domingo, 2 de octubre de 2011

Divagaciones sobre lo justo en Revista Excodra


Divagaciones sobre lo justo, por Jordi Corominas i Julián

No soy mucho de repetir palabras en el mismo texto. Es algo que detesto, como si ser redundante fuera un pecado capital. El problema crece por hiperactividad. Termino un artículo o un poema, empiezo otro y evito vocablos pensando que los usé recientemente. Como pueden comprender tal manía puede conducirme a una especie de esquizofrenia que estas líneas acentuarán. Me han propuesto hablar de lo justo, y al principio quería escribir algo bastante panfletario y político. No lo haré por decencia. Soy un autor que mete ideas hasta en la sopa, así que dejemos que fluyan. Al fin y al cabo cualquier artefacto de estas características tiene matices ideológicos que a veces no captamos por simple pereza. La literatura es una imagen del mundo que proyectamos a través sus mecanismos. No le demos más vueltas. Suena el pistoletazo de salida. Estamos en el vagón de la vida.


La primera estación es una tarde de domingo y una película de los años cincuenta. De pequeño preguntaba con insistencia el porqué de la apabullante superioridad de los filmes en blanco y negro. Mi madre, amante del séptimo arte, respondía de manera comprensible. Hijo, son los actores, la fotografía y hasta las historias. Si me apuran, esto es de mi cosecha, hasta la época propiciaba un apego mayor al séptimo arte. La tele pasaba Desirée con Marlon Brando en el papel de Napoleón. Un niño de seis años no tiene porqué saber nada del corso, así que la trama me fascinó. El tipo conquistaba, residía en un palacio de aúpa y soltaba frases más que inteligentes bajo un fondo en technicolor que evocaba tierras de ensueño. Al final, siento estropearles el visionado, su aventura finalizaba mal, lo que cuestioné con otro gran interrogante. ¿Por qué siempre ganan los buenos? Querido, el guión está basado en hechos históricos, no pueden cambiarlo, las cosas pasaron así. No era justo.



Bonaparte mola, es el penúltimo héroe romántico, suerte tenemos de Lawrence de Arabia. En la cinta que le dedicó el gran David Lean respiramos más tranquilos desde los primeros minutos al saber que ha muerto en un absurdo accidente de moto, lo que le confiere más grandeza, y reposa en un templo a la altura de su categoría. La musa Clío no requiere de escribas, sus novelas acaecen con la naturalidad de la lógica.



En la Segunda Guerra Mundial los buenos ganaron por una serie de problemáticas geoestratégicas que están relacionadas con un episodio de justicia poética. Hitler pervirtió al superhombre de Nietzsche con un embuste médico. Un doctor búlgaro, advierto que quizá confunda la nacionalidad del galeno, le recetó inyecciones de Speed. La droga, también aplicada a sus tropas, generó un efecto benéfico entre 1935 y 1941, los años de máximo esplendor nazi. El Führer era más ágil en su pensamiento y ordenaba con destreza operaciones relámpago que sirvieron para conquistar media Europa y planificar el asalto al Imperio Británico con la gran ambición de estrechar una mano japonesa en La India. La guerra terminaría y el orbe terráqueo sería de la cruz gamada con ribetes de sol naciente y aliño lictor. Por suerte eso de chutarse en vena a lo bestia no podía ser bueno y Adolfo notó efectos negativos. Los pensamientos se entorpecieron, y lo que antes era sabiduría devino locura pura y dura que se agravó por los constantes fracasos en el frente ruso. Lo que otrora era potencia significó la pérdida del conflicto, por la velocidad, algo de lo que deberían tomar nota todos los amantes de lo posmoderno, que de tanto amar lo efímero quizá se encuentren un día en calzoncillos y sin ninguna medalla que colgar en su estantería. Lo justo sería que el concepto de longevidad siguiera imponiéndose en el arte, si bien el último decenio parece desmentirlo. Triunfan las fotos de modelaje y el contenido es despreciado porque es mejor tener impacto que un prestigio cimentado en el trabajo.




Un buen ejemplo de lo dicho lo tenemos en la obra de Damien Hirst. Su calavera de diamantes es una frivolidad de tomo y lomo que sedujo a los compradores al considerarla muy original. Ahora que la crisis acecha su prestigio ha resbalado y las subastas prefieren apostar sobre seguro mediante la valoración de pinturas y esculturas que muestren calidad sin estridencias plagadas de cinismo. El fracaso del inglés es un aviso para navegantes en un doble sentido. Por una parte el público no es tonto, y una cosa es la juventud que idolatra y otra bien distinta las personas con criterio que saben desmenuzar el grano de la paja, lo que nos dirige a la segunda advertencia que versa sobre credibilidad y elogio de lo insólito en el buen sentido. Con dinero yo también puedo atreverme a reconstruir un cráneo, pero como soy pobre de solemnidad y pago autónomos sé lo que vale un peine, por lo que optaré por la observación de detalles que impliquen artesanía innovadora, pues debo ser muy antiguo y sigo conservando la fe en el artista amanuense que revolucione el cotarro con simplicidad, economía de medios y un mensaje que transmitir al respetable, lo que suele conseguirse con una estructura sólida que no se desmorone en dos telediarios. Este, y no otro, es el camino que en mi modesta opinión asegura una perpetuación de lo creativo.




