sábado, 8 de mayo de 2010

El complejo de dinero en Revista de Letras






El balneario crítico en el disparate: “El complejo de dinero”, de Franziska von Reventlow
Por Jordi Corominas i Julián | Críticas | 3.05.10

El complejo de dinero. Franziska von Reventlow
Traducción de Richard Gross
Periférica (Cáceres, 2010)

“Fraternizamos con otros quebrados y estamos rodeados de gente que habla de hipotecas, valores inmobiliarios, acciones, depósitos robados, títulos seguros o inseguros. Todo el ambiente ha adquirido una nota capitalista, sobremanera benefactora”.

¿Les suena la cantinela? Quítenle sobremanera benefactora y el panorama se asemejará notablemente al de nuestro tiempo. Karl Marx siempre tan sabio. La historia se repite y la cita que abre este artículo tiene ya casi cien años. Cosas del capitalismo y sus malditos ciclos. Los seres humanos nacen, se reproducen, mueren y desaparecen. Las crisis económicas vuelven y repiten esquema. Las nuevas generaciones no aprenden de errores pasados y por eso algunos buenos editores pueden publicar obras tan actuales, y hablamos de una novela de 1916, como El complejo de dinero de Franziska von Reventlow, perfecta metáfora de una concepción del desastre que supone el descalabro monetario en un universo cínico que se ha acostumbrado y adaptado a las delicias del sistema. Ahora que todos somos clase media, la melodía de la escritora alemana produce una risa sardónica desde su tumba, agridulce advertencia, canto a la vida y crítica a la inconciencia del desenfado expresado en forma de vacuo derroche, símbolo de una ruleta que nunca se para e impone el juego como falsa ilusión de supervivencia para seguir dando la razón a Quevedo.



Money can’t buy me love? ¡No! Money, that’s what I want encaja más con la personalidad de la protagonista, una acomodada joven que vive con envidiable libertad hasta que, algo que siempre sucede de repente, rescisiones, embargos y acreedores se juntan para incrementar su obsesión con el vil metal. Resulta que sus problemas ocurren en el momento álgido del psicoanálisis, por lo que no es extraño que un amigo le recomiende un buen tratamiento en el diván de un sanatorio en el norte de Italia, habitual lugar de veraneo para un nutrido grupo de la burguesía europea de la Belle époque que en el manuscrito recientemente editado por Periférica está representada por un variopinto grupo de caracteres díscolos e ingenuos, hombres y mujeres a los que poco o nada les importa curarse, obcecados como están con sus delirios de grandeza, planes de futuro y amoríos que la narradora expone a cuentagotas en sus epístolas para mantener la intriga y dar a conocer los detalles paulatinamente, respetando así la fiabilidad del paso de las hojas del calendario como modo idóneo para una percepción completa de las situaciones expuestas.

Quien recibe las cartas es una tal María, nosotros, destinada a sorprenderse con las batallitas de su amiga, rodeada de bichos raros: Un profesor no numerario, un chico que necesita un abrigo, un antiguo amigo, un millonario ruso, su futura prometida y el estúpido de negro, el más listo de la cuadrilla, dedicada a usar el centro de salud desde anómalas perspectivas que nos encantan, transformándolo en un balneario inútil donde se come de maravilla, se bebe en la terraza y se duermen las resacas. Además, claro está, estos seres rebosan energía y emprenden proyectos petrolíferos, marchan de su benéfica cárcel, retornan y la vida sigue igual, en ese vacío que implica elegir un centro de acción donde sólo se espera, pues esa es una de las claves, la espera de todos y cada uno de ellos enfocada al mañana y a los resultados, siempre económicos, siempre tragicómicos por lo disparatado del baile de las marionetas encadenadas a lo pecuniario. María lee y se troncha. Sí, su queridísima amiga espera en esa pausa genovesa noticias sobre una herencia, y el Mercurio que debe traérselas es su marido, un tipo del que apenas sabe nada, con el que sólo comparte eso, el repartimiento de bienes de un muerto que les debe dar dinero, con el que las enfermedades se solucionarían y la felicidad llenaría el cielo.





El ojo irónico en contraposición a la gravedad del espacio: las manías y los entresijos.

