna idea editorial preconcebida. Uno debe editar lo que le ha interesado por las razones que sean, porque le ha gustado el libro o por otras razones, como por ejemplo cuando halla en un autor cualidades, elementos que pueden convertirse en algo, y decide ofrecerle a esa persona la oportunidad de crecer y desarrollar su camino. No hago distingos entre culturas, pueden ser autores en castellano o de cualquier país, edad o lugar. Y menos aún de ideología. He publicado a gente muy joven y también a Manolo Reguera, que ya era mayor cuando empezó a publicar.

La única línea a considerar es la calidad.


Lo que yo considero que es la calidad, lo demás es superfluo, no interesa. El otro día estaba en una charla en Jaén con chicos que estaban intentando aprender a ser escritores y todos me preguntaban cómo mandar los libros para recibir atención editorial. Yo les respondí con lo que considero que es fundamental: que me cuenten dónde nacieron, dónde viven, su edad y estudios. Esos datos son los únicos que me interesan, y también pondero el gusto personal, pero no me atrae en absoluto todo eso que está tan de moda de la biografía donde el autor cuenta si tiene gatos, perros…

La biografía simpática, un recurso simplista muy en boga.

Que luego puedo servir como recurso literario, pero no para la recepción de un manuscrito.

Si buscamos estos rasgos de ADN de la editorial creo que apostáis mucho por el trato personal con el autor.

Sí, eso es independiente de la obra, pero como editora considero que el trato con el autor es fundamental, y lo ha sido siempre, no es que yo haya inventado nada. Es muy importante porque el autor cuando escribe es un solitario que tiene dudas, se angustia, tiene problemas con su trabajo… y tener a alguien que está a su lado para animar, o para desanimar, es vital, les ayudamos incluso a que no caigan en desesperaciones.

Es un poco como la vida, el editor como un padre.


Les pasa también a los traductores, que también son solitarios, y hasta al zapatero de la esquina.

Y a Zapatero.

Y al zapato. (risas)

El trato personalizado en estos tiempos veloces que corren, sobre todo en el mundo editorial, empieza a ser una excepción. Y eso a parte de un comportamiento humano loable me parece una decisión ética a nivel editorial, tener trato y abordar al autor como una persona y no como un nombre.

Y no es fácil hacerlo. Las grandísimas plataformas tratan bien a sus autores en el momento de la promoción, pero a veces es difícil que mantengan un trato personal con ellos porque la cantidad desborda y el ambiente no invita. Como en mi caso el ambiente es muy casero prefiero tener relaciones constantes y relajadas con ellos, además de intentar que no pasen de autor a autista. El autor debe recibir aire del exterior para que la obra se nutra y para que no entre en un bucle enfermizo de preguntas sin respuestas.

Y para que no se aísle en su torre de marfil…


O como diría Claudia (Apablaza) en su cuchitril.

Ese tipo de política editorial implica que tampoco edites una barbaridad de libros al año de autores vivos.

Son la mitad del balance anual, pero tampoco lo cuento, no tomo la decisión de publicar mitad vivos, mitad muertos.

Pero quiero decir, al querer entender el ADN del autor tampoco podrás publicar a veinte autores vivos por año…

Claro, eso tiene un límite, porque además publicar a un autor vivo no es sólo editar su novela o lo que sea, es darle una continuidad, seguir su trabajo, seguir publicándole, convenciéndole de no publicar algo que no te parece bueno. Yo tengo autores, como Miquel Silvestre, Pablo Manzano, Carlos Herrero o Manolo Reguera que ya han publicado dos o tres libros conmigo.

Como si fueras una protectora del niño que es el escritor, un ángel tutelar.


A veces ellos son los ángeles tutelares de la editora. No me lo he planteado nunca así, déjame que me lo piense.

Lo planteo pensando en el escritor que, desde su soledad, sufre ciclos de aumento o disminución de su egolatría, en este sentido el editor ideal tiene que orientar y aconsejar, porque el escritor a veces es un caballo desbocado que no sabe si toma bien las curvas.


Es complicado porque cada escritor es un mundo con diferentes formas de vida. Hay que introducirse en su universo e intentar que el ego no se desmorone, que mantengan la esperanza pero también sin que el yo invada la escritura y termine por comérsela.

Me interesa tanto el tema porque creo que se está derivando hacia la comercialidad y lo impersonal, como si la relación editor-escritor se haya convertido en un speed-dating.

