viernes, 14 de octubre de 2011

Maldoror y el Buldog en Panfleto Calidoscopio


Maldoror y el buldog

Por Jordi Corominas i Julián




Hay libros que esperan su oportunidad en la estantería de casa, se llenan de polvo y enmudecen, tristes por el desprecio al que los sometemos. Pasan los años, contemplas esas obras y algún extraño motivo impide cogerlas, que es darles vida, resucitarlas de esa grata compañía de volúmenes expectantes por ser abiertos y cumplir su función en el mundo. Mi favorito de esta categoría es Cesare Pavese. Leí sus Diálogos con Leuco, compré el resto de su obra y durante meses me dediqué a admirarla desde la lejanía, como si las páginas fueran más fuertes que mi voluntad por devorarlas. Una visita a Turín y un poco de coraje hicieron el resto y superé mis miedos para con el malogrado autor fallecido prematuramente porque así lo quiso en aquella mítica habitación del Hotel Roma.

Otro candidato enfadado con mi pasividad fue Isidore Ducasse, el celebérrimo Conde de Lautréamont. Adquirí Los cantos de Maldoror hace un lustro y sabía que sus seis partes serían una más que grata experiencia. Sin embargo los abandoné en la mesa de mi estudio. De vez en cuando tocaba la cubierta y pensaba en emprender la aventura hasta que otro asunto me despistaba y centraba mi atención. Este bestiario colectivo ha sido la excusa perfecta para desperezarme y abordar tanto ingenio fundacional. Puede que otro de los motivos que retrasaran mi misión, cuando demoras algo a lo que te sabes abocado la cuestión adquiere connotaciones casi religiosas, fuera el pábulo al contagio. Amo lo surrealista y mentiría si negara cierta influencia en mi trayectoria, por lo que mi encuentro con Ducasse era en cierto sentido una cita con un padre antiguo y contemporáneo, una bestia muy valiente que allanó un camino que medio siglo más tarde concretó la cosecha en París cuando a la psicología ya no le quedaban por hacer tantos progresos y el hombre se había liberado de muchos muros de ignorancia para ahondar más en el interior del individuo.

Otra idea recurrente incluso antes de afrontar el reto de Maldoror era paragonar a su creador con Rimbaud. Ambos coinciden en juventud, cronología y lo prematuro de sus argucias literarias, antesalas de la modernidad que tardaron en ser digeridas y aceptadas por lo revolucionario de sus contenidos, apuestas que despreciaban fronteras textuales, formas clásicas trasnochadas y conducían el barco borracho a una dimensión desconocida desprovista de cursilería y con la crudeza de quien da al yo nuevas coordenadas para sumergirlo en insólitos vericuetos de sufrimiento y vanguardia.

Si siguiera por esta línea me desviaría de mi intención consistente en glosar algunos de los elementos que hacen de Los cantos de Maldoror un hito en lo que a los animales se refiere. Antes de meditar sobre este artículo medité otras posibilidades y surgieron varios manuscritos memorables que merecerían nuestra atención, desde la Rebelión en la granja de George Orwell hasta La metamorfosis de Kafka. Otra opción era trasladarme al Madrid de Valle Inclán y tratar la animalización de los humanos en Luces de Bohemia, pero ninguno de estas perlas taxonomiza con la potencia de Ducasse, capaz de mencionar a más de 185 bichos, muchos de ellos verdaderas rarezas que indican a una verdadera pasión entre dos continentes, pues es imposible entender su conocimiento sin su biografía. El Conde de Lautréamont nació en Montevideo al ser hijo del asignado al Consulado general de Francia en la capital uruguaya. Eso explicar la aparición de bestias americanas de las que nada o bien poco se sabía en el Viejo Mundo. En la edición de la editorial Pre-Textos Ángel Pariente nos ayuda con notas al pie que desvelan una sapiencia enciclopédica de la que nos gustaría saber el origen en Ducasse, quien viviendo sólo veinticuatro primaveras almacenó una envidiable colección, propia de un museo de Ciencias naturales. Uno se atrevería a lanzar la hipótesis que nuestro protagonista fue una de esas personas que rentabilizó al máximo la atmósfera de su período histórico, cuando estaba de moda la taxidermia y la ciudad de la luz se llenaba de negocios repletos de cuerpos disecados, entre los que destaca en mi memoria el negro de Banyoles, bosquimano que residió durante más de medio siglo, de 1831 a 1887, en la capital del Hexágono.

Vayamos al grano. A lo largo de Los cantos topamos con más de ciento ochenta y cinco animales. Su inclusión no ha de escandalizarnos. Las bestias cumplen una función poética en el alba del surrealismo al romper con un calmo orden que se antojaba inviolable. La introducción de factores ajenos al mismo violenta el contexto y el espacio hasta provocar un estallido donde cada línea es una descarga y cada párrafo una afrenta a las costumbres, que aunque no la parezca en literatura también tienen su importancia. Quien se atreva a quebrantarlas será un maldito con un expediente con muchas cruces hasta que el aire que propone sea respirable, y en 1870 Ducasse tuvo la osadía de combinar sexo, salvajadas, crimen y otros aliños que las mentes más pudientes de la actualidad aún rechazarían sin ambages. Más tarde lo hicieron también, hasta que les ganó la partida con la agresividad de su marketing, con Salvador Dalí, quien como escritor tiene un estilo muy parecido al de su idolatrado predecesor.

