lunes, 12 de septiembre de 2011

El arte de no decir la verdad de A. Sobczynski en Literaturas


El arte de no decir la verdad de
Adam Sobczynksi
por Jordi Corominas i Julián

La estupidez humana es infinita. Nuestros padres discutieron durante más de treinta años de temas fascinantes con la satisfacción de no atisbar ningún peligro económico en el horizonte. Tuvieron la suerte de ser la última generación con trabajo fijo casi desde jóvenes. Sí lector, ya sé que quizá no es tu caso, pero acepta que la mayoría pudo vivir hasta hace bien poco con la tranquilidad de no pensar en el mañana de manera dolorosa. Por eso era posible sentarse con amigos hasta las tantas de la noche debatiendo apasionadas cuestiones trotskistas con la creencia de haber alterado el orden. La realidad era otra, pero Occidente vivió en la anestesia del falso bienestar hasta que estallaron múltiples burbujas y la transparencia de la estabilidad cedió otra vez, la Historia es cíclica, a la preponderancia del fingimiento, única vía para salvarse, como si la sociedad fuera una corte y sus ciudadanos, súbditos capitalistas, peleles que para conseguir sus objetivos tienen que medrar en un laberinto bizantino donde para ascender hay que ser un estratega con todas las de la ley.



Adam Soboczynski es un joven periodista alemán de origen polaco que captó estas constantes de nuestro tiempo y decidió conferirles una unidad completa a través de treinta y tres propuestas, el número de Cristo y los galenos, que ejemplificaran esta nueva era de hipocresía. El resultado es El arte de no decir la verdad, editado en España por Anagrama tras su éxito en varios países europeos.



El volumen tiene difícil definición. Sus partes están enlazadas mediante personajes que aparecen y desaparecen en función del tema a tratar en este catálogo de situaciones que pretende ser una novela moderna por su frescura consistente en capítulos breves, buenas dosis de humor cotidiano y la duda de su propia clasificación, pues en ocasiones tanto consejo nos da la sensación de estar leyendo un manual de autoayuda maquillado para que el golpe pueda encajar en nuestro exigente cerebro.



Controlar los arrebatos, fingir, mostrar interés, embaucar, utilizar el humor, inspirar confianza, resultar misterioso, cambiar de opinión, capear las situaciones embarazosas, estar delgado o hacer carambolas son algunos de los trances por donde transitan las páginas del manuscrito, cargadas de fina ironía que ridiculiza con elegancia las convenciones, desde una cena de trabajo hasta la excesiva erudición o las presuposiciones de superioridad y narcisismo que tan bien caracterizan este pútrido siglo XXI en que nos ha tocado circular.

Otra cuestión interesante del libro es cómo leerlo. Quien vea en él una novela podrá devorarlo en un abrir y cerrar de ojos, aunque la mejor opción sea tomarlo en pequeñas porciones, porque por muy interesante que sea el juego de enlaces estos adolecen de coherencia. Parece que las conexiones se gesten por la imperiosa urgencia de dar una argamasa sólida al texto para que sea presentable en el sentido finito del relato que prescinda del mero apunte de la curiosidad sin más.



Taxonomizar es fundamental, también el instante en que abrimos cualquier tipo de volumen para darle nuestro visto bueno. Si hubiera leído El arte de no decir la verdad antes del 15M hubiera esbozado una sonrisa sincera. Cuando asisto a fiestas sigo viendo los aspectos que destaca Soboczynski, pero la perspectiva se ha alterado. Los farsantes seguirán campando a sus anchas y los que creen en el mérito sufrirán por culpa del modelo instaurado. Sin embargo, la esperanza vuelve a brillar. Las revueltas de 2011 no son sólo una protesta contra la crisis económica, sino más bien un firme posicionamiento de muchos estratos para que lo prístino vuelva a tomar las riendas e impida el desbarajuste de basura multidisciplinar en la que nos hallamos, excrementos aliñados con control, paranoia y un miedo que impide a las personas la autenticidad que nos gustaría palpar en el ambiente.



En este sentido podemos dar con otra lectura, más ensayística, lo que seguramente sería lo correcto al abordar temas de este calado, nada banales al ser el espejo que por desgracia está marcando a más de una hornada de la actualidad. El problema puede radicar en que el mismo mercado se está gustando mucho al impulsar obras sintéticas accesibles a cualquier hijo de vecino. Y que yo sepa es importante mimar al lector dándole huesos duros de roer para que aprenda lo que vale un peine en el mejor sentido de la palabra, que es el de la inteligencia que aprecie el esfuerzo y el ansía de aprehender. El escritor teutón es periodista y se ha decantado por la formula más sencilla. Esperemos que sea la antesala de un cuerpo más profundo que aproveche los conceptos esgrimidos para ir más allá de lo fútil, así sus ideas predicarían adecuadamente con el mensaje transmitido.