martes, 24 de mayo de 2011

La Familia Himmler de Katrin Himmler en Revista de Letras





Crónica de una ocultación: “Los hermanos Himmler”, de Katrin Himmler
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 23.05.11


Los hermanos Himmler. Historia de una familia alemana. Katrin Himmler
Traducción de Richard Gross
Libros del Silencio (Barcelona, 2011)


¿Puede el Humanismo prevenir contra la barbarie? Si nos atenemos al caso de la familia Himmler la respuesta será negativa. Quien conozca un poco la Historia del nazismo sabrá quién era Heinrich Himmler, jefe de la SS que con su absoluto control de los campos de exterminio puede ser considerado sin ningún tipo de ambages como el peor asesino del siglo XX. Este hombre que amaba cultivar hortalizas y mimar a los animales no tuvo piedad alguna cuando le tocó ordenar la ejecución masiva de los enemigos del Tercer Reich, seres que según la diabólica concepción del régimen capitaneado por Adolf Hitler eran criaturas inferiores a las que convenía eliminar para crear una nuevo orden basado en la superioridad de la raza aria.

En 1945 cayó un telón de silencio entre los alemanes que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial. El país en ruinas estaba estigmatizado. Suele decirse que la distancia es el olvido, aunque el mismo es pernicioso porque tarde o temprano afloran las culpas. Muchas familias legaron a sus descendientes un puñado de burdas mentiras para preservar una impoluta impresión. Nadie sabía nada, todos fueron víctimas de una panda de locos entregados a la matanza. En los años cincuenta la visión de unos pocos monstruos responsables ganó partido y favoreció una amnistía de conciencia que el paso de las décadas situó en su justo lugar.



Imaginen llevar un apellido sospechoso, pongamos Himmler. Es el caso de Katrin Himmler, nieta de Ernst Himmler, que a su vez era hermano del terrible Heinrich. Durante toda su vida esta licenciada en Ciencias Políticas recibió de sus allegados una versión sesgada de la historia familiar porque el mal causado por el famoso verdugo de la SS ocultaba la complicidad de otros miembros del clan. Un buen día, a finales de los años noventa, su padre le pidió que investigara en los archivos oficiales y las sorpresas que los documentos revelaron fueron mayúsculas. Por ello, y porque es una nueva alemana que asume los horrendos pecados de las anteriores generaciones que colaboraron con el nazismo, decidió escribir Los hermanos Himmler, libro que llega a nuestras librerías de la mano de Libros del Silencio.

La obra es un minucioso estudio, no exento como es comprensible de reflexiones personales, sobre cómo una respetable colección de individuos termina cayendo en el marasmo de abrazar la causa Nacionalsocialista sin estrépito, asumiendo su labor con espeluznante normalidad.


El patriarca del clan fue un militar que falleció a mediados del Ochocientos y dejó en el hijo huérfano el estigma de la superación. Gebhard Himmler padre basó su existencia en la típica cantinela burguesa del crecimiento social, y consiguió su objetivo mediante la cultura. Fue un pedagogo riguroso que llegó a educar a hijos de la realeza bávara, lo que le confirió delirios de grandeza y la creencia del rigor vital como máxima virtud. Inculcó a sus tres vástagos férreas convicciones que pueden resumirse metafóricamente en el diario que obligó a escribir al joven Heinrich. Esas páginas son una síntesis de disciplina. Nada de florituras, sólo anotaciones de los hechos cotidianos desde una perspectiva glaciar con la que rellenar clima, comidas y actividades, pues los sentimientos correspondían a otra esfera. Los otros hijos del tardío matrimonio, Gebhard y Ernst, desarrollaron inquietudes culturales que el estallido de la Gran Guerra congeló parcialmente. La exaltación patriótica ganó la partida y los jóvenes desearon, y finalmente consiguieron, acudir a la llamada de las armas, con consecuencias fatales para sus respectivas trayectorias.



Gebhard y Heinrich ingresaron en la edad adulta a golpe de fusil y tragedia. La proclamación de la República de Weimar les hizo caer en el hechizo del cualquier tiempo pasado fue mejor, algo que interpretaron, en esa época de estanflación y Versalles, ingresando en agrupaciones paramilitares que alteraron su destino. El primero de los hermanos fue un poco más inteligente y se licenció en ingeniería. Del segundo ya sabemos bastante. Ambos fueron acérrimos partícipes del golpe de la cervecería de noviembre de 1923 porque seguían albergando la esperanza, maldito amor patriótico, de ver renacer de sus cenizas a su tan querida Alemania.




El pequeño Ernst, el niño mimado por sus padres, se aficionó a la tecnología. Dirán que es un hobby inofensivo, de esos que hoy en día comparten muchas personas. Sin duda, pero pese a que nuestro período es complicado no tiene por ahora las negras connotaciones de los años treinta en Alemania. Aupados por Heinrich, tanto Gebhard como Ernst medraron en la burocracia nazi hasta ocupar puestos de relumbrón que aseguraron su porvenir, lo que asimismo acaeció con primos, cuñados y amigos que desarrollaron graves responsabilidades criminales en la estructura del Tercer Reich.