Sin duda cabe relacionarlo con los cambios de la propia sociedad. Este trato casi inhumano entre autor y escritor ya se ha dado en otras épocas.

Ya, pero la tristeza de la pérdida de la épica, como en la relación entre James Joyce y Harriet Weaver, es imposible.


Bueno, seguro que ella estaba feliz de hipotecarse.

Es el paso, hoy en día, del romanticismo al marketing.

Intento mantener ese romanticismo, pero toda esta eclosión del marketing a cualquier precio, que queda por encima de la obra, por encima del autor, y que lo usa como un showman… hay algo de pornografía de la mala en eso, de ésa de la que deberíamos huir como de la peste, que es la que muestra las tripas del autor para que el lector hurgue en ellas.

Además, el escritor, si quiere mostrar su yo tiene la obra.

Es el lugar donde tiene que hacerlo si es eso lo que le interesa.

No hay necesidad de prostituirse ante los medios.

Uno de los más importantes trabajos del editor es explicar al autor que cuanto más aparezcan sus tripas en público más desaparecerán las virtudes de la obra, que irán desdibujándose paulatinamente y emergerá siempre más la pornografía… sanguinaria.

Esta visión que tienes, naturalmente sin querer marcar diferencias entre colegas, se debe en parte a poseer un bagaje cultural que siempre ha sido clave y que ahora las nuevas dinámicas editoriales desdeñan.


Es tener una perspectiva que es experiencia y bagaje, e intentar transmitirla sin pedanterías. Anoto que hay muchos colegas pasándolas canutas por las mismas razones y anoto también que esas dinámicas editoriales de las que hablas suelen estar al margen del editor.

Es bueno tanto conocer a Homero – y no el de Los Simpsons – como a Kate Moss. Conocer la tradición y la modernidad.

Conviene que así sea, pero no tenerla explica que haya muchísimos editores que sólo publican autores muertos por terror a enfrentarse a la vida real de un autor, a sus neuras, sus problemas, sus dudas ante la obra…

Eso no deja de ser un acto de cobardía, porque el editor tiene que saber leer su tiempo, o al menos, dar propuestas válidas.

El editor debe editar lo que considera que está bien y punto. Y no creas, hay editores que opinan que los autores del pasado conectan mejor con el lector del presente, y si nos atenemos a las ventas, tendremos que darles la razón. (Ahí nos metemos en un terreno movedizo que necesita un libro entero: Introducción a la teoría de lo “moderno”).

También hay que tener criterio para editar a los muertos.

El mismo criterio de respeto que con los vivos o más, porque el muerto no puede defenderse, sólo tiene su obra como voz. Hace poco nos encontramos, Claudia (Apablaza) y yo, con el caso de un autor que murió joven en una clínica psiquiátrica. Surgieron rumores sobre sífilis… y ya tenemos montado el reality show. A casi nadie le interesa la obra sino los detalles inmundos y ultra reaccionarios sobre sífilis-muerte y todas las consecuencias imaginarias que te puedes figurar. La familia nos pidió omitir esa pseudohistoria, el autor no quiso hablar de ella, ¿con qué derecho hacerlo nosotros?



Porque buscan el efecto en los medios.

El efecto en los medios tiene que estar en la propia obra. Si aparece el morbo en la obra ya se verá.

En España hay figuras de gran calidad literaria, como es el caso de Pier Paolo Pasolini, que son poco conocidas por eso, dado que se prefiere centrar la promoción y el conocimiento del autor, del que aún faltan muchas cosas por editar, en lo lúdico-morboso-morturio…


Es cierto. De todas formas en este caso concreto lo lúdico-morboso-mortuorio está en la propia obra. En el caso de Pasolini no creo que su muerte haga que se vendan más libros, por desgracia es un autor muy poco leído.

Pasolini tiene obras extraordinarias que han quedado fuera del mercado, y es un poco lo que antes comentábamos: hay libros que no tienen suerte cuando salen a pasear, pero si tú desde una coherencia expones las virtudes del autor desde otra perspectiva quizá todo iría mejor para las obras.


Seguro, pero hay que valorar el factor del tiempo. Los tiempos editoriales son perversos. Los libros deben tener éxito en cuestión de dos semanas, eso es lo peor de todo.

Un poco como si fueran discos, que hay la necesidad de alcanzar el top ten en poquísimo tiempo y si no es un fracaso.

