domingo, 22 de mayo de 2011

La flor roja de Vsèvolod Garshin en Revista de Letras



“La flor roja”, de Vsévolod Garshín
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 21.05.11


La flor roja. Vsévolod Garshín
Traducción de Patricia Gonzalo de Jesús
Ilustraciones de Sara Morante
Nevsky Prospects (Madrid, 2011)


Hay dos maneras de leer La flor roja de Vsévolod Garshín. La primera consiste en abrir el libro y leerlo sin premisas que alteren nuestro juicio. El protagonista es un joven con una grave enfermedad mental que le hace ver la realidad desde una perspectiva muy alejada de lo que se considera normal. Sí, lector. Hablamos de un loco, y como tal ingresa en un manicomio, palabra que el modoso corrector de Word juzga incorrecta, para curarse y reingresar al mundo de los cuerdos con sus facultades mentales plenamente recuperadas.

Su estancia en el recinto es un calvario. Ingresa a lo grande, proclamando que es un inspector del Zar, lo que sin duda delata su grandilocuencia y lo precario de su salud psíquica, que no hará sino agravarse a medida que transcurran las jornadas y su peso mengüe considerablemente. De nada sirven los baños ni los consejos médicos. El paciente deambula por el centro recorriendo kilómetros y más kilómetros en un bucle que se eterniza transmitiéndonos, ¿las hay que no lo sean?, una insana angustia a la que se añade una creciente claustrofobia que trasladará, es inevitable, al exterior cuando en el jardín del hospital contemple una amapola escarlata.

Esta flor siempre ha gozado de una doble reputación. Por una parte es bella, pero por la otra contiene en su interior opio, y ya sabemos cual es su efecto. Karl Marx lo comparaba con la religión por el pueblo, y eso hizo que servidor pensara en muchos tramos de la narración que la misma era una metáfora de opresión, como si el pobre recluso simbolizara la condición infrahumana a la que muchos rusos se vieron abocados por el omnímodo poder del Kremlin a lo largo del Ochocientos hasta que el siglo XX y el bolchevismo dieron una leve brizna de esperanza a esta vasta nación oprimida. La idea que incubó mi cabeza hasta una nueva revelación cobraba cuerpo por la figura del viejo vigilante ucraniano, metáfora de lo antiguo que sepulta lo joven por control y prohibición de libertad.

El problema es que no sólo había una flor. Tres, número perfecto, eran las que crecían cerca de la puerta, trilogía que el protagonista contempla como un mal a extirpar, y así lo hace a sabiendas que tan demoníaco objeto de deseo le acarreará problemas y una más que segura muerte, anunciada por los galenos y presentida por todos nosotros a medida que la crónica avanza y sentimos que no hay solución para el insomne héroe que destaca en el infestado sanatorio.

Antes de ir a la segunda interpretación hay que hacer un paréntesis para remarcar dos factores clave que dignifican aún más si cabe la publicación de este libro por parte del sello Nevsky Prospects. La traducción de Patricia Gonzalo de Jesús es magnífica. Su labor era harto complicada porque el texto no es precisamente sencillo. Plasmar en castellano toda la tensión del original ruso seguramente ha sido una ardua tarea que ha superado con creces. El volumen engancha, algo que asimismo consigue por las ilustraciones de Sara Morante, quien recientemente también ha colaborado con mucho acierto en el Diccionario de literatura para esnobs editado por Impedimenta. Sus dibujos parten de un intenso trabajo documental a partir de fotografías de psiquiátricos abandonados y luego, subordinando su arte a la palabra, optó por centrar sus diseños a dos colores. El rojo es infalible. Sirve para la pasión y el dolor, para plantas y sangre, para intensidad y finitud. El negro, Stendhal nos daría su beneplácito, contrasta y contribuye a dotar el ambiente de un tono más lúgubre, muy adecuado para la experiencia narrada porque incrementa el tétrico terror interno, a lo que también ayuda el haber decorado los muros de esa cárcel para dementes con motivos floreales, fuente de todos los males, dolor visual que persigue y destruye.



Vayamos a la segunda interpretación. Conviene leer la biografía de los autores, pues siempre nos dará pistas a las que agarrarnos para una absoluta comprensión de su producción. En el caso que nos concierne comprobamos que Vsévolod Mijáilovich Garshín vivió los mismos años que Cristo. Provenía de una familia noble de tradición militar, lo que le obligó a enrolarse como voluntario, curiosa contradicción, en el conflicto que Rusia mantuvo con Turquía a lo largo de la década de los setenta del Ochocientos. Fue herido en una pierna y durante su convalecencia empezó a escribir. Su obra es escasa, poco más de veinte relatos y algunos artículos periodísticos que le merecieron encendidos elogios de monumentos como Turguéniev, quien lo consideraba su heredero.

Sin embargo la suerte fue muy esquiva con su persona. En 1880 dio muestras de inestabilidad mental y pasó lo que le quedaba de vida en varios centros mentales, suicidándose en San Petersburgo en 1888. Su experiencia directa fue la que inspiró La flor roja, donde la introspección psicológica anticipa rasgos habituales en los grandes narradores de las primeras décadas del Novecientos, con la diferencia que Garshín relata sin ambages su propio dolor de manera muy intensa, tanto que Sara Morante, algo que no percibes sin informarte previamente, optó por ilustrar al protagonista con las facciones del autor, verdadero mártir de su propio cerebro.

Con estos datos y lo comentado huelga decir que el libro que acabamos de comentar, segundo de la colección Perspectivas de la editorial dirigida por James y Marian Womack, es una narración autobiográfica muy valiente en la que Garshín intentó expulsar los fantasmas que corrompían su alma, algo que por desgracia no consiguió y evitó con toda probabilidad que de su pluma surgieran construcciones aún más memorables, monumentos literarios que tenía a su alcance, pues no todo el mundo puede escribir así con apenas veintiocho primaveras, escribir y permanecer así que pasen ciento treinta años, ése es el mérito y la indudable prueba de su genio.

Ilustraciones: Sara Morante