Gebhard trabajó en el Ministerio de Educación y Ernst fue un auténtico pionero en el campo de la radiodifusión, factor trascendental en un Estado que basaba parte de su asombroso contagio para con el ciudadano en la propaganda dirigida por Joseph Goebbels.

Si quieren saber más, pues no estamos hablando en absoluto de ficción, les recomiendo adquirir el volumen y comprobar con sus propios ojos la evolución de tres vidas que afectaron a otras muchas de su círculo cercano y más allá. Lo que asombra de la investigación de Katrin Himmler son hechos que normalmente muchos ensayos históricos desdeñan: la absoluta normalidad de los planes nazis de aniquilación mundial. Siempre, hasta cuando lo comentamos en una charla de bar, se ha admirado la virtud germánica de la racionalidad que tantos buenos literatos y pensadores ha dado a la cultura universal. Lo que no pensamos casi nunca, si bien ya lo anunció Francisco de Goya y Lucientes, es que este mismo indudable valor puede derivar en el defecto supremo de tergiversarse para caer en pútridas carnicerías organizadas. La burocracia del sistema del Tercer Reich apabulla. Al desgranar, para su propio estupor, la crónica de su familia la autora va descubriendo una maquinaria muy bien engrasada que no se nutre de bestias aisladas, sino de un enjambre de seres de carne y hueso que, a través de la acción colectiva, perpetuaron innombrables masacres a lo largo y ancho del territorio que conquistaron entre 1933 y 1941, cuando la precipitada invasión de la Unión Soviética selló el final del sueño de dominio que Hitler y sus compinches planearon. La impresión es más profunda si cabe porque desvela una mentira tolerada que ignora que el pasado siempre vuelve al ser un bumerán empeñado en poner los puntos sobre las íes.



Heinrich Himmler fue el encargado, y lo hizo con esmerado rigor, de aplicar la Solución Final. En mayo de 1945 fue capturado por las fuerzas aliadas y se suicidó mordiendo una cápsula de cianuro que guardaba en su boca, al igual que hizo su hermano Ernst mientras huía de Berlín, tomado por los soviéticos. Su enorme responsabilidad histórica fue la coartada perfecta para empequeñecer la de sus hermanos. El pueblo alemán ha dado prueba a lo largo de lo que llevamos de centuria de su ajuste de cuentas con el nazismo, que ya no es tabú porque para limpiar la mierda conviene exponerla a ojos de todos para que no se repita. Películas como El Hundimiento o La vida de los otros, en diferente contexto, demuestran que los que no vivieron la tragedia quieren analizarla y dejar atrás rémoras que amargaron al país a lo largo de la Guerra Fría. No aceptar los errores y esconderlos es una cárcel mental demasiado dura, insuperable por engaño y que afecta a los más pequeños, que viven envueltos en una ceguera consentida por los mayores. Katrin Himmler decidió desafiarla y el resultado es excepcional. Ojalá en España muchos sordos hicieran lo mismo que ella para conciliar las fichas del tablero incompleto. Se llama madurez.

5 comentarios:

Carlos González Peón dijo...

Pinta bien. Acabo de encargarlo.

Sales caro, Jordi.

Un saludo,

Jordi dijo...

pues mira que ultimamente estoy topando con bastantes pedradas,eh? con este vas sobre seguro si te mola la historia de ese momento histórico y una narración sumamente objetiva, podría ser una historiadora cualquiera, lo único es que introduce su voz en algunos momentos de manera más íntima,que es algo que raramente suele gustarme

Carlos González Peón dijo...

A mí ese tipo de voz también me suele sobrar pero la historia promete. El momento histórico me interesa sobre todo por intentar entender cómo se puede llegar a él... a ello. Precisamente ahora me pillas leyendo la estupenda "Tres dictadores" de Emil Edwig y de ahí mi repentino interés por ésta y por "Hammerstein o el tesón" de Enzensberger.

Jordi dijo...

Joder, Ludwig es muy grande y el de Hammerstein lo tengo guardado para las próximas semanas. Con libros de esta época ya sabes que se tiene que ir con cuidado. Ultimamente se están sacando cosas bastante potentes, hasta creo que Libros del Asteroide sacó uno bastante brutal sobre un médico en el frente ruso.

Carlos González Peón dijo...

Sí, "La bandera invisible" de Peter Bamm, pero eso puede ser demasiado para el cuerpo. Me anoto los dos mencionados y luego ya veremos, según como tenga el estómago.

Respecto a "Tres dictadores", esto es lo primero que leo de Ludwig y me asombra la claridad de su escritura. Sólo hace un par de horas acabé de leer el magnífico retrato que hace de Stalin y ya estoy deseando encontrar un momento para sumergirme en esa batalla entre el dictador y Trotsky.