jueves, 12 de mayo de 2011

Tren a Pakistán de Khuswant Singh en Revista de Letras



La explicación del origen: “Tren a Pakistán”, de Khushwant Singh
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 9.05.11

Tren a Pakistán. Khushwant Singh
Traducción de Marta Alcaraz Burgueño
Libros del Asteroide (Barcelona, 2011)


Desde que tengo uso de razón, si es que eso es posible, leo periódicos y veo noticias con el conflicto entre La India y Pakistán. Los occidentales somos unos esnobs que tenemos una visión ciertamente idealizada del gran subcontinente asiático. Que si Gandhi, que si los dioses, que si todo ocurre con más lentitud y vuelves a casa con una impresión cambiada de la realidad. Una de mis mayores ilusiones en la vida seria visitar las tierras que albergan esa más que milenaria cultura, pero a falta de dinero para emprender el reto me conformo con estudiar un poco su Historia para comprender el porqué de sus magias y disensiones.

La Segunda Guerra Mundial dejó a Inglaterra prácticamente en la bancarrota. La victoria del partido laborista en agosto de 1945 permitió el nacimiento del Estado del Bienestar que ahora algunos terroristas económicos destruyen con alegría. No hubiera sido posible sin el proceso que llevó a la paulatina desmembración del Imperio, lo que naturalmente implicó la renuncia a la mayoría de las colonias que extendieron los dominios británicos a lo largo y ancho del Planeta. La perla de tan vastas posesiones era La India, que consiguió su independencia parcial el 15 de agosto de 1947.

El problema central de esa libertad radicaba en la cuestión religiosa. La solución adoptada fue dividir el País en tres partes que engendraron dos nuevas entidades políticas para la población musulmana, Bangladesh en el este y Pakistán en el oeste. La creación de estos Estados implicó un importante movimiento de personas para trasladar a Sijs y musulmanes, produciéndose graves disturbios que produjeron miles de muertes. Es precisamente en este contexto donde transcurre Tren a Pakistán, clásico de la literatura india de Khushwant Singh que ahora recupera con mucho tino Libros del Asteroide.

La acción se sitúa en la ficticia localidad de Mano Majra, en el umbral del punto caliente del conflicto. Es un pueblo anodino donde sus habitantes siguen sin cuestionarse ancestrales tradiciones. La paz predomina y nada hace intuir que pueda quebrarse. Sin embargo su autor, sintético y con las ideas claras al vivir el momento, empieza fuerte anunciando tormenta. Estallará cuando unos rufianes asesinen al prestamista local. Las sospechas recaen sobre un inocente, un ladrón Sij que la noche de autos incumplía las premisas de su libertad para intimar con una joven musulmana. Más tarde, junto a la policía encargada de averiguar los entresijos del crimen, llegará un activista político educado en la cultura europea al que se encarcelará sin motivo alguno, dejando las autoridades que se pudra entre rejas junto al delincuente a la espera de cómo evolucionen los acontecimientos.



La brillantez del relato estriba en varias cuestiones. La primera de ellas es la capacidad poética de su narrador para resumir el conflicto de aquel sangriento verano en una localidad remota, aislada en principio del mundanal ruido. Eso hace que la trama se desarrolle con un ritmo pausado donde se introducen muy bien los personajes y sus motivos. Sin embargo, lo individual topa con lo colectivo mediante el elemento que vertebra el texto. El tren rompe la quietud y propicia la irrupción de la Historia en la nada. Lo minúsculo viaja hacia lo inmenso y los vientos de una pequeñez adquieren una magnitud insospechada mediante la necesidad de quemar los cadáveres sijs que albergaban los vagones de la locomotora. Queroseno. Surge la polémica y el delito pierde importancia porque las normas han cambiado y el poder ya no se limita a la esfera de esos campos que esperan el aluvión, que en ese infausto año regará las tierras con cuerpos muertos, portavoces del desastre.

La panda de matones cobra otro relieve y se erige en vanguardia de la venganza. La convivencia queda truncada, la hermandad entre los lugareños se quebranta. Quien lea Tren a Pakistán cómo una mera novela de entretenimiento se equivoca. En su interior encierra lecciones universales, porque su interés no radica tanto en la inevitable lucha sino en la culpabilidad de todos los bandos implicados. No hubo inocentes y sí muchos culpables que se dejaron llevar por la inercia de Clío. En Mano Majra, como en toda La India, la unión entre sijs e hindúes era sólida porque tenían más puntos en común que diferencias. Aún así Khushwant Singh, que sigue dando guerra a sus noventa y seis primaveras, introduce la disensión y la hégira de los musulmanes como un error político que podría haberse subsanado de haber medido mejor los tiempos del proceso, que desde la división engendró odio y un innecesario baño de sangre cifrado en un millón de almas. Lo advirtió Gandhi, desoyeron su criterio y todos tan contentos en la infinita tristeza.



La lírica del relato se cifra en pequeños elementos, metáforas que ayudan a comprender el porqué de los hechos y sobretodo la victoria de lo irracional sobre una normalidad que desde ese preciso instante mutó en pesadilla. Han pasado más de sesenta años y lo que alguien escribió en treinta días sigue teniendo vigencia porque explica el origen de un drama que nadie atendía y sigue martilleando con demasiado fulgor negativo a casa paso que da. Las lecciones de la Historia lejana para Occidente que pueden aprenderse en la ficción son tesoros irrenunciables, perlas que dan al navegante las justas coordenadas para ubicarse en un mapa en el que nos manejan demasiado a su antojo, como si fuéramos peones irrelevantes que sirven para cuadrar intereses de una partida que no debería ser la nuestra.

En este sentido Tren a Pakistán se asemeja a Cristo si è fermato a Eboli de Carlo Levi. La obra, publicada en Italia en 1945, empieza con una maravillosa y significativa frase. “Sono passati molti anni, pieni di guerra, e di quello che si usa chiamare la Storia”. Los hombres no la tienen presente hasta que no arruina su cotidianidad, por eso quizá no me canso de hablar de épica de lo común, porque la construimos nosotros. El resto es una imposición que Khushwant Sing denunció en el ya lejano 1956. Su actualidad asombra, la repetición de la burla a la que nos someten los que llevan las riendas todavía más.