lunes, 17 de octubre de 2011

Las confusiones del nomenclátor en Se fue al otro barrio de BcnMes


Las confusiones del nomenclátor, by Jordi Corominas i Julián


Uno va por la vida con la certeza del callejero. Abres Google maps o la página del Ayuntamiento de turno y tienes la seguridad que el nomenclátor es una herramienta útil tanto para el cartero como para el transeúnte. Pues no. Los caprichos no sólo dependen de nuestro humor, sino que tienen determinados componentes urbanos que flirtean descaradamente con la estética y el despiste voluntario para confundirnos y hacer que el cerebro se pregunte sobre lo absurdo registrado en placas.


Hace varias semanas preparaba un programa de radio sobre filias y fobias de escritores, seres que transitan por el mundo con el sambenito de ser especiales, únicos e incomparables. La verdad es que la mayoría de ellos son más normales de lo que la mayoría cree, pero hay casos espectaculares. Juan Ramón Jiménez amaba la letra j en desacuerdo con barrio sésamo, donde la g ganaba la partida. El poeta de Moguer prefería la fonética a la perfección del diccionario. ¿Mágico? No, májico, tal com raja porque la lírica tiene esos delirios que en Madrid hallamos en el lado izquierdo de la calle Vallejo Nájera. Y ustedes pensarán que el loco soy yo, que de golpe y porrazo suelto eso y me quedo tan pancho. El fallo del cartel se descubría a la derecha, donde el nombre del ilustre galeno estaba redactado con g. Una para cada uno, igualdad de grafías en un mismo lugar. ¿En qué quedamos? Eso es democracia. Quien desee pronunciar ser suave con las palabras usará la g aún sintiéndose ridículo porque su sonido quiebra el vocablo de manera inevitable. En cambio, aquel que anhele la contundencia de la j lo tiene fácil. ¿Hay discusión en todo este tinglado? ¿Pedimos a Gallardón alterar la astracanada? Lo peor de todo es que pocas veces percibimos esos renglones torcidos, anecdotario que puebla el asfalto riéndose de nosotros desde una altura invisible.


Ayer mismo topé con una situación parecida en Barcelona. Debía visitar un local para un espectáculo en la calle Carders. Mi inexperiencia en el centro es flagrante, tanto que hasta usé los mapas que desde hace unos meses ayudan al peatón a recorrer el laberinto con seguridad de trayectoria. Llegué a mi destino sin escepticismo, hasta que volví a chocar con el mismo rompecabezas de la Historia. Corders a la izquierda. Carders a la derecha. No era ninguna tomadura de pelo. Cuando aterricé en el número 12 y vislumbré una ordinaria puerta me hice cruces y fijé mi vista en los rótulos. El primero era de la época de María Castaña y hasta especificaba el distrito y la maravillosa posibilidad de poder circular con caballos para transportar mercaderías. A bote pronto pertenecía a nuestro pasado franquista, de ahí mi equívoco; las autoridades fascistas tradujeron el antiguo oficio de cardador hasta metamorfosearlo en Corder, que recuerda más bien al Cordero místico y otros bichos de su especie. Lo peor llegó al comprobar que mis pesquisas perpetuarían el baile de letras y matemáticas por la Ribera hasta la extenuación. Finalmente aterricé donde quería, sin entender muy bien el porqué de dos doces en la misma arteria. Carders, Corders, setze jutges d’un penjat, alls secs mai couen, Pablito clavó un clavito, que clavito trenta tre trentini entrarono a Trento tinc tanta set que a les set tinc son.


Para completar el desaguisado de mi mapa de la jornada debía cerrar el círculo en la Barceloneta, donde me habían citado para recitar en una Asociación sita en la calle Grau y Torras. Este barrio de pescadores mantiene su idiosincrasia de ropa tendida en el balcón, charlas vecinales, bares con excelsas tapas y un color inconfundible que se funde con el aroma de mar. Ir de vez en cuando es una delicia, si bien orientarse por su cuadrícula es una heroicidad al alcance de los pocos que sepan domar su estructura de calles horizontales hasta el infinito y verticalidad múltiple de esquema digno del Minotauro. Otra vez caí en el plano, esta vez en la plaza del mercado, y otra vez vagué cual bola de Pinball con el consuelo de deleitarme en el abrazo de lo desconocido y reconciliarme con un espacio muy barcelonés que no suelo frecuentar al ser de esos que se contentan con tener el Mediterráneo cerca y preferir su insinuación de brisa a la monotonía posmoderna del mar y el horror del Hotel Vela, iluminado para reafirmar el abuso de los de arriba en un reducto que permanece por derecho propio al pueblo y su red oprimida.


Ilustración de Nil Bartolozzi