martes, 13 de septiembre de 2011

La mentira de la vampira en Se fue al otro barrio de Bcn Mes



La mentira de la vampira, by Jordi Corominas i Julián

Hace poco me casé en la calle Joaquín Costa 29. Lo hice porque siento un amor truculento por Enriqueta Martí y deseaba perpetuar el recuerdo de ese portal que en 1912 fue el centro fundamental de la crónica negra barcelonesa. Hace pocos años una asesina asombró a la ciudad y los periodistas, siempre tan ávidos en las comparaciones, recuperaron a la mala dona, que desde ese momento volvió a interesar a parte de la opinión pública.

Ya se sabe que en verano, si uno quiere, las horas pasan más lentas y es conveniente buscar distracciones que vayan más allá de la piscina, tardes de Facebook y noches en plazas. En mi caso he optado por empaparme de esta antigua historia e intentar sonsacar la verdad de su entramado. Visioné documentales, indagué en archivos y finalmente sucumbí a la hemeroteca, de la que me fio porque es pretérita, pues desde mayo no creo nada de lo que dicen los periódicos, bestias magníficas abocadas a una profunda reforma si quieren seguir bailando en los nuevos tiempos que se avecinan.


La versión canónica de los sucesos relacionados con Enriqueta Martí es una sarta de mentiras como la copa de un pino. Hay libros que dan más en el clavo, pero lo que conoce la mayoría es pura bazofia de morbo y sensacionalismo, como si el pasado también sirviera para elaborar un Sálvame cualquiera. Entre otras falacias he comprobado cómo la mayoría de “investigadores” se han limitado a hojear las páginas de ese 28 de febrero en que todo saltó a la luz, páginas que hablaban de infanticidios, prostitución de menores, extrañas listas con peces gordos implicados y muchos crímenes atroces que en realidad, una vez la investigación avanzó hasta clarificar el panorama, nunca acaecieron.

Enriqueta Martí nunca fue al Liceo de noche a conversar con la burguesía catalana. Iba a una institución llamada Liceo Poliglota, sita en la Rambla de Catalunya, para recoger ropa y comida. Así, mito ya divulgado en esas primeras semanas de pánico gratuito, la leyenda empieza a caer, y continua su deriva cuando rebusco en un diario llamado La Correspondencia de España y compruebo que una entrevista que se ha usado recientemente en un programa televisivo era un sueño del redactor para divertir a los lectores con la historia que traía de cabeza a toda España. Es vergonzoso que justo cuando la decadencia de la prensa es más notoria sigan usándose tretas que tratan al público de retrasado mental profundo. Y es una lástima, pues ahora Internet goza de notorios narchivos que recopilan publicaciones de antaño, con lo que comprobar la mentira fue muy sencillo, bufar i fer ampolles. Ese 27 de marzo Enriqueta no habló con ningún chupatintas, y las pocas charlas que concedió fueron colectivas y poco útiles para recabar información.

Siguiendo con el tema sorprende que siga vendiéndose tan preciada figura como epítome del mal en la Ciudad Condal. Enriqueta no era muy normal que digamos, eso nadie lo pone en tela de juicio. Engañó a su cuñada en un parto diciéndole que la niña que esperaba había muerto, y por si esto fuera poco también ayudó a registrar la defunción de un sobrino para que no hiciera la mili. Además tenía cierta querencia a frecuentar traperos y otras malas compañías, pero ni quitaba el tuétano a los niños ni montaba burdeles de gran lujo. La policía de la época tuvo que lidiar con unos incipientes medios de comunicación que se morían por tener una exclusiva, que en el tema que nos concierne se centraba en el hallazgo de huesos humanos en los domicilios de la vampira, término que no aparece en ningún artículo de los consultados, siendo pura invención contemporánea para adornar la cuestión hasta los topes.

Nuestra protagonista tuvo una vida de perros que incrementó con su conducta. Se casó con un pintor chiflado que comía alpiste, intentó prostituir a una chica en la Calle Tallers y por lo visto tenía una fuerte frustración por no poder ser madre. El personaje se las trae y merece ser objeto de estudio, aunque quizá deberíamos ser algo más serios, consultar las fuentes como Dios manda y dejarnos de pamplinas. ¿Necesita Barcelona un Jack el destripador de la terra? No, y además resulta que en nuestra urbe no se estila para nada lo de asesinar en serie. Disfrutemos de nuestras carencias y seamos más precisos con la Historia popular, urna que con su pequeñez completa un puzle por el que circulamos con demasiado desconocimiento.

Ilustración: Nil Bartolozzi