Ilustrar su caudal animalesco roza la utopía y requeriría una Tesis doctoral, por lo que restringiré mi aportación a un fragmento del canto tercero. No es que esta parte sea más brutal, lo es como todas las que componen el manuscrito, pero en mi caso la noche y el silencio le dieron un plus que determinó mi preferencia.

El pedacito de horror tiene ciertas reminiscencias que vuelven a equiparar a nuestro querido héroe surrealista con otros contemporáneos. Lewis Carroll tejió una fina tela del absurdo con Alicia, donde la humanización de los animales entroncaba con tradiciones infantiles más propias del cuento típico y tópico, alterado hasta sembrar un universo que aún sigue fascinándonos. Ducasse también incluye a niños en su narración, pero su perspectiva es otra, terrible y devastadora. Tras contarnos una especie de romance con muchos caballos corriendo pasa a otro asunto e irrumpe una loca a la que persiguen varios infantes que la apedrean despiadadamente. En su fuga deja que un rollo de papel se deslice hasta el suelo. Un desconocido lo recoge y procede a leer la espeluznante historia de una mujer desdichada que anhelaba tener hijos. La suerte le concedió la oportunidad y tuvo una hermosa niña que creció y ansiaba tener una hermanita para jugar. Sin embargo, era un poco rara, preguntaba sobre porqué las golondrinas vuelan sobre las chozas sin atreverse a entrar. La madre ponía el dedo en la boca porque juzgaba que la chiquilla aún no estaba preparada para esos misterios, si bien las cuestiones seguían día tras día, sin remisión. Aquí un breve pasaje defiende con fervor el trato que el hombre ha dado a la raza animal de la que también forma parte, y a continuación notamos el preludio de la tragedia entre tumbas, crepúsculos y mármoles.

La joven, muy espabilada para su corta edad, ama el campo y tiene el infortunio de coincidir en el mismo lugar con Maldoror paseando a su buldog. El enviado del demonio la confunde con una rosa, se desviste y afila su satánica demencia para desvirgarla. Se desnuda, le levanta el vestido y se disgusta con su comportamiento, aunque no demasiado. Ordena al perro acercarse a la víctima y se aparta porque es un cobarde absoluto. El can penetra con sus afilados dientes en las rosadas venas y la sangre brota mientras el esclavo animal fuerza la vagina. La niña intenta protegerse enseñando una cruz de oro. De nada sirve. El Buldog le ha cogido gusto al acto sexual, aunque su entrega no satisface a su amo, quien intuye la desazón que embarga a la bestia, por lo que acude al árbol, saca su navaja, le corta un ojo y permite la huida del animal, cariacontecido ante tanto desequilibrio culminado con una masacre de pequeños órganos desparramados a partir del agujero de origen. Vuelan pulmones, intestinos, hígados y el corazón mismo, “arrancados de su lugar y trasladados a la luz del día por la espantosa abertura.” El asesino recoge su navaja y desaparece entre la maleza del bosque. Un pastor ha presenciado los hechos, confesándolos sólo cuando el culpable ha abandonado el país porque no quiere terminar descuartizado en un ataúd.

Paul Nougé fue uno más impresionado por dragones, mirlos, canarios, elefantes, culebras, ciervos, lobos, moscas, libélulas, cigarras, rebecos, jirafas, cachalotes, brontosaurios, termitas, escarabajos y toda la fauna que puebla los cantos. Consideraba que era una obra que antes de ser observada, ha sido creada, sin finalidad y con acción, sin plan aunque con coherencia y un lenguaje fruto de un pensamiento previo que es expresión de una fuerza física destinada a la impresión en forma de lengua instantánea. Su energía de psiquismo excitado regala manjares prohibidos que estimularán nuestra imaginación hasta el infinito. En el fragmento seleccionado para este artículo se afrontan temas que desde un prisma anormal apuntan a conductas que en realidad su autor condena, porque el más grave error que se puede cometer con un texto de estas características es interpretar sus vocablos literalmente.

Las metáforas son claras. La fábula de la chalada critica con suma dureza la teórica superioridad humana para con los animales. Lo inquisitivo de las preguntas de la jovencita versan sobre ello. Su madre es consciente de la igualdad de las especies del universo, y cuando acaece la atrocidad se lamenta por no estar presente sin saber que el perro caviló rechazar el mandato de su dueño para alargar la existencia de la desdichada, con lo que quien es el verdadera bestia es Maldoror, empecinado en la destrucción por la destrucción, y no debería sorprendernos ver su figura como un reflejo de la sociedad de mediados del siglo XIX, cuando las clases oprimidas malvivían bajo el yugo del poder sin poder resistir su autoridad opresiva que, finalmente, derivó en la revuelta de la Comuna de París para intentar alterar lo establecido y fundar una tierra más justa y digna hasta que fracasaron entre guillotinas y fusiles. El feroz Buldog tuerto bien podría ser alguien contrario al trabajo infantil o el obrero que no acata las directrices marcadas en la hoja de ruta, trayecto que asimismo da al libro que hemos comentado en estas páginas una categoría que demuestra cómo el surrealismo no es un simple disparate del lenguaje, sino que tiene su principal cometido en criticar lo presente para darle un brío que sirva para ir hacia mares más prósperos que liberen el cementerio de tanto rancio hedor hasta iluminarlo con el progreso, que en literatura no casa nada bien con lo oportunista.