Una de las particularidades más hermosas de ser un lector voraz es la capacidad que tienen los manuscritos de evocar pequeñas cajas de antiguas palabras que guardamos en el cerebro. Al principio de mi lectura la geografía y el espacio me recordaron a La señorita Else de Arthur Schnitzler. Ambiente transalpino, círculo cerrado. El autor de Relato soñado enmarcaba la acción en un hotel, pero la tensión nerviosa de la narración, con una mujer delirando entre dificultades familiares de cariz económico, apelaba más a un tipo de ambiente muy típico de la narrativa centroeuropea del primer tercio del siglo XX: el reposo que genera angustia, el estatismo de los mil y un sanatorios que poblaban el Viejo Mundo antes de la catástrofe. Podemos apreciar tal contexto en monumentos como La muerte en Venecia o La montaña mágica de Thomas Mann, donde el reloj sigue marcando las horas mientras la sensación de tiempo congelado sobrevuela el horizonte con un tono trágico que anuncia el fin de una era desde las coordenadas de una tranquila opulencia que se resiste a morir por desdén a la Historia, por no entender el mal causado por querer abarcar mucho y pensar que la eternidad del bienestar era sencilla. Otros relatos del período captan la misma idea dándole un vértigo superior en ritmo, aunque no en calidad. Me sorprendió intuir que El complejo del dinero viajaría hacia Monte Carlo, y mientras mi cabeza acariciaba la idea evoqué al instante Veinticuatro horas en la mujer de Stefan Zweig. ¿Por qué? Los billetes de las mayores fortunas iban al paraíso monegasco en busca del éxito en el Casino. El lugar de reposo y la sala del rojo y el negro fueron dos buques insignia de aquellas elegantes personas con la capacidad de invertir grandes cantidades en ocios de rompe y rasga. La Jet set del continente se unía en sitios selectos apartados de la realidad, balsas de aceite donde seguir en una próspera alienación sin pies en el suelo. Esta frivolidad es una de las señas de identidad de El complejo del dinero, lo que cambia en relación a los pilares literarios que he mencionado en estas páginas es su tono, que no busca ese aire trágico, sino más bien lo contrario, porque desde el principio vemos la verde manía de la protagonista como una mordaz crítica a la decadencia de la no renuncia, al ocaso de cerrar los ojos y seguir acelerando para no despertar del sueño. Los acaudalados residentes del sanatorio aman demasiado la burbuja en la que han crecido e ignoran el ridículo que causan en la mirada externa. Lo grotesco de su actitud los asimila a esos señores de etiqueta que abandonan los últimos una fiesta a altas horas de la madrugada, son los chicos para los que toca la orquestra de los compases finales de La notte de Michelangelo Antonioni, entes ausentes, invisibles quijotes que bien podrían dibujarse o proyectarse en telas y celuloides del expresionismo alemán. La diferencia, la revelación, es que Franziska von Reventlow trata la cuestión metiendo el dedo en la llaga, con una contundente poética que prescinde de superfluos lirismos y revienta el grano con vocablos esenciales, desnudando oropeles y ciñéndose a los pilares del edificio, terminología económica a la que nos hemos habituado por decreto de crisis, léxico que sólo surge cuando la cosa se pone fea, vocabulario reservado a la oligarquía que emerge cuando el temible déficit, la desbocada inflación y las impagadas hipotecas inundan la cotidianidad para asustarla. La intención de la narradora se puede contemplar desde una visión esperpéntica, mezcla de vestido nuevo del Emperador y una Luces de Bohemia de alta alcurnia, sin callejón del gato porque lo cóncavo, lo deforme, está en el interior de los protagonistas, cuya alma es bien conocida por la autora, quien seguramente en el momento de escribir la novela aprovechaba los beneficios de su matrimonio de conveniencia con el barón Alexander von Rechenberg-Linten, lo que nos llevaría a concluir que el feminismo que impregna parte del relato es terapia de autenticidad para combatir los sinsabores de casarse para sobrevivir, luz de claroscuro en una mujer que para avanzar en lo que amaba tuvo que claudicar y ceñirse a convenciones en lo sentimental, duro camino desde su rebeldía que daría a la obra que acabamos de comentar una profundidad especial al exhibir las armas del enemigo para desenmascararlo y juzgar lo económico como un cáncer que trasciende su influencia hasta provocar el colapso del cuerpo al saturar todos sus órganos.