Al fin y al cabo nuestra era es la del asco que exalta lo políticamente correcto. En mis espectáculos de Loopoesia, a los que volveremos en próximas entregas de Excodra, he transitado por varias fases de demencia en directo que muchos han condenado entre susurros. En 2009 y 2010 el show se dividía en tres partes. El pasaje de la primera a la segunda venía marcado por un ataque epiléptico en el escenario. No vean. Jean Martin du Bruit, mi amado alter ego, derrochaba debilidad, se tumbaba en suelo y los espasmos hacían el resto. La mejor performance fue cuando un señor se acercó para ver si mi estado era óptimo. En otra ocasión un chico se desmayó. Los que criticaban esa parte de la actuación padecían el mal de la solemnidad que lleva el traje del neoliberalismo por el cual tú aspiras a todo sin abrir la puerta del gallinero. La epilepsia estaba justificada por un imperativo de libre conciencia. El hombre enmascarado con el traje violeta descansaba entre bastidores e irrumpía la bailarina en un interludio musical que calmaba al espectador antes del rush final. ¿Desaparecer sin más? No. Los mismos entresijos de la función alentaban a un hasta pronto con estrépito, como si con el retorno del héroe de la camisa rosa la poesía volviera a las tablas tras el paréntesis danzarín.


En 2011, cada año presentamos una nueva propuesta el tema escogido fue el Negro de Banyoles, un bosquimano que permaneció disecado en museos y almacenes del Viejo Mundo entre 1830 y el nuevo milenio. Su historia acongoja y le di forma lírica de manera fiel añadiendo proyecciones, música, objetos y bailes para que resultara un experimento absoluto. Me mantuve fiel a la trama de su padecimiento y sólo me la salté en un punto donde quería establecer una comparación entre la intolerancia de antaño y la actual. Tras mucho penar el negro abandona el museo de Banyoles y parte hacia el aeropuerto de Barcelona, donde atenderá en silencio un vuelo a Madrid para someterse a una autopsia que determinará que queda del cuerpo que dos taxidermistas franceses embarcaron desde Suráfrica en el siglo XIX.


El bosquimano parte de Banyoles en un camión de mercancías. El relato verídico cuenta que no surgieron problemas, embarcó correctamente y recibió sepultura en Gaborone, donde ahora los niños han rebautizado su lápida como córner de un improvisado campo de fútbol. Decidí pinchar la rueda del vehículo en la estación de Sagrera para que el negro, empaquetado en una caja de madera, subiera al metro, donde topa en un vagón con un retrasado mental al que sólo concedieron amor una sola vez en su existencia. La chica se llamaba Cristina y por eso salgo del escenario y paseo entre el público con la cabeza de una muñeca mientras mi baba gotea en mi traje y deformando mi rostro repito con machaconería Tú eres Cristina, que es lo que ése pobre chico profería a los clientes del subte. Su anécdota es real y la tomé prestada porque aunar al desdeñado de Banyoles con el de hoy en día me pareció un buen ejemplo para concienciar al auditorio de nuestra hipocresía. La gente ríe, se divierte y entiende la intencionalidad de la performance y su denuncia, pero también sé de otros que juzgan ese fragmento un acto de frivolidad. ¿Cómo osas introducir a un discapacitado? Les respondería que ellos normalmente no les prestan mucha atención, así que el gag no es tal porque ahonda en la miseria de nuestra sociedad. ¿Es una reacción de envidia o de conservadurismo que apuesta por la tradición?


En los años sesenta John Lennon, pongan en Youtube retardeds Beatles y lo verán, se burlaba del público porque quería que escucharan sus canciones. Los gritos histéricos no eran de su agrado y su carácter socarrón se expresaba de vez en cuando con imitaciones de retrasados mentales, con lo que atacaba directamente a los que pagaban su entrada para verlo. Nadie protestó. Una posibilidad es que les importara tres pepinos porque sólo querían saciar su ansia de idolatría y todo estaba bien. Hasta 1966, cuando el cuarteto de Liverpool abandona las giras, el show business prefería intérpretes. La rebelión de Lennon se centra en metamorfosear ese juicio y virar a lo justo. Ellos componían sus propias canciones y lograron cambiar el panorama. ¿Les reportaba algún beneficio ser manoseados hasta la médula por fans y medios? Sí, una ganancia económica que compensaba esas humillaciones que paliaban con comportamientos surrealistas en ruedas de prensa y conciertos para desconcertar a los apóstoles de la normalidad.



Hace seis meses tuve oportunidad de avergonzarme de mis coetáneos. Organicé un evento con música en directo y Loopoesía. El plato fuerte éramos nosotros porque presentábamos el nuevo show, pero el grupo que nos precedía era muy bueno. Permanecí en taquilla mientras tocaban y la cerré cuando me tocó actuar porque así lo estipulé con el dueño del local. De golpe y porrazo treinta personas quisieron acceder al recinto sin pagar entrada, 4 euros de nada. Cerré la puerta y expliqué a los presentes en la sala las razones de mi actitud. Mi único error fue ser demasiado duro en mi discurso, aunque por lo demás no me arrepiento en absoluto de mi acción. Durante la siguiente semana muchos amigos reprocharon mi actuación para con los desterrados. Te pasaste ocho pueblos, fuiste un cafre. ¿Y ellos? Lo justo es respetar para que respeten.