En la literatura algunos libros sobreviven y tienen un tiempo larguísimo si merecen la pena. Lo morboso sirve para vender dos semanas, pero la vida real de la obra de un autor puede ser infinita, y en la pervivencia, en la obra total, no influye. Seguro que hay mil autores con vidas espantosas, como Tolstoi, pero eso importa poco a la hora de leer, son anecdotarios que acompañan de lejos.

Y si quieres saber del autor puedes leer una biografía.

Sí, pero de los autores vivos no existen biografías reales, sólo datos.

Y habladurías y rumorologías…

Y aquí entra Internet, que es un fenómeno que se analiza mucho pero que aún debe entenderse mejor en este sentido.

Ahora habéis sacado la colección “Humo hacia el sur” que puede resumir bastante bien esto, pues son libros que además de ser un descubrimiento para el lector español no tienen la pretensión de venderse como rosquillas, sino que la colección nace con una fuerte voluntad de permanencia, de dar a conocer las vanguardias latinoamericanas sin vender la moto de su excepcionalidad.


Están editados con la intención de formar una biblioteca de clásicos modernos, clásicos de 1920 a 1950 que fueron vanguardistas y escribieron en castellano en América, aunque precisando más sería una biblioteca de autores latinoamericanos, pues también habrá brasileños. Una colección cerrada que pueda pervivir.

Y puede ser que haya estudiantes que descubran a estos autores en un viaje y de repente vuelvan a España, recuerden el nombre del escritor, cojan el libro y lo compren, como puede suceder con vuestros autores italianos. Eso es precioso…

Sí, eso es lo mejor, una recompensa fantástica, es como subir al metro y encontrarte con que alguien lee a Fenoglio, un autor que en Italia tiene un reconocimiento absoluto pero que aquí nunca ha gozado de prestigio, un inédito, como un autor novel.

Sí, y hay muchos autores de gran prestigio en sus países que aquí ni siquiera se han publicado, como sería el caso de L’Agnese va a morire, una obra básica de la Resistencia que sigue vendiéndose mucho en Italia sin depender de la novedad ni del marketing.

Sí, porque en su contexto siguen teniendo valores importantes y una calidad literaria excepcional.

Me ocurrió un caso así con La conversazione in Sicilia de Elio Vittorini. Lo descubrí en un viaje a la librería y luego me compré la edición italiana con una magnífica introducción de ciento cincuenta páginas.

El viaje a la librería debería ser un motivo casi imperativo en la vida del lector, porque es como ir a una isla y hallar un tesoro. Has mencionado que después de comprar la edición española para todos los públicos decidiste adquirir la edición italiana para profundizar. Una de mis normas es casi nunca poner introducciones, prólogos sí, para que el lector descubra, no se vea condicionado y que no se asuste. En muchas ocasiones las grandes introducciones abruman, como si fueran libros para especialistas. Hay que darles un marchamo popular. Le ofrezco al lector el libro para que pueda disfrutarlo.

Y desde esta perspectiva Barataria seguirá en el futuro el mismo rumbo.

El único cambio de rumbo lo determina la crisis. Hay menos dinero y hacemos formatos más baratos, con menos coste de producción.

Es un cambio importante que la mayoría de editoriales ha captado pero que no todas aplican.

Replantearse todo cuesta un poco, y también es complicado porque el librero es nuestro comprador y de entrada rechaza cambios visuales, de formato… y es un cambio que hay que hacer despacio.

Rebajar los costes de producción, ergo el precio de venta, no es sólo adaptarse a la crisis, sino crear una tendencia que se consolide. La crisis no es un espejismo, debe implicar un cambio.

Cuando voy a una librería a comprar como lectora, si el libro está en formato bolsillo y me cuesta nueve euros lo compro porque prefiero comprar más libros de formato barato y tener más lectura, y no sólo la tapa dura y el formato grande. Me interesa mucho el contenido como lectora, no tanto el continente. En cambio, como editora, me parece penoso entrar en una librería y encontrarme con cubiertas de pésimo gusto, como si el editor no respetara en absoluto a quien comprará su libro. Hay que proporcionar una educación visual al lector.

Cubiertas que en algunos casos son de un kitsch espantoso.


El editor debería estar obligado a cuidar mucho algo que va a estar en muchos sitios y va a verlo mucha gente.



Como es natural, si la imagen es mala repercute negativamente en la editorial.

Y repercute negativamente en lo que vemos a diario, vemos cosas tan feas durante todo el día. ¿Por qué insistir en lo feo si puede ser, como mínimo, decente?

Lo único en lo que creo que el libro debe hermanarse con la música es en las portadas. Es como en el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Su portada, sin entrar en el excelso contenido del disco, lo convierte en una obra de arte total e indica lo cuidada y trabajada que es esa obra.


Elegiste un ejemplo perfecto. La portada resume la filosofía del disco.

La portada debe relacionarse con el contenido.

¡Es obvio!

Sí, pero lo es para ti y para mí. Es como cuando compras un libro y la portada no tiene nada qué ver con el contenido.

Es muy desagradable leer un libro, no haberte fijado en la portada y descubrir que no pinta nada con el contenido. Es el descuido mayor de un editor, colocar de cualquier manera una cubierta porque queda bien.

Me parece muy importante, la coherencia. No creo que sea lo más trascendental del mundo, pero tiene que existir un equilibrio que haga del todo algo armónico.

Muchos buscan portadas efectistas para vender más. Hay editores que no son capaces de trabajar ese aspecto, entonces lo mejor es optar por cubiertas neutras, una buena cubierta con un buen papel, con una tipografía decente, como hacen muchas editoriales francesas con la intención de no despistar al lector del contenido del libro. Las vanguardias también son un ejemplo a seguir en ese aspecto.

Y hay otros ejemplos donde la portada está cuidadísima y hace que esos editores saquen menos libros al año pero dan al libro una calidad diferente.

Sí, se convierte en un libro que adquiere dimensión de objeto. Como soy lectora, y como me gusta mucho esto (en realidad el editor es un lector que enseña a otros lectores lo que lee), cuando voy a la librería es porque tengo muchas ganas de leer algo y ver qué encuentro. Normalmente voy con alguna idea en la cabeza. Las cubiertas me impresionan poco, pero sé que hay muchos lectores que se dejan guiar por las cubiertas. A veces algunas me repelen. Entonces ya pienso que aquello estará mal editado, me da una idea mala del editor y la edición de ese libro, tengo una sospecha que suele ser fundada. El editor debe saber que la cubierta es una parte fundamental de la venta del libro, si ha descuidado eso seguramente lo demás le importa poco.

¿Cómo crees que te afectará la cuestión del libro electrónico? ¿Qué perspectivas tienes?

En estos momentos estoy incluso organizando una serie de charlas con algunos libreros para empezar a hablar en público de este tema, con gente joven que está interesada en la cuestión. Desde mi punto de vista bienvenido sea el libro electrónico porque espero que así se lea más. Me planteo muchos problemas que van surgiendo, y para los editores algunos son fundamentales. La gente piensa que no hacemos libros electrónicos porque no queremos, pero es que hay muchas trabas para hacerlos. El protocolo para hacerlos es infinito. Por otra parte casi ningún editor tiene los derechos de todo su catálogo, y no hay que olvidar al autor y su consentimiento. ¿Qué ocurre? Casi todo el mundo quiere que los libros más vendidos estén en formato electrónico.

El debate existe…

Pero es interno. Nadie está en contra; es como si alguien se hubiera opuesto al ordenador para evitar la desaparición de la máquina de escribir. Hay todo un debate organizado. Primero la definición del libro, porque esto plantea muchos problemas legales. ¿Qué es un libro? Según la RAE un libro es un artefacto encuadernado, cosido y pegado que tiene hojas de papel… Lo primero es cambiar esa definición porque ya no es así, se lee en una pantalla, etc. ¿Cuál es el siguiente problema? ¿Quién colgará los libros en Internet? Habrá grandes grupos que se unirán y formarán grandes corporaciones en las que entrarán determinados libros seleccionados por ellos. Luego habrá, ya la hay, una masa enorme de libros colgados indiscriminadamente y, probablemente, los editores más pequeños crearemos nuestras propias plataformas para que el lector siente que entra en una librería. De otro modo el lector no podrá entender la calidad.





Tampoco matará nada… ¿O sí?

Puede crear grandes problemas a determinadas industrias, como los que se dedican en el norte de Europa al cultivo de bosques para papel de libros y periódicos. Se dice que el libro electrónico es ecológico y puede llegar a ser lo contrario, podría provocar la desaparición de esos cultivos. Las imprentas, que han hecho grandes inversiones, pueden verse afectadas; algunas ya lo padecen. Las librerías notan el descenso en la venta de libros por la tendencia a leer en formatos baratos o gratuitos. También me planteo el problema de los autores o los periodistas, que cada vez cobran menos por el mismo trabajo. La gente tiene que vivir de algo.